ACIAGA OBSESIÓN

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—Texto histórico-fantástico escrito para Halloween del 2017—

I. AUTODESTRUCCIÓN

La muerte ha sido siempre el más grande enemigo de la humanidad.

A lo largo de la historia, se han buscado diversas formas de evitarla, superarla o incluso, derrotarla. Algunos hombres pusieron su fe en la mítica promesa de un destino más allá del portal de la fatalidad; otros tantos intentaron hallar consuelo en la alquimia y la ciencia, en teorías sin fundamentos que tan solo consumían con mayor rapidez la vida del investigador. Los más soñadores dibujaron mitos y leyendas sobre la inmortalidad y sobre la posibilidad de recuperar un alma que ha sido perdida. Existen incluso quienes juran haber atravesado el velo de la inexistencia por un tiempo para luego regresar.

Las falacias se han esparcido siempre por el mundo. Rumores de médicos brujos, de dioses que se acercan a la tierra, demonios que pactan con humanos e incluso un manantial que garantiza la vida eterna. Pero hasta ahora, han sido siempre tan solo eso, rumores.

Creo yo, que en el fondo de los corazones humanos, todos sabemos que no existe forma alguna de luchar contra nuestra fecha de caducidad. Puede ser maleable y estirarse, pero nada más.

Y sin embargo, cuando la persona a la que amamos desaparece como si fuese arena entre nuestros dedos, una llama intangible se enciende dentro del alma y comenzamos a creer.

La desesperación y el miedo al olvido nos invaden, nos agobian. La semilla de lo inalcanzable empieza a crecer en nuestro corazón. Sí, crece, y lo hace a gran velocidad, como una enredadera venenosa que se extiende por nuestro cuerpo. Se aferra a nosotros y nos drena. Queremos creer más allá de la imposibilidad.

Nuestra mente se abre a probabilidades nunca antes pensadas, e incluso el más ridículo rumor es música para nuestros oídos. Lo daríamos todo por recuperar aquello que hemos perdido. Lo arriesgaríamos todo por volver a tener al ser amado entre nuestros brazos. Quedamos cegados ante el deseo y perdemos toda noción lógica.

Así funciona el ser humano. Así es como nos autodestruimos los hombres. Nuestros sentidos se apagan, nuestras prioridades se retuercen, las vulnerabilidades aumentan y, lo peor de todo, la obsesión nos roba la cordura.

Creo yo que, tarde o temprano, todos padeceremos nuestra propia aniquilación, que seremos nuestros propios verdugos. Pero mientras mi juicio todavía me permita razonar, quiero dejar por escrito un relato que ha llegado a mis oídos y que ha sido transmitido por décadas entre los tucumanos que se aferran con obstinación a sus afectos.

Esta es la historia de cómo Faustino Arce Toledo aniquiló su propia existencia. Este es un ejemplo del daño que los hombres nos hacemos a nosotros mismos ante la mirada atenta de la muerte.

II. PRELUDIO A LA TRAGEDIA

No hubo en todo Tucumán quien no llorara la muerte de doña Leticia Vega de Arce Toledo. A sus escasos diecisiete años, era la orgullosa madre de dos niños pequeños. Durante mucho tiempo, fue pretendida por campesinos y militares, por europeos y por españoles. Pero contra todas las expectativas familiares, no escogió al hombre más adinerado ni tampoco al más hermoso; lo eligió a Faustino, A uno de los pocos jóvenes que jamás se atrevió a confesar su amor.

Faustino era el hijo adoptivo de un soldado cuyo nombre no recuerdo. Trabajaba casi como un esclavo de la milicia entre la suciedad de los establos, el hacinamiento de las cocinas y las pesadas labores técnicas. Siempre se lo veía sucio y harapiento, maloliente y magullado. Casi no hablaba, algunos incluso lo creían mudo.

La noticia de su boda fue una sacudida inesperada para todos los que conocían a Leticia. Una noche de festejos y empanadas, ella decidió anunciar su secreto compromiso a todos los presentes. Los ebrios lo tomaron a broma y las mujeres pensaron que era una mentira para huir de otros pretendientes. En realidad, nadie tomó en serio el anuncio hasta que Leticia rompió en llanto.

—¿Acaso ese infeliz te ha dejado preñada? —preguntó su madre, también al borde de las lágrimas.

Leticia negó.

—¿El pordiosero ha osado ponerte una mano encima? —consultó el padre.

