DEAMONEA

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INTRODUCCIÓN

Enero del 2017

—No puedo creer que me hayás convencido de traerte hasta Puerto Madero a las tres de la mañana, y encima, un lunes —me quejo al detener el vehículo frente a la barrera del tren— ¡Y por un hombre! ¿Te olvidás que mañana entro a trabajar a las ocho? —añado casi en un grito.

—Juro que es el último favor que te pido —responde Cecilia por quinta vez en lo que va del viaje.

No me atrevo a contestarle. Sé que tiene razón. Después de llegar a la recién construida Torre Alvear —o “Alvear Tower”, como le dice la prensa y los conchetos de Buenos Aires— no volveré a verla. El viaje es mi regalo de despedida.

La luna llena se esconde detrás de espesas nubes y nos niega la escasa iluminación nocturna de la zona. Como en todo verano, la mitad de la ciudad está sin luz y las calles se dibujan como bocas de lobo con sus fauces abiertas ante las luces de los vehículos.

Pocos son los transeúntes que se atreven a recorrer Buenos Aires por la noche, en un día de semana, y encima sin luz. La ciudad es insegura a toda hora del día, pero la particularidad de estas circunstancias empeora mi temor. Siento el vello de mi nuca erizarse ante cada movimiento y al doblar en las esquinas. Admito que tengo miedo porque sé que al abandonar a Cecilia, me veré obligada a regresar sola hasta mi departamento en el barrio de Flores.

Suspiro. Me las arreglaré de alguna forma. En el mejor de los casos, me van a robar el auto; y en el peor, entrarán a mi hogar y se llevarán todo. En Buenos Aires, la seguridad es cuestión de suerte y ninguna medida de prevención es por completo certera.

—¡Dejá de pasar todos los semáforos en rojo! —Pide mi mejor amiga.

Siempre le incomoda que yo maneje porque tengo la mala costumbre de zigzaguear entre el tránsito y saltarme las luces rojas porque a nadie le hacen multas salvo que la infracción sea demasiado grave.

—Si no nos apuramos, se van a ir sin vos —insisto—. Calmate un toque que no voy a chocar ni nada. Además, ya casi llegamos —aseguro, aunque en realidad sé que estoy rompiendo decenas de leyes.

Sostengo el volante con ambas manos. Ejerzo más presión que la necesaria. Puedo sentir la transpiración que resbala entre mis dedos y se desliza por ambas muñecas.

Alzo la vista al cielo una vez más y sonrío cuando mis ojos chocan con nuestro destino. Llegaremos pronto.

La barrera sigue baja.

Son las tres de la madrugada. No debería haber trenes recorriendo la zona. Me muerdo el labio con rabia porque es posible que el sistema no esté funcionando bien y podríamos haber cruzado hace rato.

Saco la cabeza por la ventanilla, pero no puedo ver si el tren se acerca.

“A la mierda con todo”, me digo a mí misma.

Sin la certeza de un cruce seguro, piso el acelerador con fuerza  y doblo sin bajar la velocidad; agarro una avenida en contramano y avanzo a los bocinazos para evitar atropellar a posibles peatones distraídos.

Es la única forma de llegar a tiempo.

No necesitamos direcciones porque nuestro destino es la torre más alta de la ciudad y, por lo tanto, es fácil de encontrar desde la distancia. Además, el círculo de luz antinatural que rodea los pisos superiores es visible desde cualquier punto de Buenos Aires para quienes tengan conocimiento de su existencia.

Los frenos del auto gritan a modo de queja cuando me detengo con brusquedad frente al edificio. Bajo del vehículo con Cecilia sin siquiera apagar el motor y admiro la imponente construcción que se levanta frente a nosotras hasta perderse entre las nubes.

—Wow —susurro.

—¡Ro, pasame el matafuego! —grita mi mejor amiga que está desesperada por alcanzar la cima de la Torre Alvear.

—¿Para qué?  —respondo, todavía anonadada. Sé que tengo que poner los pies sobre la tierra.

—¡Dámelo rápido!  —insiste ella.

Confundida, meto mi mano por la ventanilla abierta y destrabo el baúl; luego, corro en busca del elemento que Cecilia había solicitado.

