El velorio. Sonata para la muerte

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EL DESENCADENANTE

Nuestra historia comienza, como no podría ser de otra forma, con una muerte. La identidad de la persona fallecida no es lo que importa, sino su trayectoria por ese breve camino al que llamamos vida y las huellas que ha dejado tatuadas a su paso sobre las viejas baldosas gastadas del tiempo.

De nacionalidad italiana, nuestra difunta llevaba ya más de cincuenta años como residente de la ciudad de Buenos Aires. Su morada estaba habitada por la monótona soledad de quien ha dejado atrás a su familia. Las amistades las forjaba en clubes y casinos mientras que el rostro de sus hijos y sus nietos se dibujaba en una pequeña pantalla para Noche Buena y su cumpleaños —y el día de la madre, si lo recordaban—.

Su último suspiro llegó sin sorpresas. A los casi noventa y siete años ya no tenía el privilegio de la buena salud. Las figuras frente a ella se veían siempre borrosas y no existían lentes o cirugías capaces de mejorarle la visión. Del oído derecho no escuchaba desde hacía ya casi una década y el bastón que usaba a modo de sostén apenas si le permitía ir de la cama a la cocina o al baño de su propio departamento.

Una enfermera la ayudaba tres veces por semana. Era parte de la burocracia familiar moderna en la que era preferible pagarle a un extraño por sus servicios profesionales antes que hacerse cargo de la madre que los había cuidado cuando ellos todavía no podían valerse por sí mismos. Las excusas eran siempre idénticas. Que la falta de tiempo y el trabajo lo imposibilitaban, que carecían del conocimiento necesario y que les quedaba muy trasmano el departamento. ¿Llevarla a vivir con ellos? ¡Impensable! No tenían espacio ¿qué dirían los chicos? Las opciones debatidas eran el geriátrico y la enfermera. Esta última terminó por convertirse en la ganadora de la contienda porque era más económico de esa forma.

A la anciana nunca le había importado la falta de cariño de sus descendientes. Comprendía que los tiempos habían cambiado y que tanto sus hijos como sus nietos —ya adultos— habían forjado sus propias familias.

Esperó su final con paciencia. Contó los meses, los días y las horas a medida que el tiempo se le escurría entre los dedos como arena en un viejo reloj.

La muerte llegó por fin durante una calurosa madrugada de diciembre, entre Navidad y Año Nuevo. Arribó envuelta en su negro vestido de gala, con la mirada oculta bajo una sombrilla de telarañas; se movía al compás de una melodía gris que entonaba entre murmullos vacíos.

Abrazó a la anciana como si se tratase de su propia madre; fue la muerte quien derramó las primeras lágrimas sobre su rostro antes de llevársela.

La historia podría bien terminar acá, en este punto preciso en el que un alma ha sido arrancada del mundo para dejar de existir entre los vivos. Y sin embargo, es en este efímero instante que comienza nuestra anécdota.

LOS PREPARATIVOS

El hecho se convirtió en noticia el día después de haber sucedido, cuando la enfermera ingresó al departamento de la anciana.

¿Qué hacer? ¿Cuáles eran los pasos a seguir? Ni los hijos ni los nietos de la mujer tenían experiencia en el asunto.

Recurrieron al siempre confiable internet y comenzaron pronto con los preparativos funerarios.

Se enviaron correos electrónicos a montones —todos ellos copiados y pegados— que anunciaban lo ocurrido. El obituario salió publicado en media docena de diarios porque sabían que los amigos de la fallecida tenían la costumbre de revisar esa sección en busca de nombres que les resultaran familiares. Se trataba de una costumbre pasada de moda que algunas personas mayores todavía conservaban.

Las redes sociales se inundaron de fotos de la difunta, con mensajes emotivos capaces de hacer llorar incluso a las rocas, pero que habían sido escritos desde el desprecio de quienes la habían enterrado en el olvido de sus corazones hacía ya varios años.

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Los datos del velorio alcanzaron a miles de personas, a conocidos y desconocidos. El mensaje llegó hasta los amigos de los primos de los sobrinos postizos de algún padrino lejano que habían visto a la fallecida por cinco minutos en una de esas enormes cenas navideñas que solían ser costumbre en décadas pasadas.

A la viralización se le sumaron treinta y dos telegramas y casi una centena de llamados telefónicos de corta y larga distancia que duplicaron los gastos mensuales de la familia. Había que notificar a tíos, primos y hermanos; a los hijos de los sobrinos políticos y a una lista interminable de personas que se habían cruzado en el camino de la mujer a lo largo de casi un siglo.

Ese era el modo que tenían sus hijos de rendirle homenaje y ahogar culpas atragantadas. No quedaría ni un solo conocido sin enterarse de lo ocurrido. Estaban todos invitados al velorio.