Leticia negó.

—¿Cómo es que te ha convencido el huerfanito ese? ¿Te ha lanzado un hechizo? —consultó una tía.

Leticia volvió a negar.

—¿Te ha amenazado? —sugirió el sacerdote local.

—¿Cómo iba de hacerlo? ¡Es mudo! —respondió un soldado.

La multitud estalló en carcajadas.

Leticia volvió a negar. Se secó las lágrimas con un pañuelo bordado y contó en un susurro lo que había ocurrido.

—Faustino no es mudo, pero nadie le ha enseñado a hablar bien. Tampoco es tonto, como muchos de ustedes deben creer —defendió a su amado—. Faustino tiene sueños, tiene ideas. Es más hombre que muchos de los presentes —aseguró casi inaudible, con temor a represalias—. Vino a mí el verano pasado en busca de aprendizaje. Sabía que yo podía leer y escribir. Y él, quería aprender. Durante meses le he enseñado todo lo que conozco. Le he dado las herramientas para que por fin lo respeten. —Hizo una larga pausa. Nadie se atrevió a hablar—. Me he enamorado de su mirada soñadora, de sus extrañas ideas y de la gentileza en su alma. Así que por ello hoy anuncio mi intención de casarme con Faustino Arce Toledo, al que ni siquiera han tenido la cortesía de invitar.

—¿Estás segura? —preguntó uno de sus pretendientes.

—¿Ha bebido mucho, señorita? —supuso otro.

—Esto no tiene sentido —afirmaron varios.

—Padre. —Leticia se acercó a su progenitor, ignorando los murmullos del resto—. Desde que era niña me has dicho que prometías otorgarme la libertad de casarme con el hombre que yo considere apropiado. Y por fin, lo he encontrado. Sé que soy joven y que me consideras aún una niña, pero ya soy una mujer y he decidido con quien quiero pasar el resto de mi vida.

Tres años y medio más tarde, todo había terminado. Leticia descansaba bajo la árida tierra del norte mientras que el viudo se dejaba consumir por la tragedia.

Faustino nunca aceptó la muerte de su amada, y eso lo llevó a la autodestrucción.

III. EL RENACER DE LA ESPERANZA

Los días se volvieron oscuros y el invierno arribó sin misericordia. El cabello de Faustino se tornó gris como las cenizas que arrastraba el viento. Los padres de Leticia le habían arrebatado a los niños con pobres excusas sobre lo que era mejor para ellos.

Sin su amada y sin sus hijos, Faustino volvía a ser el hombre mudo, el que ya no lavaba su ropa o su cabello. Un ermitaño loco que desgastaba su vida en compañía de la soledad, en compañía de una tumba junto a la que se sentaba desde el alba y hasta el anochecer.

Contra todo pronóstico, su vitalidad regresó durante el entierro de un soldado. Entre el acalorado murmullo de los habitantes de Tucumán, un rumor se alojó en los oídos de Faustino.

—Lástima que no tenía familia. He oído que una india bruja ofrece la resurrección de un ser amado a cambio de un gran favor —mencionó un hombre.

—Sabe usted que eso es imposible. Además, ¿quién le haría un favor a una bruja? —respondió otro.

—Algún desesperado, supongo.

—¿Y cómo te has ido a enterar de esto? —quiso saber el hombre.

—Me lo contó un comerciante que pasó por nuestra tierra en carreta la semana pasada. Parece que él lo oyó en un fuerte, más al sur.

Apresurado, Faustino se puso de pie. Corrió con torpeza entre las precarias lápidas y hacia los hombres; se puso de rodillas frente a ellos. Las manos le temblaban y sus ojos estaban inyectados de sangre por la falta de sueño. Abrió la boca para pedir información, pero las palabras escapaban de su alcance. Sentía como todo lo que Leticia le había enseñado comenzaba a desvanecerse junto con ella.

—Por favor —rogó con dificultad. Tenía la garganta seca y la voz hecha añicos—. ¿Dónde? ¿Dónde está la bruja? ¿Dónde la encuentro? ¿Qué fuerte?

Los hombres desviaron la mirada con cierto desprecio. Ambos habían amado a Leticia en el pasado y culpaban a Faustino por haberla dejado morir.

—En el fuerte San José —respondió con desgano el portador del rumor—. Son casi dos meses en carreta en esta época del año.