—Acá lo tenés —le digo con la respiración agitada cuando llego hasta ella.

Cecilia no me contesta.

 Arrebata el matafuego de mis manos y corre hacia la puerta de vidrio con la intención de romperla. Golpea el cristal en reiteradas ocasiones, sin obtener  resultados. Apenas si logra marcar unas cuantas rajaduras.

—¡Mierda! —grita Cecilia. Gruesas lágrimas desbordan de sus ojos—. ¡Darío se va a ir sin mí!

Si tuviera que decir que poseo una debilidad, es que no tolero ver que mi mejor amiga llore.

Me muerdo el labio inferior una vez más y tomo carrera desde el borde de la vereda para embestir contra el cristal con la fuerza de mi hombro. Supongo que no funcionará porque mi físico es frágil, pero tengo que intentarlo.

Tomo una gran bocanada de aire y cierro los ojos mientras me abalanzo contra la puerta.

Entro.

Mis ojos se abren una vez más cuando el vidrio cede en silencio y sin problemas ante el contacto. La puerta nunca estuvo cerrada, tan solo era pesada.

Intento detenerme ante la sorpresa, pero tropiezo con el borde de la alfombra y caigo de cara al piso.

Estallo entonces en nerviosas carcajadas que reflejan mi alivio.

Desde mi incómoda ubicación, veo pasar las piernas de Cecilia que corren a gran velocidad hasta las escaleras. Cincuenta y cuatro pisos nos separan de nuestro objetivo y el ascensor marca su ubicación en la cuarta decena.

—¡Corré! —grita ella mientras se aleja.

Me pongo de pie tan rápido como puedo y sigo a mi mejor amiga. Tengo el cuerpo adolorido por la caída, pero no pienso quedarme acá a la espera de que algún vecino llame a la policía. Ya me preocuparé luego por los moretones.

 

CAPÍTULO 1

La lógica dice que los hombres no caen del cielo y que el dinero no crece en los árboles, pero en Navidad aprendí que todos los conceptos tienen su excepción. Bueno, quizás lo del dinero aún sea imposible, pero no descarto la posibilidad.

En los últimos años he vivido situaciones extravagantes, aunque mundanas, que si otra persona me las hubiese contado, habría pensado que me mentían.

A decir verdad, creo que Cecilia es la causa de todas las excentricidades y problemas a los que me he enfrentado en los últimos años. A pesar de ser mi mejor amiga, nuestros estilos de vida siempre han sido opuestos. Ella suele arrastrarme en sus alocadas ideas que nunca terminan bien. Un año se le ocurrió ir de mochilera hasta Colombia casi sin dinero —a los dos meses tuve que pedirle un préstamo a mi ex porque no teníamos cómo volver—; otra vuelta, me convenció de ayudarla a colarse en una fiesta V.I.P. para conocer al protagonista de no sé qué novela —terminamos pasando la noche en la comisaría con dos borrachos que nos querían manosear—. Y ahora, se mandó la peor macana de todas: se enamoró de un chico que no pertenece a nuestro mundo y planea escaparse con él. No quiero ni imaginarme cómo va a terminar el asunto.

Y si bien la anécdota comienza  en vísperas de año nuevo, me gustaría regresar en el tiempo para explicarles las bases de cómo toda mi vida se salió de control.

A Cecilia la conocí en el año 2001, en plena crisis económica del país. Ambas habíamos perdido nuestro trabajo y nos pasábamos  las tardes entre la búsqueda laboral y el foro del club de fans de Turf.  Vivíamos en puntas opuestas del interior del país, en pequeños pueblos olvidados, y soñábamos con mudarnos a Buenos Aires para respirar un poco del contaminado aire de la ciudad. Confiábamos en que allí la situación estaría mejor.

Fue recién en el 2003 que decidimos conocernos en persona. Ya habíamos encontrado trabajos mediocres que nos permitían vivir con nuestros padres sin la vergüenza de depender de su dinero.  Escogimos Rosario como punto de encuentro porque nos quedaba en el medio, entre Mendoza y Santiago del Estero.

