El reino bajo las nubes

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PINCELADAS

 Aquel fue tan solo un día más en la extensa historia de Himmel. Ningún suceso extraordinario sacudió a los habitantes de las nubes y ni siquiera el clima arremetió con más que alguna suave brisa primaveral. Sin embargo, fue el día en el que los engranajes del amor comenzaron a moverse a través del tiempo. Su ritmo fue lento, a cuentagotas, pero no se detuvo hasta que el reloj marcó su último tic-tac y el grano de arena final se posó sobre sus hermanos.

A lo largo de esa fría tarde otoñal, el pincel de Adiel se deslizó con delicadeza sobre el lienzo. Los trazos danzaron al compás de una vieja melodía que le habían enseñado sus abuelos cuando él todavía era un niño y que solía tararear en sus momentos de dicha.

Acababa de estrenar su nuevo título como maestro del registro del regen, como profesor en el arte de plasmar el cielo con pinceladas. Su pasión por la pintura lo había llevado a destacarse desde muy joven; y cuando el viejo profesor se volvió cirrus, los mayores no dudaron en entregarle el cargo al mejor aprendiz —a pesar de corta edad—. El número de alumnos era reducido, pero la mera idea lo llenaba de orgullo.

A sus diecinueve años, Adiel era el maestro más joven en la historia de Himmel. Con su porte elegante y el largo cabello azul ondeándole entre las alas, se había movido por los pasillos de La Academia creyéndose príncipe de las nubes durante toda la mañana.

Había cargado con su joven arrogancia a cuestas a lo largo de la presentación en el salón de profesores que no dejaban de adular su talento. También se había dejado llevar por la soberbia cuando los mayores colgaron su retrato en el hall de La Academia minutos antes de que llegaran los alumnos. Y claro está, no permitió que su orgullo decayera al comenzar con la primera lección que dio a los niños que soñaban con alcanzar su talento a tan corta edad.

Sin embargo, cuando la clase inicial llegó a su fin y el último aprendiz abandonó el recinto, el ego de Adiel se desinfló en un suspiro.

Había observado el trabajo de los pequeños con excesivo interés. En un comienzo, sonrió ante los errores que cometían a causa de su inexperiencia, pero luego se enfadó ante la monotonía de las imágenes grabadas sobre los lienzos y sus invariables tonos de celeste.

Solo un paisaje se dibujaba en Himmel: el registro del cielo de cada día.

Adiel estaba cansado de pintar siempre el mismo firmamento desde ángulos variados, harto de azules y blancos, de rosados y violetas.

El joven maestro ocupaba sus ratos libres en el cementerio oscuro, el sitio de reposo de las almas perversas que se habían apagado antes de ser liberadas al cielo. Ese era su sitio de reflexión y de paz. Lo había descubierto poco después de comenzar a estudiar en La Academia y se había enamorado de la bucólica soledad que le permitía soñar despierto sin ser objeto de prejuicios ni recriminaciones.

El cementerio oscuro se encontraba en los límites de Himmel, entre peligrosos cúmulos de tormenta que amenazaban con desintegrarse en cualquier instante. Allí, en el aislamiento del fin de su mundo, Adiel soñaba despierto con el reino bajo las nubes. Quizá, la efímera compañía del abismo le permitía sentirse un poco más cercano a sus fantasías.

Era en este sitio que el joven maestro de arte pintaba ensoñaciones prohibidas.

De vez en cuando, alzaba la vista por encima del lienzo y permitía que su mente se perdiera en la inmensidad infinita del cielo sin horizontes que rodeaba al pueblo de Himmel.

Frente a él se extendía un océano colmado de incontables nubes que nadaban sin rumbo entre la leve brisa del firmamento. Al este, al oeste, al norte y al sur; por encima y por debajo de su nación. La isla en el cielo presentaba un solo paisaje a sus habitantes. Se trataba de un escenario majestuoso para la gran mayoría, pero que se tornaba monótono con cierta facilidad ante la mirada soñadora de Adiel.

—¿Qué dibujas? —preguntó Deodato desde la lejanía. Avanzaba flotando con lentitud por el camino de nubes de cirrus..

Pero Adiel no oyó sus palabras. Tenía la atención dividida entre sueños y anhelos, entre el cielo frente a él y el reino bajo las nubes que le obsesionaba desde pequeño.