—¿Por qué ayuda usted al loco? —preguntó el otro hombre, como si Faustino no estuviese allí.

—Porque quizás así se vaya y nunca regrese —contestó el primero con naturalidad—. Ya no tolero su inmunda presencia. Su aspecto es una vergüenza para nuestra tierra, y el aroma, peor que las caballerizas —bajó la voz y movió su cabeza de lado a lado en una negación mientras parecía pensar en voz alta—. Pobre Leticia, pobre Leticia.

Mientras tanto, el viudo agradecía en silencio, con la cabeza gacha. Agradecía y lloraba ante la idea de un reencuentro con su amada Leticia.

IV. EXTRANJERO EN TIERRA NATAL

Faustino encontró a la bruja casi un año más tarde. Llegó al campamento indígena con el cuerpo erosionado y las ojeras rebosantes de cansancio; arrastraba sus pies con dificultad y tenía la carne pegada a los huesos. Su sombra era delgada bajo la luz del amanecer, pero su esperanza se ensanchaba a cada paso.

Los nativos no eran ni tobas ni mapuches, ni calchaquíes ni tehuelches; no eran tampoco guaraníes o diaguitas. Eran otra civilización completamente diferente, única. Una tribu nómade que recorría el continente de norte a sur, de este a oeste. No tenían origen o destino, tan solo caminaban por el mundo cada vez que un cacique fallecía y hasta que fuese el momento de escoger al siguiente.

Se hacían llamar a sí mismos ket-thuän-kietsh en lo que era su idioma natal. El mundo hispano nunca se tomó la molestia de poner por escrito su historia o sus tradiciones, si es que siquiera han existido. Todo lo que refiere a esta cultura es apenas un mito entre las crónicas de viaje de algunos hombres del pasado.

Se dice que los ket-thuän-kietsh no se relacionaban con otras civilizaciones salvo que fuese estrictamente necesario para el trueque de bienes, pero también hay quien afirma que estos nativos disfrutaban de hospedar por un tiempo a los que para ellos eran extranjeros. Todo registro coincide en que se trataba de una cultura por demás pacífica y en que se destacaban por su buena memoria. Comentan también que sentían pasión por el aprendizaje oral y que gracias a ello, hablaban con fluidez numerosas lenguas del continente. Algunos se atreven a decir que fueron los primeros intérpretes de América.

A Faustino lo recibieron con algarabía. No sabían quién era o de dónde provenía, pero confiaban en que llevaba consigo valiosas lecciones sobre el mundo colonial. Celebraron su llegada por diez días y diez noches. Se prepararon pequeños banquetes y se cantaron melodías ancestrales frente a sitios sagrados y piras en honor a sus dioses. Muchos ket-thuän-kietshs hablaban algo de español, pero ninguno estaba interesado en responder a sus preguntas todavía. Al menos, no durante las festividades.

En el onceavo amanecer, una sombra se posó sobre Faustino y recitó un cántico en su lengua natal. Como si estuviese hipnotizado, el tucumano abrió los ojos y se sentó. Alzó la vista hacia la mujer de voz melodiosa y dibujó una sonrisa. A contraluz, apenas si podía delimitar la silueta de la nativa.

—No entiendo el motivo, pero sé quién es usted —susurró Faustino—. ¿Acaso sabe lo que busco?

La mujer asintió con un movimiento de su cabeza, sin dejar de cantar.

—Por favor —rogó él—. Por favor devuélvame a mi Leticia. Si usted puede llenar mi vacío, haré lo que me pida. ¿Entiende lo que le digo?

El cántico cesó y una sonrisa se dibujó en el rostro de la extraña. Los dientes amarillentos contrastaban con la negrura de su silueta.

Todavía sin decir una palabra, la bruja le hizo señas a Faustino para que la siguiera.

V. EL CANTO DE LA BRUJA

A la sombra de un ceibo solitario, la bruja se detuvo. Caminaba con la lentitud propia de una anciana, pero también con la gracia sutil de una persona joven. Su edad y sus rasgos faciales eran un misterio oculto bajo el velo de su enorme capucha. De escasa estatura y complexión delgada, los únicos detalles de su físico que quedaban al descubierto eran el cabello largo y trigueño y las manos morenas de dedos afilados.

La mujer todavía no había pronunciado palabra alguna, pero Faustino percibía en ella un aura diferente a la del resto de la tribu. No exteriorizaba ni la más mínima señal de efusividad ante la presencia el criollo ni tampoco parecía sentir curiosidad por su cultura.