La conexión más extraña fue la italiana. El llamado se convirtió en aquel juego infantil del teléfono descompuesto. Se hablaban en kiwi y melón. Ni el argentino ni el tano entendían el idioma del otro, pero la similitud fonética permitió que el mensaje se transmitiera con la información necesaria. Entre morte, svegliare y lunedi, los europeos prometieron viaggio a Buenos Aires esa misma noche. Tenían tiempo porque el velorio no se celebraría hasta el lunes siguiente.

Se preguntarán por qué se celebraría el velorio un lunes cuando la muerte había ocurrido el jueves anterior. La respuesta es más sencilla de lo que aparenta; se trata de aquel concepto tan arraigado en Argentina de obtener la posibilidad de pasar un fin de semana largo sin actividades laborales. Una excusa más. En eso se convirtió la defunción de la anciana.

EL VELORIO

El lunes arribó raudo, junto con los hijos de la anciana que regresaban apresurados de las playas marplatenses. Con arena todavía entre los dedos de sus pies, se calzaron en sus atavíos oscuros y marcharon hacia el velorio. En el baúl se su vehículo todavía reposaba la sombrilla húmeda.

Los nietos llegaron primero al velatorio para recibir la decoración floral y dar indicaciones básicas sobre la distribución de viejas fotografías, videos de la fallecida y varios otros recuerdos que habían desenterrado a las apuradas el viernes anterior antes de partir rumbo a la costa atlántica.

El ataúd oscuro se colocó abierto sobre una pequeña tarima. La madera contrastaba con la palidez de la mujer y su vestido rosado. Varios metros más lejos, un centenar de sillas negras se alineaban en hileras continuas que albergarían pronto a los conocidos que decidieran acercarse para despedirse —o para tomar café gratuito—.

A ambos lados de las sillas, sobre los muros, se colgaron fotografías de la mujer que comenzaban con su infancia en uno de los extremos y terminaban poco antes de la muerte en la pared opuesta; formaban una cronología ecléctica coronada en el muro lateral con la gigantografía de su primera boda en algún momento de la década del treinta.

Una pequeña puerta lateral comunicaba con un cuarto a oscuras en el que se proyectaba en silencio un sinfín de videos en los que se veía a la difunta en distintas etapas de su vida; en casamientos y fiestas, en bautismos y actos escolares de sus bisnietos.

Y las flores. Por todos lados se veían ramos amarillos y blancos: atados a las columnas, entre las fotografías, alrededor del ataúd y en cada posible espacio vacío. La decoración barroca contrastaba con la nacionalidad italiana de la mujer. Pero no importaba; el motivo de tan extrema decoración radicaba en un poco sutil intento de los hijos de la fallecida por mostrar una falsa posición económica a los demás. Querían impresionar a los parientes y a los desconocidos.

Todo estaba en orden para el mediodía.

Los invitados comenzaron a asomar por el umbral pocos minutos antes del horario pactado. Entraban de a uno, de a dos, en familia, con niños, en sillas de rueda y hasta con muletas. Algunos ya estaban llorando antes de ingresar, otros reían mientras comentaban sobre el último episodio de The Walking Dead. En su gran mayoría, las siluetas eran oscuras, pero no faltaban los visitantes en trajes de colores o con vestidos de gala.

Se veían lentes oscuros y figuras medianamente reconocidas que extrañarían a la fallecida —o que amaban ser vistos en eventos sociales—. Había también vagabundos, la mujer que pedía limosna en la esquina de la casa de la difunta, el canillita del barrio y otras tantas almas que a simple vista parecían estar fuera de lugar.

Llegaron los parientes de Italia vestidos como si fuese invierno y también otras mujeres mayores que solían cenar todos los viernes en el casino con la fallecida —la que ganara más, invitaba. Esa era la regla—.

Adolescentes en shorts y ojotas conversaban con empresarios de traje y corbata. Algunos niños jugaban en sus celulares con el sonido al máximo volumen mientras sus padres saludaban a parientes lejanos cuyos nombres habían olvidado pero que recordaban haber visto en el pasado.

No todos se acercaban al ataúd.

Los primeros en llegar, lo hicieron por respeto; otros, por tristeza u obligación. Y los más atrevidos, por la morbosa curiosidad de ver un cadáver.

Detrás de cada gesto, de cada sombra, había una historia. Una verdad y una mentira. Una máscara y un motivo por el cual había asistido.

Internémonos en las particularidades de los invitados a este velorio.

LOS HIJOS

  
EL MAYOR

A la derecha del ataúd, sentado sobre una silla de mejor calidad que el resto, se encontraba un hombre que rondaría los setenta y cinco años. Viudo, vestía de negro con frecuencia como si con ello pudiese ocultar su gran barriga cervecera. El hijo mayor de la fallecida era un abogado ya jubilado y pensionado. Se había pasado la mayor parte de su vida ahorrando dinero para no tener que lidiar con los problemas de las bajas jubilaciones argentinas. Podía invertir en lo que quisiese. Se daba sus gustos con excesiva frecuencia. Siempre estaba de viaje, en el teatro o tomando un buen vino con sus colegas. Vivía solo, en pleno centro porteño, y gozaba de una salud excepcional.