El recién llegado sonrió al notar la mirada perdida de su joven colega. Se conocían desde hacía ya más de una década, cuando el joven maestro era tan solo un estudiante en su primer año en La Academia.

Deodato sonrió al recordar que Adiel necesitó treparse a su silla de nubes para alcanzar el borde superior del lienzo por casi dos años. También recordó con nostalgia la primera vez que lo encontró allí, en el cementerio, pintando un fondo azul que parecía ser el cielo despejado aunque que su alumno aseguraba que se trataba de un cuerpo de agua.

“¡Agua en el cielo! ¡Qué ocurrencias, pequeño! ¡Cuánta imaginación tienes!” le había dicho él, sin darle importancia al mensaje tatuado en la mente de su alumno y sobre el lienzo. No pensó que algún día se arrepentiría por no haberlo sancionado ante la naturaleza de tal grave transgresión.

El pequeño era ahora un hombre, un igual. Su cabello le llegaba a la cintura y las alas le cubrían toda la espalda. Los primeros indicios de barba comenzaban a asomar con discreción y en su pecho se marcaban leves músculos. Adiel había cambiado mucho, tanto en aspecto como en personalidad; de su pasado solo quedaban sueños inalcanzables.

A Deodato todavía le costaba creer que ambos enseñaban juntos en La Academia a partir de esa misma mañana. Sentía que el tiempo se le había escapado de las manos sin que lo notase; pero a pesar de todo, estaba orgulloso del resultado, del camino que su alumno había seguido.

Quiso felicitarlo fuera de la institución, como un amigo y sin las formalidades de la profesión. Lo buscó en su hogar y dentro de La Academia, pero al no hallarlo, supo de inmediato que lo encontraría en su sitio secreto, en el cementerio oscuro.

Deodato se detuvo con sigilo tras el más joven y escrudiñó la ilustración. Pronto dejó escapar un suspiro que delató su presencia.

—¡Oh, Adiel! ¡Mi estimado Adiel! —dijo, sin poder ocultar la desilusión en su tono— ¿Qué demonios es esa cosa? ¿Otra fantasía terrestre? Creí que tu nuevo cargo como maestro del registro del regen te habría ayudado a quitar los pies de la sucia tierra —lamentó—. Pretendía felicitarte por tu primera clase, pero ahora dudo sobre qué tan acertada ha sido la decisión de los mayores de entregarte la tutoría. ¿Piensas acaso corromper a los niños?

—Ya no eres mi maestro, Deodato. No debo pretender que me interesan tus sermones —respondió Adiel con una sonrisa, pero sin voltearse a observar a quien había sido su mentor hasta pocas lunas atrás—. Esto es un girasol. Se supone que crecen a montones en el reino bajo las nubes. La bitácora de mi tío dice que es un símbolo de admiración, de amor y de entrega. Es una flor que mira siempre hacia nosotros, hacia el cielo y hacia el sol, como si supiera que estamos aquí y esperara nuestra visita. Mi tío añade en su texto que los habitantes de Himmel nunca comprenderán lo que es la belleza hasta que vean esta flor con sus propios ojos.

—Baja la voz, Adiel, sabes que tu tío fue un criminal. Escapó de nuestro paraíso para visitar el reino humano y tuvo el coraje de regresar a pesar de saber las consecuencias. Deberías olvidar sus locuras y agradecer que te hayan permitido estudiar en La Academia e incluso convertirte en maestro. ¡Sabes cuántas familias han sido condenadas a la ruina por ofensas menores! ¡Tu talento ha sido tu salvación!

En vez de responder o de enfadarse, y contra todas las expectativas de Deodato, Adiel comenzó a reír. Sus carcajadas eran melodiosas y dibujaban pequeñas arrugas alrededor de sus ojos violetas. Los pliegues en su piel dejaban a la vista una pequeña cicatriz en su mejilla que había obtenido en un severo castigo durante sus años como aprendiz.

—Deodato, ¿has visto alguna vez la bitácora de mi tío Higinio? Solo he salvado algunas páginas, pero sus palabras poseen magia, y entre sus bellas descripciones ha dibujado esta flor. —Los ojos de Adiel brillaban a causa de la emoción que sentía al pensar en el reino prohibido.

—Pensé que los mayores habían arrojado al abismo todas sus pertenencias. ¿Cómo es que posees el texto? ¡Debería denunciarte por ello, Adiel!