Un detalle que llamaba la atención de Faustino era el hecho de que no la había visto durante los festejos o bajo el caluroso sol de las tardes. Era como si hubiese aparecido de repente aquella mañana, salida de entre la tierra seca y las rocas, de las grietas en el suelo y del desolado paisaje.

Solo un poco más, mi amada Leticia, se repetía el hombre una y otra vez. Era su esperanza lo que le brindaba fuerzas suficientes como para mantenerse en pie y avanzar en el tortuoso camino de la soledad.

Entonces, sin previo aviso, la bruja se llevó ambas manos a su pecho y comenzó a cantar. Su voz era grave y armónica, áspera como el suelo bajo sus pies y rítmica como la suave brisa que soplaba bajo el ceibo. Entonaba vocales y sílabas varias, aunque no llegaba a formar palabras en español ni en su idioma natal. Y ante la musicalidad espectral de la bruja, todos los demás sonidos de la naturaleza acallaron en señal de solemne respeto a su tonada. Fue, a oídos de Faustino, como si el paisaje entero hubiese decidido silenciarse para disfrutar de la canción; o quizás, era la voz de la mujer la que absorbía los ruidos del mundo para hacerlos suyos en una melodía envolvente y absoluta.

Los dientes de la mujer tenían el destello nacarado de una peineta elegante. Eran casi tan hipnóticos como su voz, y Faustino no hallaba forma alguna de quitarles la mirada de encima. Rendido, se obligó a cerrar los ojos ante la imposibilidad de desviar su vista. El criollo dejó que sus sentidos fueran envueltos por la melodía, que la música abrazara su alma y leyera cada centímetro de su ser.

Sí, eso es lo que Faustino sintió: una lectura. La voz de la bruja lo desnudaba con su poder y dejaba a la vista cada rincón y cada recoveco de su ser. No necesitaban comunicarse a través de palabras; el idioma era un obstáculo en el diálogo unidireccional de las almas.

Tan abrupto como había comenzado, el canto cesó. Los sonidos de la naturaleza asomaron poco a poco entre el silencio y recobraron su dominio sobre el paisaje.

—Ayúdeme —rogó Faustino. De sus ojos se desprendían lágrima acumuladas en el tiempo. Lágrimas que creyó no poseer luego de la deshidratación de su viaje.

La bruja se limitó a sonreír.

VI. EL EXTENSO PASO DE LOS DÍAS

Dos meses pasó Faustino entre los ket-thuän-kietshs. El intercambio cultural dominó el paso del tiempo y enriqueció tanto al criollo como a los nativos. La comunicación se facilitó en demasía y el cuerpo del tucumano se amoldó pronto al nuevo estilo de vida, a dormir sobre hojas secas y a despertar bajo el sol, a alimentarse de la naturaleza y a celebrar el clima.

Faustino aprendió a reconocer plantas y animales que nunca había visto en su lejana tierra de Tucumán. Logró con maestría conquistar el arte de dibujar constelaciones en el cielo con tan solo la yema de sus dedos apuntando al lienzo de la noche. Le enseñaron también asuntos más prácticos como las recetas para utilizar hierbas medicinales básicas, secretos de la caza e incluso técnicas de pesca. Se volvió diestro en la montura de caballo a pelo y logró, aunque con cierta imprecisión, reproducir los sonidos idiomáticos de los ket-thuän-kietshs que no existían en español.

A cambio, para agradecer la hospitalidad nativa, Faustino transmitió los conocimientos que su amada Leticia le había brindado. Explicó el idioma y la lectoescritura. Les habló de algunos acontecimientos históricos y de la grandeza del mundo más allá de estas áridas tierras. En lo práctico, solo pudo ofrecer consejos sobre la lucha con facón y puñal (o más bien, con cuchillos rudimentarios que se utilizaban para la cocina), pero fueron pocos los interesados en aprender una de las artes de la violencia.

El frágil despojo de hombre que alguna vez había sido, evolucionó. Apenas dos meses fueron suficientes para que su energía regresara, para que la piel se le tajara a causa de las actividades físicas bajo el sol, para que las plantas de sus pies se endurecieran y para sus manos se llenaran de ampollas que ya no causaban dolor.