De sus viejas costumbres solo le quedaba una, que había heredado de su difunto padre: ir a pasar año nuevo a Mar del Plata con la familia. Sus hijos, nietos, hermanos y sobrinos se reunían en la costa de Buenos Aires el último día de cada año, siempre en el mismo restaurante.

Le hubiese gustado darse una ducha antes de asistir al velorio de su madre, pero apenas si había tenido tiempo de ponerse la corbata en el baño de una estación de servicio. Su cabello olía a brisa marina y tenía la cara roja como un tomate a causa del sol.

Todos los invitados lo conocían, incluso aquellos a los que él nunca había visto en persona. Su madre solía hablar mucho de su nene mayor, el abogado, el inteligente. La anciana siempre se había sentido orgullosa de él y lo mencionaba a cuánta persona se le cruzara por el camino.

Incluso conocían su rostro gracias a la fotografía que la fallecida solía llevar en la billetera.

Uno a uno, los recién llegados se acercaban a él para darle un abrazo o un apretón de manos; para expresar sus condolencias. Más de una mujer curiosa le hizo preguntas personales que él decidió evadir. Pero aquel hombre no sabía actuar. Era más duro que un tronco y no lograba fingir tristeza. En su mente, ya se había despedido de su madre varias décadas atrás.

No sabía qué responder cuando le decían que lamentaban su pérdida. Agradecía las palabras, fingía una sonrisa y admitía que la noticia no había llegado con sorpresa y que ya estaba anímicamente preparado para enfrentarlo.

La tediosa burocracia de la muerte le causaba sueño. No podía disimular sus bostezos. Los pies le dolían y solo pensaba en sentarse y tomar una siesta. Había manejado por casi seis horas para llegar a tiempo al velorio. Quería marcharse.

LA DEL MEDIO

La segunda hija era la solterona. La que nunca se casó y a la que nadie le conoció pareja. En la familia corrían diversos rumores al respecto. Unos creían que era lesbiana y otros que se había prostituido hasta que su cuerpo ya no rindió lo suficiente.

La verdad nunca se supo, pero allí estaba ella.

Con la frente en alto y más maquillaje que payaso de circo, la hija del medio estaba de pie en la entrada del recinto. Saludaba allí a todos los que llegaban porque sabía que de esa forma la conversación sería breve —no era correcto amontonarse en el umbral de la puerta—.

Había arribado temprano. Bah, antes que sus hermanos. Se asomó rauda al ataúd y no reconoció el rostro de su madre. ¿Cuándo había sido la última vez que se vieron? ¿En un casamiento? ¿Alguna Navidad? Daba igual.

Ella ya no vivía en Buenos Aires por el simple hecho de que la distancia le servía como excusa para evitar encontrarse con su familia. Mantenía la costumbre playera porque a sus hermanos todavía les tenía algo de aprecio.

Detestaba al resto.

Conocía los rumores. Sabía que hablaban de ella a sus espaldas.

Llevaba su cabello plateado suelto hasta la cintura y vestía sin elegancia, con calzas negras ajustadas y una camisa de leopardo lo suficientemente translucida como para que se viera su ropa interior.

A pesar de su edad, tenía un gran cuerpo y muchos desconocidos se volteaban a mirarla cuando ingresaban al velorio.

Ella tampoco lloró por tristeza, aunque se atrevió a derramar falsas lágrimas de vez en cuando para que no creyeran que su corazón era un cubo de hielo.

EL MENOR

El más chico de los hermanos rozaba recién medio siglo de vida. Su llegada al mundo había sido una sorpresa para los padres y el resto de la familia. Alto y desgarbado, su silueta se alzaba erguida entre la multitud oscura. Su cabeza asomaba por encima de las del resto. Era imposible confundirlo, y mucho menos, perderlo de vista.

No habló en todo el velorio. Sus gestos mudos no parecieron incomodar a nadie. Siempre había sido un chico de pocas palabras que amaba a su madre.

Sabía que la había dejado de lado, que había permitido que sus obligaciones se impusieran por encima del lazo primordial. Sentía un remordimiento atroz que le impedía incluso llorar.

Saludó a todos con una triste sonrisa y se arrodilló frente al ataúd. Rezó en silencio al Dios de su madre —él era ateo— y le pidió perdón por sus descuidos.

Sus ojos reflejaban la culpa que carcomía cada uno de sus pensamientos. Y si bien siempre consideró que estuvo presente para ella —en comparación con sus hermanos—, sabía perfectamente que en los últimos años, en reiteradas ocasiones le había dicho que estaba demasiado ocupado como para visitarla y que solo la veía cuando hacían una videollamada, aunque vivían a unos pocos kilómetros de distancia.

A él, la muerte lo sorprendió. En un fin de semana perdió diez años de vida. Destellos plateados asomaron entre su negra cabellera y nuevas arrugas surcaron su rostro. Cuando la noticia alcanzó sus oídos, dejó de comer. Dejó de hablar. Se retrajo en una tristeza abismal de la que no podía escapar.