—Calma, Deo, calma. Mi tío me regaló el recuerdo de sus aventuras apenas regresó. Yo no entendí el valor de sus garabatos en aquel entonces, pero guardé su obsequio como un memento luego de su ejecución.

El mayor se rascó la frente. Era un gesto característico suyo cada vez que lo invadía la indecisión. Deodato no tenía el valor de traicionar a su ex aprendiz, pero guardar silencio lo convertiría en cómplice, según las reglas de Himmel.

—Te volverás tormenta —sentenció luego de algunos segundos, más como un pensamiento en voz alta que como una advertencia real.

—Quizá —contestó Adiel—, ¿pero qué hay de malo con ello? ¿Por qué los habitantes de Himmel le tememos a volvernos oscuros y llover sobre el reino bajo las nubes? ¿No es acaso algo bueno para ellos? Es la lluvia de los oscuros la que riega los campos y permite la existencia de plantas y flores. Son las almas oscuras las que llevan vida al reino sólido. Estaría orgulloso de poder brindar mi espíritu a la vida de un girasol —canturreó en tono de broma, pero convencido.

Desde pequeño le habían inculcado, al igual que a todos los demás, que las almas provenían de las nubes más puras, pero que las ofensas a su pueblo oscurecían el tono hasta volverlo tormentoso. De las nubes nacían y a las nubes volvían al morir; ese era el lema de Himmel, y dependía de las acciones en vida el color con el que vagarían por el cielo al fallecer.

Un silencio incómodo creció entre ambos profesores. Deodato no poseía respuesta a las preguntas de Adiel ni tampoco un discurso que contradijera sus palabras. Resignado y sin decir nada, el mayor dio media vuelta y regresó por donde había llegado. Quizá, la mejor opción sería mantenerse alejado de su ex aprendiz. Temía quedar enredado en sus actividades criminales.

El más joven se encogió de hombros y regresó su atención al lienzo para continuar pintando detalles sobre el girasol.

Las horas pasaron entre trazo y trazo. Para cuando el dibujo estuvo listo, Adiel ya debía marcharse porque no quedaban casi rayos de sol que iluminaran su entorno.

Se alejó unos pasos del lienzo y sonrió ante su obra. Luego, la pateó para que cayera al abismo de la noche y alcanzara, tal vez, a un humano del reino bajo las nubes.

Esa era su forma de decir: “aquí estoy. Arriba.”

IDEALES

La satisfacción de haber sido nombrado maestro se desvaneció tras pocas jornadas de monótona enseñanza. Todos los días, Adiel se enfrentaba a grupos de jóvenes talentosos que carecían de motivación. Su oficio era instruirlos en el arte de pintar los distintos tipos de nubes en cada uno de sus estados y fases del día. Debía explicar texturas y sombreados, esponjosidad y leves indicadores del clima.

Sus aprendices serían algún día klappes del regen, encargados de registrar el estado del cielo y su clima. A cada uno de ellos se le asignaría un momento del día y un punto cardinal. Su expectativa de vida sería pasar los siguientes cincuenta años pintando el mismo cielo una y otra vez hasta que su cuerpo se rompiera y su alma se volviese una nube que otro himmeliano delinearía en un lienzo futuro. No había muchas formas de huir del ciclo vicioso de los pintores del cielo.

Adiel agradecía haber sido de los pocos artistas capaces de escapar a la pesadilla de una monotonía esclavista. Sabía que hubiese enloquecido si el destino le hubiera obligado a pintar todos los días el mismo cielo para que luego fuese archivado eternamente en una biblioteca que nadie revisaría.

De todas formas, el joven maestro aborrecía su profesión. Su mente abarcaba imágenes más allá de Himmel y deseaba poder instruir a sus alumnos en el arte de crear paisajes terrestres con plantas y animales, con tierra y madera.

No lo haría. Sabía que eso lo llevaría a una ejecución segura y que pondría en riesgo el futuro de sus alumnos.

Suspiró.

—¡Adiel! ¡Adiel!

La voz de Deodato devolvió su mente a la realidad.

—¿En qué demonios estás pensando? Tus alumnos ya han terminado sus tareas y se han marchado. Es mi turno de usar este salón para dar la clase de arquitectura cumular. ¡Y hoy es el examen de composición de las tormentas! Mis estudiantes llegarán en pocos minutos.

—Lo siento, Deo —se disculpó el más joven—. Pensaba en el cielo.

—Eso es bueno.