Fueron estas ocupaciones las que mantuvieron vivo el espíritu de Faustino durante tanto tiempo, sí, pero el motivo real de su tal comportamiento era la ansiedad. La bruja le anunció en escasas palabras que realizarían un viaje cuando las noches se tornaran largas y los días, breves. En este extraño recorrido le sería explicado el favor a realizar a cambio de la promesa sobre el retorno de Leticia.

Solo podía esperar y alimentar su famélica esperanza. Su obsesión.

VII. LA TORMENTA INDICADA

El día de la promesa arribó envuelto en vientos fríos que soplaban desde el sur. Llegó como llegan todas las cosas interesantes: sin pedir permiso, sin anunciarse. El cambio fue inusualmente brusco. Una tormenta repentina tiñó de negro el firmamento poco después del mediodía. La oscuridad imitaba a lo nocturno en medio de la tarde.

La bruja se apareció frente a Faustino en medio del volar de un centenar de insectos. Nadie la vio llegar. Nadie notó sus movimientos a través del campamento. Pero ahí estaba, frente al confundido tucumano que corría de un lado a otro en busca de un refugio al temporal.

A la mujer la delató el sonido de su voz. Sin mover sus labios, zumbaba una melodía deprimente, propicia para el clima e inexplicablemente audible por encima del mal tiempo.

Faustino se detuvo en seco, quizás embelesado por la música, o tal vez temeroso frente a la repentina aparición. Mudo, su cuerpo era ahora el único elemento quieto en el agitado paisaje.

La mujer encapuchada extendió una de sus manos hasta posar la yema de sus dedos sobre las mejillas del criollo. Tenía los dedos sucios con tierra húmeda; sus uñas eran gruesas y extensas hasta curvarse como las garras de un animal salvaje.

Siguió zumbando su melodía mientras recorría el rostro de Faustino con suavidad de lado a lado, de arriba hacia abajo, en círculos y en diagonal. Pasó sus dedos por encima de la barba, de los labios y de la nariz, por las pupilas entreabiertas y hasta rozar las gélidas orejas que se escondían debajo de una mata de cabello oscuro.

Y al son de un trueno, sonrió. Clavó la uña de uno de sus dedos índices en la frente del tucumano hasta que una gota solitaria de sangre brotó con timidez.

Faustino seguía paralizado.

La bruja se acercó un poco más. Cesó su melodía y probó con su lengua la esencia del criollo antes que la lluvia se mezclara con ella. Luego, comenzó a reír a carcajadas.

De forma abrupta, la mujer extendió sus brazos hacia ambos lados y luego los levantó en el aire. Se giró sobre sí misma tres veces al tiempo que los insectos que dormitaban a sus pies volvían a alzarse y los envolvían. El aleteo masivo ahogaba las risas; la densa nube viviente los protegía de la tormenta.

Lo que ocurrió luego es, sin lugar a dudas, un misterio.

En un instante, Faustino y la bruja estaban allí. Y en el siguiente, ya no.

VIII. EL FAVOR A CUMPLIR

Al llegar a destino, parte del conocimiento se había depositado ya en la mente de Faustino. No se necesitaron palabras y el paso del tiempo fue inexplicable. El viaje se sintió eterno y efímero, momentáneo e interminable a la vez.

—¿Dónde estamos? ¿Es esto…? —preguntó el tucumano en un susurro. Su voz estaba rasgada por el tortuoso pasado y apenas si se oía. Era como el sonido de viento cuando se cuela entre las grietas y araña lo que toca. Una vida en casi perpetuo silencio había deteriorado su garganta.

La bruja asintió, todavía encapuchada. No había señal alguna de los miles de insectos que habían guiado su viaje.

—Pero entonces, ¿solo eso debo hacer? —insistió Faustino, entre aliviado y confundido. La tarea implantada en su mente a través del canto parecía sencilla y lineal—. ¿Si rescato a su hija, Leticia volverá a vivir?

Una vez más, la mujer movió su cabeza en una clara afirmación. Luego, extendió un brazo al frente y señaló el campamento militar que se erguía como una silueta a contraluz a pocos minutos de distancia a pie. Bajo la sombra del oscuro paisaje, los labios de la bruja se contorneaban en un claro gesto de furia.

—¿Debería ponerme en movimiento ahora o cuando todos estén durmiendo? ¿Qué sucederá si fallo?

La mujer se mordió el labio inferior y cantó una nota aguda y extensa, un único tono sin variaciones.