Y se preguntó si las cosas habrían sido distintas si él hubiese llevado a su madre a vivir a su casa, con su esposa y sus hijos. El remordimiento de las posibilidades pasadas le había robado el sueño y el apetito. Todo.

Abandonó el ataúd cuando varias personas se habían acumulado a sus espaldas a la espera de un turno para despedirse de la difunta. Parecían la fila para pagar cuentas en el banco.

El menor de los hermanos recorrió el velatorio. Observó con detenimiento cada foto. Las conocía de memoria. Cuando era chico tenía la costumbre de sentarse en la cama de sus padres y ver viejas imágenes.

También miró el video de la sala contigua, el que estaba en modo de repetición. Lo observó casi cinco veces seguidas sin siquiera notar que era siempre lo mismo.

Su conciencia estaba ausente.

Sin embargo, a pesar de la pesadumbre, no logró derramar siquiera una lágrima.

LOS MÁS JÓVENES

LOS NIETOS

Cuatro eran los nietos de la difunta. Dos del primer hijo y dos del más joven.

El mayor del cuarteto se había casado siendo adolescente, mientras que su hermano seguía soltero —siempre de joda—.

La esposa del mayor era azafata. Su perfecta figura destacaba entre el montón. Con el cabello teñido de rubio platinado y zapatos con tanto taco que apenas podía pasar por la puerta, cualquiera que no la conociera pensaría que se trataba de una modelo de las que salen en revistas. Tanto el maquillaje como el vestido que lucía eran sutiles, pero ni siquiera el más desabrido atuendo era capaz de opacar su belleza. La sonrisa la tenía tatuada en el rostro —gajes de la profesión—.

Apenas conocía a la difunta. Su trabajo la mantenía ocupada casi toda la semana; y cuando regresaba a su hogar, solo quería descansar. Pero esto no significaba que no apreciara a la fallecida, sino que la pena era distante. Lamentaba no haber aprendido nunca la receta de la anciana para hacer salsa. Le quedó pendiente pedírsela.

Su marido lloró. Las lágrimas eran sinceras entre el teatro del velorio. Su abuela lo había criado cuando era pequeño. Lo iba a buscar al colegio y le preparaba siempre algo rico para comer. Ella le enseñó a jugar a las cartas y a los dados. Le contó historias que él ahora relataba a su propia hija. Sabía que los últimos años apenas había tenido tiempo para visitar a su abuela. Siempre se prometía ir el siguiente fin de semana, pero los meses pasaron sin que el tiempo le alcanzara.

Sus lágrimas eran sinceras, sí, pero no desesperadas. La extrañaría, aunque podría superar la pérdida con facilidad. Recordaría a su abuela con una sonrisa.

El hermano de aquel llegó tarde. Llevaba la camisa a medio cerrar y zapatillas deportivas bajo el pantalón de gala. Era un mamarracho. Y para peor, su aliento apestaba a cerveza y cigarrillos de mala calidad.

No le importaba su abuela. Siempre sintió que la anciana no lo quería, que prefería a su hermano. Estuvo a punto de no asistir al funeral, pero la insistencia de su padre terminó por convencerlo. “O venís, o no te vuelvo a prestar un centavo.” Le había dicho su progenitor. Así que allí estaba. Tarde, pero seguro.

Se dirigió primero a saludar a su padre para que admitiera su presencia. Luego, caminó al ataúd y observó el rostro de su abuela. Ciao, pensó en italiano y se marchó. No dijo nada. Tomó una taza de café y se fue diez minutos después de haber llegado.

Sus primos eran jóvenes.

La hija mayor del tercer hermano acababa de iniciar sus estudios universitarios. Quería ser profesora de italiano. Amaba a su abuela y su pasado. Ella sí iba a visitar a la difunta al menos una vez por semana cuando salía de clases. En sus años escolares le había ayudado con las compras y la limpieza del departamento. Eran muy unidas. Compinches. La anciana le relataba historias sobre Italia, sobre las costumbres y el barrio, sobre las modas y los bailes. Y claro está, sobre sus travesuras adolescentes.

Ella era una joven de cabello color paja siempre enredado. Su vestimenta solía ser colorida. Le gustaba en especial el estilo hindú, con sus diseños estridentes y holgados.

Entró junto a su padre, de la mano. Ambos compartían el sufrimiento.

No se animó a acercarse al ataúd. Quería recordar a su abuela viva y sonriente. Despierta.

Decidió sentarse en la primera hilera de sillas y pensar. Recordar. En su mente pasaban escenas varias del pasado. Quizás saboreaba la memoria de un rico almuerzo casero o la amargura de una ronda de mates sin azúcar. Es imposible saber qué pasaba por su cabeza, pero no quedaban dudas de la melancolía reflejada en sus ojos. La tristeza se convirtió primero en humedad y luego en llanto. Los recuerdos que la invadían despertaban la añoranza de un pasado que no regresaría jamás.