—No, me refiero a qué tan inútil es pintarlo todos los días desde ocho ángulos distintos —añadió Adiel.

—¡Baja la voz, niño! —ordenó Deodato. Colocó una de sus manos sobre los labios del otro—. De todos los sitios que podrías haber elegido para decir una blasfemia, La Academia es el peor. Cualquiera podría oírte y delatarte. ¿Acaso quieres morir?

—¿Te importaría si me mataran, Deo? Ya he perdido la cuenta de las veces que me has amenazado con delatarme. —Adiel dibujó en su rostro una sonrisa pícara. Confiaba en el silencio de su colega—. No te pido que me entiendas ni que compartas mi sueño, pero insisto, deberías tomarte unas horas para leer con atención las páginas de mi tío Higinio. Creo con fervor que tu opinión sobre el asunto cambiará.

—No me interesan tus desvaríos —aseguró Deodato—. Solo procura ser cuidadoso. Ya no eres mi aprendiz. No puedo protegerte.

La silueta del primer alumno asomó en el umbral y marcó la despedida entre ambos profesores. Pero aquel adiós no pronunciado fue distinto a los anteriores, ya que lo siguió el silencio de varias semanas.

Ninguno estaba enfadado, pero sus vidas estaban divididas por el muro invisible de la incomprensión.

Así, una semana se convirtió en un mes y un mes se convirtió en medio año. Para ese entonces ya habían regresado los saludos obligatorios entre pasillos y reuniones. De vez en cuando, incluso se veía algún apretón de manos lleno de la complicidad añeja que caracterizaba su lazo durante los años escolares de Adiel.

Las ilustraciones de girasoles comenzaban a volverse una obsesión. Todas las tardes el joven profesor dedicaba sus horas libres a la creación de flores. Utilizaba los restos de amarillos que estaban destinados al sol y los tonos oscuros que solían sombrear las tormentas —porque en La Academia no poseían marrón o verde—.

En el fondo, Adiel profesaba con su obra la admiración que sentía por Deodato, su antiguo mentor. La flor era un reflejo de su propia insistencia en siempre voltearse a verlo, a analizar su figura y facciones. Adiel lo sabía, le era imposible negar que el girasol era más que una manía estética y que evidenciaba su interés por obtener la aceptación y el reconocimiento de Deodato; lo que él más quería era ser considerado un igual. Porque a pesar de todo, sabía que su viejo mentor seguía viéndolo como a un niño, a un soñador inmaduro.

Las manecillas del tiempo le entregaron a Adiel su primer día libre durante la celebración del sol, una de las pocas festividades de Himmel. Sin embargo, el joven maestro no asistió a festejos ni desfiles, a banquetes ni a bailes.

Aprovechó la distracción del pueblo para escabullirse a su rincón sagrado y pintar la tierra. En su mano derecha sostenía el pincel mientras que con la izquierda se aferraba a un trozo de papel que había escapado de la bitácora de viaje. Celebraría a su manera con un paisaje distinto, sin flores ni nubes.

Los trazos del maestro eran finos y delicados, pero mostraban dudas en su interpretación. Intentaba darle color a las palabras de Higinio que llevaba consigo, pero no estaba seguro de comprender el movimiento del pasto ante la brisa o la textura del tronco de un árbol.

Deodato no se sorprendió ante la ausencia de su colega en las celebraciones y supo de inmediato dónde encontrarlo. Luego del banquete central, decidió ir a buscarlo. Estaba enfadado y aterrado al mismo tiempo; pero por sobre todas las cosas, se encontraba confundido. Necesitaban hablar.

El mayor encontró a Adiel recostado sobre los peligrosos cúmulos oscuros, abrazado a su lienzo mientras lloraba; tenía la mirada perdida en el firmamento y sus azules cabellos enredados entre las nubes.

—¡Adiel! ¡Adiel! ¿Qué te ha ocurrido? —gritó Deodato apenas lo vio desde el camino—. ¡Adiel! —volvió a llamar con la respiración agitada por el apuro.

El más joven no respondió ni siquiera cuando el rostro de su colega entró a su campo visual. Sonrió y estiró un brazo hacia él, pero no dijo nada.

—¿Qué te ha ocurrido? ¿¡Y por qué demonios vienes siempre al cementerio oscuro para pintar tus delirios!? Un día caerás a través de las secciones más delgadas. —Deodato arrancó el lienzo de los brazos de Adiel y lo observó.