Faustino cerró los ojos y escuchó en su cabeza una historia muda que nadie estaba pronunciando. En su mente se dibujaron imágenes y escenas, narraciones y diálogos contenidos en esa sola nota musical.

Vio a la bruja escarbando la tierra con sus uñas. A su lado, una jovencita de piel oscura y cabello color arcilla sostenía un recipiente entre sus manos. Llevaba el rostro descubierto y geometrías marrones pintadas sobre la totalidad de su piel: en el rostro y en los brazos, en las piernas y alrededor de sus pies descalzos.

—La marca de la bruja se pasa de madre a hija. Pero los dioses también han decidido que el líder reencarnará entre generaciones. Matschik es la próxima bruja. Matschik es la reencarnación del cacique. Matschik no puede morir.

Las palabras resonaban con eco alrededor de Faustino. No habían sido pronunciadas en realidad. Tampoco estaban en un idioma en particular, pero él las entendía. Sentía como si su alma hubiese sido transportada al interior de la mente de la hechicera y, quizás, eso haya sido exactamente lo que sucedió.

Detrás de una nube de polvo rojo, la escena cambió con brusquedad. Un grupo de ket-thuän-kietshs se acercaba al campamento militar en busca de un trato: sus alimentos a cambio de una yegua mansa, eso es lo que querían conseguir.

La hija de la bruja encabezaba el grupo como representante de la tribu. Todavía no había alcanzado la mayoría de edad, pero ya cumplía con sus tareas como líder.

Los nativos insistieron una y otra vez; utilizaron todos sus recursos lingüísticos para hacerse entender, pero no lograron convencer a los soldados que parecían sentir asco ante su presencia. Observaban con desdén las vestiduras rudimentarias y la suciedad enredada entre el cabello de los ket-thuän-kietshs. Reían por lo bajo mientras los señalaban, decían cosas que ellos no podían comprender.

Al final, los viajeros desistieron. Bajaron la cabeza en señal de respeto, dispuestos a regresar a su hogar con las manos vacías. Y cuando se estaban por marchar, los atacaron sin misericordia por la espalda.

Cinco ket-thuän-kietshs cayeron al suelo, derrotados. Con los ojos abiertos, sus facciones estaban fracturadas a causa de la sorpresa. El suelo bajo sus cuerpos se regocijaba ante la repentina humedad que se colaba entre la tierra seca.

A Matschik la capturaron, quizás porque era mujer, o tal vez porque sus extraños dibujos indicaban que no era igual al resto.

Sigue viva —añadió pronto la voz con seguridad. Y tras una pausa, explicó—: No puedo estar en dos sitios a la vez. Si dejo de cantar, los hechizos desaparecerán. A mi señal, ve por ella. Te seguiré. Te protegeré.

La nota aguda llegó a su fin y todo volvió a la normalidad. Faustino abrió sus ojos, desconcertado. Con las piernas debilitadas por la ilusión, se dejó caer de rodillas y vomitó.

IX. TERRITORIO ENEMIGO

A Faustino le tomó un buen rato recuperarse. Una jaqueca inusual martillaba su cabeza y el estómago parecía no querer dar tregua al mareo. A su lado, la bruja zumbaba una melodía sin ningún efecto en particular. Esperaba por él.

—Tengo preguntas —susurró el tucumano entre arcadas—. ¿He sido acaso el primero en acudir a vos? ¿Nadie en la tribu puede ayudar?

La bruja desvió la mirada, sin apaciguar la canción. Movió su cabeza de lado a lado, en señal de negación. Sus gestos parecían indicar que quería decir algo, comunicarse, pero no lo hizo. Tal vez, temía que su magia terminara de indisponer a Faustino y arruinara el plan.

Y él, lo comprendió.

Se puso de pie con cierta dificultad y recorrió los primeros metros casi a los tropezones.

—Estoy listo —aseguró, aunque en realidad apenas si podía moverse.

El canto cesó de repente y la bruja sonrió. Pronto recuperaría lo que le había sido arrebatado. Pronto salvaría a su tribu.

Bajo la lluvia avanzó el extraño dúo, envueltos en sombras sin dueños que danzaban a su alrededor. Se movían con lentitud, camuflados con el negro paisaje.