Su hermano menor estaba en otra. Llegó casi dos horas más tarde, con el uniforme de fútbol puesto, de la mano de su novia. Tenía la cara toda colorada y apestaba a transpiración. Cursaba todavía el último año de la secundaria y sus preocupaciones no incluían la vida familiar.

Extrañaría a su abuela, sí. Pero era posible que no fuese a sentir el vacío hasta dentro de unos años.

LA BISNIETA

A pesar de haber fallecido con casi un siglo de tránsito mundano, la anciana poseía una sola bisnieta a la que jamás había visto en persona. La familia se la pasaba entre viajes, gracias a la profesión de su madre. Se la presentaron desde Francia al nacer. Se vieron de nuevo por una pantalla en Navidad. Cada tanto una foto aparecía entre la correspondencia. Pero el encuentro nunca se dio.

La niña empezaba ahora la escuela primaria. No comprendía el llanto de su padre ni el sombrío vestuario de los presentes.

Recorrió con asombro el perímetro mientras analizaba las fotografías. Bajo su brazo asomaba una muñeca de cabello oscuro con su diminuto vestido naranja que resaltaba entre la monocromía del lugar.

Con la típica inocencia infantil, se llenó de sorpresa al comprender que su bisabuela alguna vez había sido tan chiquita como ella.

También preguntó varias veces cuándo despertaría para ir a jugar. Quería conocerla, saludarla. Era incapaz de comprender que ya era demasiado tarde. Nadie se atrevía a darle una respuesta real. 

 

LOS ITALIANOS

En las grandes reuniones siempre existe un instante en que el tiempo decide acallar a la multitud. Un segundo —quizás menos— de silencio absoluto y antinatural en el que cualquier sonido tronará como explosión de guerra en la quietud del gentío.

El velorio no fue excepción a la regla. Y en ese ínfimo instante de gargantas mudas, llegaron los parientes italianos con sus voces en alto. Se los oía gritar desde la entrada. Sus palabras aturdían en el eco de los pasillos mientras que el idioma confundía a gran parte de los presentes.

La sorpresa no cesó cuando el numeroso grupo europeo ingresó en el recinto. Sus vestimentas invernales contrastaban con el cálido clima del verano porteño. Entre poleras, bufandas, guantes y gorros de lana, los italianos saludaron con cortesía a la gran multitud. No habían pasado siquiera por el hotel todavía.

CIAO! —pronunciaron uno a uno, en un coro discordante que rebotaba contra las paredes.

—Bienvenidos, nos alegra que hayan llegado —respondió la hija de la fallecida que todavía estaba de pie en la entrada. No le importaba si sus parientes lejanos no comprendían el idioma. Era para quedar bien.

Antes de estrechar las manos de los locales, los italianos se quitaron los abrigos polares y los accesorios de invierno. Bajo las capas de cebolla saltaron a la vista casi dos decenas de cabelleras rubias y blancas, de pieles morenas y ojos esmeralda. Los había altos y bajos, delgados y gordos.

No hubo en todo el velorio una persona que no se girara a observarlos.

El grupo se desintegró poco a poco; se internaron en la multitud de hispanohablantes. Los más curiosos revisaban las fotografías de la fallecida mientras que otros saludaban a la familia cercana de la difunta.  La mitad de los tanos  jamás había visto a la mujer anciana, pero sabían que de una u otra forma estaban relacionados por un lazo familiar débil, aunque irrompible.

Zia! Zia! Perché? —lloraba una de las europeas mientras abrazaba el ataúd y se disculpaba por no haber viajado antes a visitarla.  Su cabello descolorido llovía a rizos sobre el vestido de la difunta.

A su lado, un hombre intentaba consolarla. Posiblemente, su marido.

Los niños fueron objeto de curiosidad por parte de otros infantes; intentaron comenzar con algún juego, pero la barrera lingüística dificultaba la comunicación.

Come ti chiami? —preguntaban los italianos.

—No te entiendo nada, ¿dijiste salame? —respondían los argentinos.

Amigos y conocidos varios comenzaron con los murmullos usuales del desconocimiento y los prejuicios. Se oían por lo bajos los “¿y estos quiénes son?” junto con “¡qué desubicados! ¿No entienden que es un velorio?”. No faltaron tampoco los insultos, “tanos sucios. Seguro vinieron todos chivados con tanto abrigo. Ni la mano les voy a dar”. Total, no entendían el idioma.

Dieciocho eran los italianos. Casi cuarenta mil dólares se habían invertido en el viaje de tan solo tres días para ir al velorio de la anciana. Apenas cinco de los europeos habían llegado a conocer a la difunta en vida —ella no había abandonado la Argentina en los últimos veinticinco años—; el resto del grupo iba para acompañar. Porque eran parte de la familia y así les enseñaban en su país. La familia por encima de todo. La familia siempre presente. La famiglia insieme.

No era su cabello ni su acento lo que contrastaba más en comparación con el resto de los presentes, sino su noción de compromiso y unidad familiar.