El más joven comenzó a reír cuando el rostro del recién llegado se pintó de terror.

—¿Verde? ¡Sabes que está prohibido! —reprendió—. ¿Por qué insistes con estas cosas, Adiel?

—No comprendo el pasto, Deo —susurró el más joven—. No puedo pintarlo sin conocerlo. Tengo que ir al reino bajo las nubes. Quise recostarme para imaginar la sensación, pero no es lo mismo. Las nubes no me hacen cosquillas y tampoco huelen a tierra húmeda.

—¡Deja de decir estupideces! —Volvió a regañar Deodato—. ¡Mírate! Tienes pintura en todo tu cuerpo, desde el rostro hasta el pecho; sobre tu estómago y entre los muslos. Maldita sea, Adiel, incluso tienes pintura verde sobre tus partes íntimas.

—¿Sabías acaso que allá abajo la gente se cubre el cuerpo todo el tiempo? Ellos no notarían la pintura sobre mi piel —murmuró Adiel entre suspiros—. También se les permite a los humanos enamorarse, algo que en Himmel está prohibido desde la guerra gris entre los discriminados y La Academia. ¡Ah! Y otra cosa más; allá abajo las almas no nacen de nubes deshechas sino que dos espíritus crean al tercero a través de un rito de amor. —Hizo una pausa en la que intentó contener su excitación—. ¿Sabes qué más, Deo? ¡Tienen océanos! El agua de las tormentas es tanta que uno puede sumergirse en ella —sonrió—. Suena como un sitio maravilloso.

—¡Has enloquecido, Adiel! —gritó Deodato— Olvida esos delirios antes que te denuncie con los mayores.

—Pero tú también lo has leído, ¿no es cierto? —preguntó Adiel. Luego, se puso de pie con un salto y colocó la mano derecha sobre el hombro de su colega—. Es por eso que has venido hoy. Te esperaba.

—Sí, de eso mismo venía a hablarte. No puedo creer que hayas dejado el maldito texto de Higinio en mi hogar. Ven a retirarlo esta noche porque no quiero ser visto con esos párrafos sobre el amor y las flores. Me ejecutarían al instante por un crimen que no he cometido.

—¡Entonces lo has leído! —Los ojos del más joven brillaron con sincera algarabía. Ahora podría compartir su sueño con alguien más—. ¡Oh, Deo! No sabes cuánto me alegra saber que tu mirada se ha posado sobre las maravillas de la tierra.

—¡Cálmate! —Lo alejó—. Solo te pido que retires el maldito escrito de mi casa, Adiel. No quiero volverme tormenta a causa de tu sueño infantil —sentenció—. Debes olvidar esta locura antes que sea demasiado tarde. Te aprecio, Adiel. Has sido mi mejor aprendiz, pero ya no eres un niño. Es hora de dejar atrás estas ilusiones tuyas. No quisiera verte morir como a tu tío.

Lo sé, lo sé. Ambos somos adultos, pero eso no cambiará mi forma de ver el universo. Pensó el más joven, orgulloso por el reconocimiento de su objeto de admiración.

—Ahí está el problema, Deo. Yo lo cambiaría todo por la libertad humana de amar. Entregaría mi vida por enterrar los dedos en la arena y nadar entre el oleaje. Vendería mi alma a la oscuridad por recostarme entre los girasoles un par de horas. —Dejó escapar un suspiro desolado y pensativo. Luego, añadió—. Los girasoles son estúpidos, ¿lo sabías? Nos miran a nosotros. Nos admiran, pero no saben qué tan monótona es la vida en el cielo. ¿Creerán ellos que yo también soy un tonto por observar su tierra? Quizás esas flores y yo tengamos demasiado en común.

—Estás loco, Adiel. ¿A quién demonios le importa lo que piense una flor? Es más, creo yo que las plantas ni siquiera pueden pensar, aunque estén vivas —explicó Deodato—. A lo que voy es que no vale la pena abandonar nuestro destino, nuestro camino y nuestra paz a cambio de un mundo colmado de maldad, impurezas y suciedad.

—No, Deo. Es que tú estás ciego. Y si comprendieras la belleza del reino bajo las nubes, también lo dejarías todo por un día allí, aunque eso significase tu muerte. ¡Piensa en el amor!