X. DOBLEGADOS ANTE LA BRUJA

Pocos metros los separaban del campamento cuando la bruja decidió volver a cantar. Esta vez, sus brazos acompañaban a las notas con movimientos suaves, pero coordinados. Las extensas uñas se movían también, aunque con clara diacronía, como si danzaran al ritmo de una melodía diferente.

Las habladurías dicen que los soldados, desprevenidos, comenzaron a sentir que un objeto pesado caía sobre ellos, sobre sus hombros. Se doblegaron poco a poco, conscientes, pero sin poder mover sus músculos.

Solo los más fuertes consiguieron dominar sus pupilas y observar, incapaces de comprender lo que ocurría frente a sus ojos.

La bruja y el tucumano se pasearon por el campamento como si estuviese desierto: sin temores y a paso lento. Faustino movía su cabeza de lado a lado al son de una inexplicable nostalgia por su infancia; extraña, claro, porque en realidad no deseaba revivir los recuerdos de humillación y desprecio. El escenario le recordaba a una de las peores etapas de su vida, pero también evocaba a Leticia y su bondad. El anhelo crecía. La contradicción entre repudio y deseo equilibraba sus emociones y lo mantenían atento.

Tardaron varios minutos en encontrar a Matschik. La hallaron recostada junto a un árbol, detrás de una carreta. Tenía las manos y los pies inmovilizados tanto por las cuerdas como por el hechizo. Sus párpados cerrados llevaban también símbolos de tinta, al igual que el resto de su cuerpo.

Faustino reconoció enseguida a la chica de su previa visión, aunque le sorprendió el estado en el que la mantenían. Estaba viva, sí, pero por poco. Con la piel pegada a los huesos, tiritaba de frio entre los pliegues de su ropa rasgada. Le habían cortado el cabello y mostraba algunos moretones escondidos entre las líneas oscuras de sus extremidades. Camuflados.

El tucumano sonrió ante el hallazgo y se giró a observar a la bruja. Quería decirle que pronto cortaría las cuerdas y liberaría a su hija, pero las palabras quedaron atragantadas.

Incapaz de cesar el canto que mantenía activo el hechizo, la mujer lloraba. Sus lágrimas asomaban desde debajo de la capucha y se acumulaban en el mentón para caer sobre el suelo poco después. La voz comenzaba a temblarle, estaba perdiendo el control sobre sus emociones.

Y cuando Matschik abrió los ojos con dificultad, la música acalló.

El hechizo se había roto antes de tiempo.

XI. LA FURIA DE LA NATURALEZA

El sonido de voces masculinas se apoderó del campamento. Provenían del este y del oeste, del norte y del sur. Los soldados habían sido liberados de su prisión invisible y pronto los atacarían. Tenían que apurarse.

Faustino se arrodilló junto a Matschik y tomó un cuchillo de su cinturón. No era tan afilado como los que solía usar en Tucumán, pero era lo único que había conseguido en la tribu. Solo esperaba poder cortar las sogas con suficiente velocidad.

La tierra vibraba a medida que los soldados se aproximaban. El estar descalzos les permitía a los intrusos sentir el suave movimiento bajo sus cuerpos. Cada paso dado en el campamento recordaba al tic-tac apresurado de un reloj descalibrado, a una cuenta regresiva fuera de ritmo.

De repente y sin previo aviso, la bruja gritó.

No fue un grito a causa del miedo o del dolor. Tampoco fue un grito salvaje o bestial. Su grito era inhumano, sí, pero también tan melodioso como sus tonadas: agudo y prolongado, colmado de frustración.

Faustino quedó petrificado. Quiso voltearse, pero parecía estar afectado por el hechizo sonoro. Los pasos seguían aproximándose; esta vez, el tucumano era el único en estar bajo la influencia musical de la bruja.

¿Por qué?, se preguntó.

A sus espaldas, la mujer comenzó a danzar, todavía en medio de su grito. Movía los pies con prisa en un patrón repetitivo. Su mirada estaba clavada en la oscuridad del cielo, fija en un punto invisible sobre su cabeza.

La tormenta rugió, impetuosa. El clima parecía estar tan enfurecido como la bruja. El paisaje se tornó apocalíptico en cuestión de segundos y los primeros relámpagos no tardaron en hacer acto de presencia en la zona.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

El quinto, cayó justo sobre el campamento.

XII. EL VALOR DE LAS ALMAS

Faustino abrió los ojos y se sintió extraño. Su rostro estaba pegado al húmedo suelo. Notó enseguida que había sido aprisionado; sus extremidades, atadas entre ellas.