LOS AMORES

 EL EX MARIDO

Tarde llegó un sombrero a rayas debajo del cual reposaba un hombre. Su rostro no delataba la edad. Vestía con un traje oscuro y corbata celeste. Quien no lo conocía era incapaz de deducir su identidad.

Caminó a paso lento hasta los hijos de la difunta. Esbozó la media sonrisa con la que había conquistado a su ex mujer y agachó su cabeza en señal de respeto.

Pero el abogado no respondió el saludo. Se había distanciado de su madre por culpa de aquel hombre.

Tiene sentido, creo yo, que a un hijo le moleste que su madre se case con alguien más joven que él. Casi tres décadas se llevaba la pareja el día de la boda.

No había fotos del hombre en todo el recinto. Tampoco pasaron el video del matrimonio. Lo borraron de la familia como si nunca hubiese existido. Era el tercer esposo de la fallecida; los anteriores habían pasado a mejor vida a temprana edad.

Nadie lo había visto desde el divorcio. Lo creían muerto o exiliado; quizás, incluso con un nuevo amor. No habían enviado invitaciones a su casa y ni siquiera tenían el teléfono. Era posible que los periódicos le hubiesen brindado la información del velorio. Daba igual. Allí estaba, sonriente y altivo.

Recorrió la multitud entre saludos y presentaciones. Gritó a los cuatro vientos su falso dolor por la partida de la mujer. Y más importante aún, entregó tarjetas profesionales que ofrecían sus servicios de catering a todo invitado que hablase español.

Cuando el paseo mortuorio hubo terminado, se acercó al ataúd con teatralidad y pronunció el último adiós a su ex esposa antes de marcharse.

EL PRIMER AMOR

En silla de ruedas lo llevaron a pesar de que toda la familia se había opuesto al viaje. Voló desde Italia acompañado de un sobrino suyo que era médico —por si acaso—. Ya había cumplido su centena y un par de años más. No hablaba ni caminaba, apenas si comía. Pero entendía. Su mente aún funcionaba con claridad y entre señas vagas, papeles y tinta, dejó en clara su intención de asistir al velorio de su primer amor aunque el gesto le costara la vida.

Allí estaba. No había en la familia quien no lo conociera. El Tonio, lo llamaba la anciana. Durante décadas, la fallecida habló de su primer novio, de su amor imposible, de aquel al que dejó cuando tuvo que emigrar. Lo recordaba en cumpleaños y navidades, en momentos de triste soledad y de ebria algarabía. Pensaba en él a cada instante y guardaba con recelo una vieja fotografía rasgada de ambos, dentro de la biblia que tenía siempre en el cajón de la mesita de luz.

Perdieron contacto cuando ella mudó a Argentina. Nunca intercambiaron sus nuevas direcciones y los medios de comunicación actuales todavía no habían surgido. Sin saberlo, se pensaban el uno al otro cada noche mientras observaban el cielo estrellado y recordaban su primer beso.

La noticia del funeral le llegó por casualidad.

Un amigo de su nieto conocía a la familia de la difunta —sin saberlo— y se enteró del viaje gracias a las redes sociales. Entre copas de vino y conversaciones casuales a la hora de la cena en familia, el apellido de la mujer salió a flote y desencadenó el melancólico viaje de despedida.

No podía hablar, no podía ponerse de pie para besar su frente. Pero lloró.

Desde su asiento derramó más lágrimas que el resto de la multitud. Se ahogó en sus recuerdos y maldijo la añeja separación.

Al menos, la veré pronto, pensó con tristeza. A sus ciento tres años, no esperaba permanecer mucho más tiempo entre los vivos. Quizás, el próximo funeral fuese el suyo. Lo presentía.

EL AMANTE

Un encapuchado asomó a media tarde. Se escabulló entre los trajes oscuros y procuró no llamar la atención. El rostro sombrío ocultaba la edad y los rasgos. La ropa negra lo camuflaba entre el montón. Allí, era un desconocido y así debería permanecer.

Escogió una silla cualquiera en un costado y se sentó a llorar tranquilo mientras recordaba el romance apasionado que había vivido con la fallecida casi cuarenta años atrás.

Para ese entonces ella seguía en medio del segundo matrimonio —al que ya le quedaban pocas lunas—. Dividía sus tardes entre el cuidado de su marido en el hospital y las visitas clandestinas al departamento del hombre. Él era su punto de fuga, su escape.

El amante vivía solo. Divorciado y con dinero demás. En medio de una monótona existencia, sus pasos cruzaron el camino de la difunta y entre sonrisas y soledad, decidieron compartir su melancolía.

La relación duró media década colmada de tangos y promesas nunca cumplidas. Su amor vio partir al segundo marido y la llegada del tercero, un hombre que apareció de la nada y se la arrebató.

La furia los condenó al abandono y al olvido. Él cambió la cerradura sin previo aviso y no la dejó entrar a su hogar nunca más. El dolor de una cicatriz abierta causó el cierre de la puerta que los conectaba. El camino que transitaban juntos se bifurcó. La esperanza de convertirse en el nuevo marido de la difunta se desintegró de un día para el otro, sin previo aviso.