—Estás equivocado, Adiel —afirmó Deodato—. Preferiría vivir como esclavo de los mayores al igual que tus padres y todos los demás grises antes que morir por un sueño sin fundamentos. Y tú, deberías sentirte igual.

—Eres egoísta, Deo. ¿Preferirías verme de rodillas ante un amo que sonriendo frente al mar? —Adiel enredó sus dedos entre los cabellos de su colega y suspiró—. Cuando comprendas lo que significa el amor, verás al universo de otra forma. Sabes incluso que nuestros cuerpos comparten, en gran medida, la fisionomía humana, por lo que de seguro nosotros también hemos sido creados para amar como ellos lo hacen. Me niego a creer que no es así.

—¿Y acaso tú lo comprendes? Si lo han prohibido, por algo ha de ser —aseguró Deodato—. ¡No quiero volver a oír tus estupideces! —insistió. Luego, empujó a Adiel—. Solo ven a mi casa a buscar la maldita bitácora. Y te lo advierto: la próxima vez que rompas las reglas de Himmel, te denunciaré.

El mayor se marchó flotando a gran velocidad.

El menor se limitó a sonreír.

Esa misma noche, Adiel se escabulló entre las construcciones de densa nubosidad. Voló con sigilo a través de las calles desiertas hasta alcanzar la pequeña casa de Deodato en las afueras de Himmel. La edificación era igual a todas las demás, en forma de esfera con una única entrada en el extremo superior.

Ingresó.

El mayor descansaba en una silla frente a su escritorio. Se había quedado dormido mientras leía la bitácora de Higinio.

Adiel se acercó, sonriente, y besó la frente de su colega.

—Despierta, Deo, he venido tal y como te lo prometí —susurró en su oído.

Deodato abrió los ojos. Se sorprendió ante la proximidad de su compañero, pero no hizo mención alguna ante la incomodidad que sentía. Antes de aquel instante, no le hubiese molestado la cercanía física de otra persona; sin embargo, después de leer sobre el amor humano, sentía la necesidad de cubrir su cuerpo y evitar cualquier contacto físico o muestra de afecto terrestre. La sola idea le resultaba repugnante.

—Me alegra que hayas decidido llevarte esta abominación —pronunció Deodato. Su voz temblaba con cierta ligereza casi imperceptible.

Adiel movió su cabeza hacia los lados y sonrió.

—No, Deo, no es a eso a lo que he venido —aseguró—. Durante ocho años me enseñaste todo lo que un himmeliano debería saber. Ahora, es mi turno de darte una clase a ti; después de todo, yo también soy un maestro.

—¿Qué quieres enseñarme a mí? Ya he leído la maldita bitácora con información sobre el reino bajo las nubes y el comportamiento de sus habitantes.

—Te daré una clase práctica sobre lo que has leído sobre el amor. Aprenderemos juntos lo que yo he comprendido y tú no. Si luego de esta noche no compartes mi sueño, prometo renunciar a él —aseguró Adiel.

Y sin dar tiempo a una respuesta, se sentó sobre el regazo de Deodato. Lo rodeó pronto con sus brazos y sus piernas al tiempo que posaba los labios sobre los de su colega.

Esta noche, aprenderemos el significado de amor y de entrega, de fidelidad y admiración. Esta noche seremos girasoles, pensó Adiel.

El contacto inicial fue rudo, pero efímero. En pocos minutos el brusco forcejeo desapareció y el amor se impuso sobre cualquier prejuicio social, sobre toda regla y posible castigo.

Aquella noche, por primera vez en la historia de Himmel, dos hombres se amaron sobre un colchón de nubes, bajo la mirada atenta de las estrellas.

GIRASOLES

El invierno llegó raudo y crudo el siguiente año. La cercanía entre las nubes y el sol permitía que los habitantes de Himmel pudiesen continuar sus labores sin la necesidad humana de cubrir sus cuerpos. Sin embargo, las brisas frías azotaron con furia y causaron estragos en las construcciones más débiles de la ciudad que comenzaban a dispersarse en el viento y requerían constante mantención.

Era la época en la que los girasoles desaparecían sobre la tierra, pero también fue la época en la que el amor florecía con mayor intensidad entre Adiel y Deodato.

El joven maestro continuó brindando sus clases de arte a los más pequeños. Pintaron días y noches, cúmulos y cielos despejados. Crearon soles y lunas, paz y tempestad. Incluso realizaron pinturas completamente blancas que ilustraban las nubes nevadoras.