Con cierta dificultad, alzó la mirada y se vio a sí mismo, junto a la bruja y rodeado de insectos. Supuso que se encontraba dentro de otra visión, pero no comprendía el motivo de lo que se presentaba frente a él. Abrió entonces su boca para formular la pregunta, y ahogo pronto un grito al notar que la voz que escapaba de sus labios no era la suya.

—¿Qué…? —susurró.

La bruja se quitó la capucha y entonó una melodía final. Faustino no podía dejar de observar la maldad reflejada en los ojos de la mujer. Con el rostro afilado y el cabello rojizo, se notaba que alguna vez había sido tan bella como su hija. Sin embargo, una quemadura atravesaba la tercera parte de su rostro y deformaba la apertura del ojo derecho.

Lo que ocurría era real. La visión futura comenzó con prisa, recién en aquel instante.

Faustino divisó a la tribu de los ket-thuän-kietshs. Allí, la madre acariciaba el cabello del tucumano. Ambos sonreían.

—Gracias por habernos ayudado —dijo su propio cuerpo—. Lamento haberme robado su contenedor.

—¿Qué ha ocurrido? —soltó el tucumano, con miedo. No se atrevía siquiera a observar sus manos o sus pies porque creía conocer la respuesta.

—El plan ha fallado —explicó la bruja sin realmente hablar. Su voz resonaba en el espacio sin poseer un idioma en particular—. El tiempo, apremiaba. Te he obsequiado el cuerpo de mi hija que me temó pronto desaparecerá. Cuando despiertes y el tiempo no haya pasado, nosotros ya nos habremos ido, y la culpa caerá sobre ti, sobre la joven bruja.

—No entiendo —susurró Faustino—. ¿Y Leticia? ¡Teníamos un pacto!

—Tu amada está con vida —aseguró la mujer.

—¿Dónde? Quiero verla.

—No lo sé. —La bruja sonrió. Disfrutaba del momento. Llevaba meses planeando esta respuesta.

—¡Pero si la has revivido…!

—¡No lo he hecho! —interrumpió la voz—. El ciclo de los dioses la trajo de vuelta apenas falleció. Cuando un cuerpo se marchita, el alma es depositada en un nuevo cascarón. Tu esposa podría estar en cualquier lado. Podría ser cualquier cosa. Quizás, sea uno de los insectos que me obedecen o la montura sobre la que recorriste esta tierra. Confiaba en la ignorancia de tu gente y por ello propuse el pacto. —Hizo una pausa—.Tu corazón se pregunta por qué hago esto, así que me apiadaré de ti como obsequio por tu contribución y te explicaré mi accionar: El alma de Matschik es la de nuestro líder que nunca nos abandona, sino que renace. Su cuerpo se rompió cuando yo daba a luz. Con mis propios ojos vi la esencia del cacique depositarse en mi niña. Ella era la futura hechicera de la tribu. Ella era también la futura líder de la tribu. El poder que prometía tener era inigualable. Y sin embargo, el destino ha querido obstaculizar el camino a la grandeza de mi estirpe. He debido resignar el cuerpo de mi niña para poder salvar nuestro pasado y nuestro futuro.

El cuerpo del tucumano dejó escapar una carcajada tan melodiosa como la de la bruja.

—Tendré que repetir el rito, pero la espera valdrá la pena. Cuando tu nuevo cuerpo ya esté roto, volveré a engendrar una niña con el alma de nuestro líder. Y en veinte años, recuperaremos este territorio que los tuyos han bañado de sangre. Lo recuperaremos para nosotros, para nuestros hermanos. Tu cascarón me ayudará a dar vida a una nueva heredera de la magia y el poder. Tu cuerpo será la respuesta a nuestras plegarias. Adiós, hombre blanco.

—¡Esperen! —gritó Faustino, pero la ilusión ya se había desvanecido y de sus interlocutores quedaban apenas algunos insectos que revoloteaban cerca del suelo—. ¡Leticia! —llamó a su amada—. ¡Leticia! —Continuó gritando mientras los soldados temerosos acababan con él—. ¡Te encontraré en mi próxima vida! —alcanzó a pronunciar antes de recibir la puñalada final.

Se dice que cuando el tucumano exhaló su último suspiro, a lo lejos se escuchó una melodiosa carcajada.

 

FIN

 

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