E incluso en el velorio, las lágrimas de tristeza se mezclaban con el rencor de una vieja traición.

OTROS FAMILIARES

Parientes de todas las clases, estilos y tamaños colmaron el salón conforme pasaban las horas. Llegaron los más cercanos, los directos y los adquiridos; los que no habían visto a la difunta en décadas e incluso aquellos que nunca la conocieron en persona.

Llegaron supuestos ahijados que nadie sabía existían y sobrinos terceros por parte del primo segundo de quién sabe qué lado de la familia.

Con algunos de los invitados también asomaban amigos y parejas que aprovechaban para quedar bien antes de ir a cenar o al cine. Se acercaron todos los brazos del árbol familiar desde el tronco hasta las últimas hojas que ya comenzaban a secarse.

La única que se destacaba era la novia del ahijado más joven de la anciana que antes de ir a un casamiento, había decidido pasar a despedirse. La mujer en cuestión llevaba un vestido dorado ajustado que apenas si cubría lo esencial y resaltaba en contraste con los zapatos rojos y el excesivo maquillaje que adornaba su rostro.

Su paso por el velorio fue fugaz. Entró, saludó a la fallecida y se marchó ante la incomodidad de las miradas.

VECINOS

Escondidos al fondo del gentío se reunía un grupo de casi veinte personas que había llegado a cuentagotas pero que no conocían a nadie más en el sitio.

La peluquera que vivía en el piso de arriba le susurraba en el oído al carnicero de la vereda de enfrente un rumor que comentaba sobre el desprecio de los hijos hacia la madre. El hombre asentía sin prestarle atención porque el único motivo por el cual había asistido era para mirarles el escote a las mujeres jóvenes que ostentaban su luto con sensuales vestidos.

El dueño de la casa de quiniela de la esquina le preguntaba a la paraguaya —como le decían a una chica de veinte años con cuatro hijos que vivía en el edificio de la fallecida— si sabía con quién debía quejarse por las deudas que la anciana había dejado en su local.

Cuatro mujeres más maquilladas que payaso y con tapados de piel falsa cuchicheaban con sus voces de gallina sobre temas tan variados e inconexos que ninguna prestaba atención a la respuesta de la otra.

La rubia de sombrero de plumas adulaba la última aparición de un famoso en la novela de la tarde, mientras que la más petiza de todas temblaba de nervios al contarles a las otras sobre todos los crímenes que había visto en el noticiero aquella misma mañana. Entre sonoras carcajadas una tercera mujer de vestido verde loro preguntaba a sus amigas si habían escuchado los últimos chismes de la bailarina de fondo del programa de preguntas y respuestas que daban los fines de semana en Telefé. El cuarteto lo completaba una señora gorda de lentes gruesos que aseguraba haber visto al remisero de la otra cuadra a los besos con la esposa del cartero.

Un joven le decía a su mujer que necesitaría encontrar más clientes porque con la muerte de la anciana había perdido su mayor entrada de dinero en cuanto a arreglo de problemas con electrodomésticos.

El fondo del recinto parecía un circo discordante de personajes fuera de lugar que al igual que en la tarea de un niño de primaria, habían sido recortados por el borde de sus revistas para pegarlos todos juntos en el cuaderno de arte.

INESPERADOS

Poco antes que terminara el evento llegó el primer gran no-invitado a la reunión. En el barrio le decían El Cacho, pero nadie sabía su nombre real.

Con el cabello enredado y la barba sucia, el vagabundo arrastró sus pies —y el aroma a ropa vieja— hasta el ataúd. Se quitó el sombrero emparchado que usaba para pedir limosnas y lo colocó sobre su pecho en señal de respeto.

Hasta luego, doña. Nos vemos en unos años, dijo en su cabeza. Le debía mucho a la fallecida que siempre que iba al supermercado le compraba algo para comer. A veces eran galletitas o la yerba para el mate. Cuando recién cobraba la jubilación le dejaba pan y algunas frutas. Siempre algo distinto para que no estuviera tan mal. Una vuelta hasta le dio una caja de vitamina C para que no se enfermase en invierno. ¡Y hasta una bufanda le tejió a mano! ¡Qué mujer!

Él sabía que no había sido invitado, pero no importaba porque confiaba en que la fallecida hubiese querido decirle adiós de haber podido y él deseaba agradecerle una última vez por toda su ayuda.

No lloró porque sus ojos estaban secos, pero la extrañaría.

No soy tan vagabundo, señora, pensó con remordimiento en todo lo que hubiese querido decirle, tengo una casita de chapa en la villa, pero sin laburo me la paso limosneando. Me llamo Estanislao, por cierto.

La multitud comenzaba a dispersarse cuando entró la figura misteriosa y llamativa; se trataba de una mujer adulta que ocultaba su rostro tras lentes de sol y un pañuelo; que usaba un sombrero para tapar su cabello y vestía con traje oscuro.

No se atrevía a pronunciar palabra alguna por miedo a ser reconocida. Tampoco tenía demasiado tiempo para saludar.