Por las noches, el cielo de Adiel se llenaba de girasoles imaginarios que se reflejaban en la mirada de Deodato posada en la suya propia. Cada uno clavaba sus ojos en los de su compañero en un claro signo de admiración y fidelidad, de promesas que sabían que no podrían cumplir.

—Soy tu girasol —murmuraba el más joven de vez en cuando, entre besos y caricias—. Y tú eres mi sol —añadía luego.

—Yo creo que es a la inversa —solía responder el mayor en un tímido susurro escondido entre su barba—. Tú brillas más que yo, y por eso no importa cuánto lo intente, no puedo dejar de girarme hacia ti. Ha sido así desde hace años. Siempre brillaste ante mi mirada.

Los engranajes del tiempo seguían moviéndose con lentitud, pero cada segundo los acercaba a la inevitable separación. Adiel estaba decidido a arriesgarlo todo por visitar el reino bajo las nubes. Y esta vez, Deodato no intentaría impedirlo.

—Cuando regrese, quiero retratarte bajo la sombra de un árbol y también recostado sobre el pasto. Quiero pintar tu azulada silueta entre muebles de madera y tu cuerpo cubierto de girasoles sobre una colina —afirmó el más joven—. Deo, ¿estás seguro de que no deseas acompañarme? Nada me haría más feliz que amarte sobre la arena, con los dedos de nuestros pies enterrados en la orilla mientras rozan el oleaje. Higinio dice que el mar sabe a sal y que en su interior habitan animales que no conocen el sol. Acompáñame, Deo. Te lo pido una última vez. Descubramos juntos la aventura de lo humano.

—Lo siento, Adiel. Ya es suficiente castigo el saber que me volveré tormenta por amarte. No tengo el valor de arriesgar también mi vida por un sueño que te pertenece más a ti que a mí. Esperaré con ansias tu regreso y me aseguraré la primera fila el día de tu ejecución. —Deodato se dejó vencer por el sarcasmo—. Tal vez, incluso me declare cómplice para compartir el castigo contigo.

—Sabes que es posible que no regrese —lamentó el más joven. Rodeó a su amado con sus alas en un abrazo ligero.

—Lo sé. Allí abajo nos creen divinidades, así que comprenderé si decides no volver. Pero si deseas permanecer en el reino bajo las nubes, espero que puedas cerrar los ojos y pintar mi retrato para que no me olvides. Te pido, Adiel, que sigamos siendo girasoles y nuestros corazones nunca dejen de buscarse el uno al otro —pidió Deodato casi en un ruego.

Él también abrazó a su compañero con las alas.

—Me alegra que en nuestra tierra los cuerpos no deban cubrirse —susurró el mayor luego de un prolongado silencio—. Al menos podrás recordarme entero. Y cuando muera, lloveré sobre ti y tus girasoles. Quizá no pueda ser tu sol, pero al menos espero poder caer sobre ti al volverme tormenta.

—¡Oh, Deo! —murmuró Adiel entre lágrimas—. Prometo que pintaré tu cabello con líneas de océano y tus ojos con polvo de estrellas. Detallaré cada centímetro de tu piel con el mismo cuidado con el que la he recorrido a diario durante los últimos meses. Delinearé tus labios con la suave textura de su sabor y colocaré en el fondo un sinfín de girasoles enredados entre tus alas.

—Ni una nube —añadió Deo.

—No, no más nubes —respondió Adiel con una sonrisa—. No volveré a pintar nubes mientras viva.

ESCAPE

El día de la separación arribó con más prisa de la que hubiesen deseado. Llegó apurado, acelerado y sin pedir permiso para robarse la despedida. Al último atardecer juntos lo transportaron vientos huracanados e impredecibles que rugían con furia y arremetían contra los amantes de Himmel.

Después de una noche colmada de insomnios y dudas, Adiel y Deodato se calzaron en sus roles de maestros durante la jornada de aprendizaje para no levantar sospechas entre los alumnos y el personal de La Academia. La práctica de sus mentiras los había convertido ya en perfectos actores que interpretaban sus líneas sin titubear en la monótona obra de lo cotidiano.

La rutina transcurrió fugaz y discreta. Sin eventos relevantes en la vida de los enamorados que se despidieron con muda cordialidad y el deseo feroz de estar en los brazos del otro tan pronto como les fuese posible. Se saludaron cuando el último aprendiz se había marchado ya de La Academia, como lo hacían a diario, para regresar a sus propios hogares hasta que la luna se alzara en el firmamento y el único testigo de su amor fuese el astro y sus hermanas, las estrellas.