Miró al vagabundo de reojo y maldijo el aroma que podría impregnarse en su ropa. Necesitaba ser breve.

Se acercó al ataúd pero no se arrodilló. Permaneció de pie a los pies de la anciana. La observó con cautela como si quisiese asegurarse que se trataba de la misma mujer que la había ayudado en sus años de escuela.

Gracias, nana, pensó la mujer, si no me hubieras cuidado cuando era chica, no sé si habría llegado tan lejos. Vos fuiste la que me dijo que luchara por mis sueños sin importar qué tan bobos parecieran. Gracias a vos llegué a la televisión. Gracias, nana. Pronunció esto en su mente y dejó una flor sobre el pecho de la anciana antes de marcharse.

Sabía que varios ojos se posaban en ella. Suponía que alguno de los presentes se daría cuenta de quién era al encender el noticiero aquella noche.

 

EL ANGEL Y EL DEMONIO

Un ángel y un demonio se erguían a cada lado del ataúd, a la altura del corazón de la mujer. En sus manos llevaban pequeñas balanzas en las que colocaban recuerdos que iban arrancando del pecho de la fallecida. Llevaban ya varios días siguiendo el cuerpo a la espera de esta oportunidad. Necesitaban terminar con su trabajo lo antes posible.

Nadie podía verlos, salvo yo. Salvo nosotras.

A la derecha de la anciana se dibujaba la silueta invisible del ángel. Envuelto en un manto blanco que cubría por completo sus rasgos, era imposible diferenciarlo de otros enviados del cielo que lucían siempre el uniforme incoloro. La máscara sin rostro era símbolo de imparcialidad mientras que el manto aseguraba su anonimato ante el demonio.

Extendía su brazo izquierdo con delicadeza hasta posar la punta de sus largas uñas sobre el corazón de la mujer. Murmuraba entonces su cántico divino y arrebataba uno a uno los recuerdos grabados dentro de la anciana. Las memorias escapaban en forma de pequeñas canicas doradas que el ángel colocaba sobre su vieja balanza. El proceso a veces tardaba horas, en especial en casos como este donde el alma ha transitado un camino extenso antes de extinguirse su cuerpo mortal.

Una canica.

Dos canicas.

Setenta canicas.

Perdí la cuenta. Los recuerdos eran demasiados y apenas cabían en la balanza celestial.

Cimere no ocultaba su rostro; el demonio portaba su nombre con orgullo y reía ante las costumbres angélicas.

Su figura era diminuta en comparación con la del hijo de los cielos y necesitaba levitar para alcanzar el corazón de la fallecida. Bostezaba de vez en cuando mientras esperaba que el ángel retirase su mano, luego, arrancaba sin cuidado varios recuerdos cúbicos a la vez. Los arrojaba sobre su balanza con desgano; algunos caían al piso y se esparcían entre los pies de los invitados al velorio, otros estallaban en pequeñas partículas que desaparecerían en un par de horas.

El demonio sabía que esta alma no sería suya, pero se veía en la obligación de limpiar el cuerpo de restos de espíritu oscuro. Trabajaba a las apuradas, descuidaba las memorias. Quería marcharse hacia su siguiente víctima.

Cuando el velorio se acercaba a su ocaso, Cimere arrancó el último recuerdo que ya había echado raíces en el cuerpo y sonrió. La historia de su amorío entre el segundo y el tercer marido pesaba más que los cubos anteriores, aunque no sería suficiente para condenar a la anciana.

En silencio, ambos compararon sus balanzas. El resultado estaba claro desde un comienzo. El ángel sería quien escoltara a la mujer hasta el más allá.

Derrotado, Cimere devoró los recuerdos amargos y se esfumó mientras que el ángel guardaba sus canicas en un cofre de madera.

La máscara cubría su rostro, pero yo sé que sonreía ante otro triunfo.

El ángel se giró en mi dirección y bajó su cabeza en señal de respeto. Mi trabajo como escolta había terminado

LA  MUERTE

Tomé la mano de mi protegida con fuerza para felicitarla por su nuevo destino. Bajo mi paraguas de telarañas, en la mejor etapa de su vida, ella me sonrió.

Su alma muda irradiaba algarabía y me decía en silencio que le gustaría bailar tango una vez más antes de partir. Llevaba un vestido corto y zapatos en punta que reflejaban el momento más feliz de su vida. A mis ojos ya no era una anciana, sino una muchacha en el apogeo de su juventud.

Solté su mano para que ella fuese hacia el ángel y comencé a desvanecerme en las sombras del lugar.

El alma jovial bailaba entre la gente mientras se encaminaba al ataúd. Con sus pasos silenciosos les agradecía a todos por haber ido a despedirla y besaba en la frente a quienes esperaba reencontrar en el cielo alguna vez.

A El Tonio le besó los labios con dulzura y se lo llevó con ella para bailar nuevos tangos entre las nubes. El ángel ni siquiera se molestó en contar sus recuerdos.

 
FIN

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