Cada uno de ellos hizo sus propias preparaciones en el silencio de sus hogares.

Adiel se despidió de su casa y de la bitácora, de La Academia y de su pasado. No se llevaría nada consigo, salvo recuerdos de tragedias y amores, de logros y de fracasos.

Deodato lloró en secreto a causa de la cobardía que le impedía marcharse junto a su amado. Su corazón se partiría en unas horas, pero su egoísmo le obligaba a elegir lo certero por encima de lo desconocido.

A medianoche, se encontraron en el cementerio oscuro, entre los peligrosos cúmulos de nubes de tormenta que se habían vuelto el secreto hospedaje de su relación.

Allí se amaron una última vez con la descomunal pasión que caracterizaba a los humanos. Se amaron con desenfreno aunque con ello se arriesgaran a caer de Himmel. Se amaron con la voz de su frenesí oculta bajo los truenos del cementerio. Se amaron como se aman los hombres en la tierra, con lujuria y deseo, con cada milímetro de su ser al entregarlo todo de ellos. Se amaron hasta que los primeros rayos del sol asomaron en el horizonte. Se amaron hasta volverse girasoles.

Antes de partir, Adiel pintó en sus cuerpos una pequeña flor, signo de su amor. Él lo lucía con orgullo sobre el pecho, pero Deodato lo ocultaba en la nuca, bajo el cabello turquesa. El más joven grabó también con tinta sus nombres en las palmas de las manos de ambos en un efímero gesto de unión que desaparecería ante el primer baño.

 Y con un beso, se dijeron adiós.

Adiel desplegó sus alas y saltó al vacío sin pensar en la tormenta eléctrica que acompañaría su descenso. Había escogido el peor puerto para embarcar al futuro, durante una noche de vientos agresivos e impiadosos.

EPíLOGO

Ningún transeúnte gritó cuando el azulado cuerpo de Adiel cayó desde el cielo en medio de la tormenta. A nadie le importó que la figura quedase inerte y colgara como un maniquí quebrado de un árbol cualquiera en medio del poblado. Pocos siquiera se voltearon para observar el peculiar detalle de la silueta con alas que sangraba agua por el pecho, desde el centro del dibujo de un girasol.

Algunos niños curiosos se detuvieron a señalar que de la boca de Adiel escapaba poco a poco una nube negra, pero para los adultos, ese detalle daba igual.

Varios observaron entre murmullos pasajeros lo asombroso del espectáculo, pero ni siquiera un ciudadano se molestó en acercarse a Adiel y revisar su pulso, porque más allá de lo improbable de la situación, un algo había llamado la atención de la población casi de inmediato.

No fue el hecho de que el chico azul había caído del cielo desnudo, que su alma fuese una tormenta ni que sangrara agua por el pecho. Lo más llamativo fue, para los humanos del reino bajo las nubes, que en sus palmas se leyeran todavía —a medio borrarse— dos nombres masculinos dentro de un corazón. Este minúsculo detalle hizo que no se llamara a médicos o expertos.

Las habladurías horrorizadas pronto se pusieron de acuerdo en una explicación que se hizo oficial en apenas un par de minutos, dada a la imposibilidad de investigar el suceso: aquel ángel había sido expulsado del cielo a causa de su infracción carnal. Y si el cielo lo había escupido, no era asunto humano el darle cuidados. Un ángel caído en desgracia era enemigo de todas las naciones.

Adiel los escuchaba, pero no comprendía el lenguaje. Ya casi no sentía, tampoco veía.

Su cuerpo cayó pronto al suelo cuando un grupo de jóvenes sacudió el árbol en el que se encontraba. Allí, sonrió agradecido por última vez al sentir el cosquilleo del pasto bajo su cuerpo y el aroma a tierra húmeda —tal vez debido a la tormenta o quizás a causa del agua que él mismo sangraba—.

Había cumplido gran parte de su sueño y solo eso le importaba. El único remordimiento que quedaría grabado en su alma era no haber podido ver un campo colmado de flores.

Al final, luego de algunos minutos, Adiel tan solo durmió, sumido en un sueño eterno de girasoles y pasto, de océanos y arena, de árboles y de Deodato.

 

 FIN

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