Como lo suponíamos, nuestra amistad se mantuvo inalterable y pudimos disfrutar de una excelente semana de vacaciones.

Los engranajes de la odisea comenzaron a moverse a finales del 2004. Cecilia consiguió un trabajo en Buenos Aires gracias a su madrina que era empleada en una empresa telefónica y logró pasarle un currículo a su jefe. Ella se mudó sin siquiera avisarme y pronto logró que me ofrecieran un puesto a mí también.

Así funciona el país, por acomodo.

La relación con mis padres y hermanos nunca ha sido equilibrada, así que aproveché la oportunidad que acababa de aparecer frente a mí. Abandoné mi hogar con dos valijas y el dinero suficiente como para tomar un taxi desde la terminal de Retiro hasta el sitio en el que se hospedaba Cecilia. Nunca he sido buena con los ahorros.

Apenas dos semanas después de mi llegada a la metrópolis, alquilamos un departamento en Caballito con ayuda de la madrina de Cecilia. Allí vivimos por poco más de un año. La convivencia era difícil porque Cecilia siempre traía a sus “nuevas parejas” y dejaba un torbellino de suciedad y desorden por donde fuese que pasara. Y yo soy una maniática del orden y la privacidad. No me agradaba recibir visitas de extraños.

El lazo que nos unía era fuerte y disfrutábamos de la compañía mutua, pero ambas decidimos que lo mejor sería vivir por separado.  Yo me mudé a Flores (que era más barato) y Cecilia se quedó en Caballito. Apenas un par de kilómetros nos separaban.

Nos juntábamos casi todas las tardes después del trabajo para merendar o cenar juntas. También nos hicimos socias del mismo gimnasio y hasta nos anotamos para tomar clases de italiano —que abandonamos después del primer cuatrimestre—.

Quizás no tuviéramos una vida llena del glamour de la ciudad, pero la pasábamos bien.

Durante casi diez años, nos aventuramos en las más alocadas situaciones que se puedan imaginar. Acampamos con una banda de drogadictos a orillas de no sé qué río en La Pampa y nos alojamos con desconocidos en Iguazú; bailamos desnudas alrededor de una fogata en Misiones y hasta nos convencieron de comer cucarachas en un pueblo en mitad de la nada. Una vuelta Cecilia casi se casó, ebria, con el líder de una comunidad mapuche en la Patagonia. A decir verdad, no sabría por dónde empezar a contarles sobre los quilombos en los que me he metido por haberla seguido en sus aventuras.

Pero  con más de treinta años, para el 2016 ya no teníamos la misma energía que cuando recién nos habíamos conocido.

Cuando llegó el veinticuatro de diciembre, decidimos pasar Noche Buena con inusual tranquilidad, entre películas y pochoclo en mi departamento que quedaba cerca de la plaza de Flores. Sé que el dato puede sonar irrelevante en un comienzo, pero la ubicación de mi hogar es el motivo por el que nos hemos metido en el quilombo que nos encontramos ahora mismo.

CAPÍTULO 2

A medianoche llenamos nuestras copas, listas para brindar, y nos dirigimos a la plaza para ver los fuegos artificiales. Navidad y Año nuevo son los únicos días al año en los que es relativamente seguro caminar por Flores de noche, porque tanto la plaza como la avenida se llenan de vecinos que disfrutan del festejo antes que los boliches y los bares se colmen de borrachos.

—¡Por otra Navidad en Buenos Aires! —dije cuando el reloj de mi celular marcó las doce.

—¡Yo brindo por conseguir novio antes de la próxima Noche Buena! —respondió Cecilia entre carcajadas—.  Y uno para vos también —agregó.

Le contesté con una sonrisa y bebí el contenido de mi copa de plástico.

El plan era regresar a mi departamento, pero ella tenía algo distinto en mente.  Cecilia era incapaz de resistirse a lo inesperado y disfrutaba cuando podía tomar decisiones espontáneas.

—Tengo muchas ganas de tomar un daiquiri —dijo ella por lo bajo.

Los fuegos artificiales comenzaban a escasear. Cada tanto se oía una explosión en la lejanía que nos hacía girar la cabeza de un lado al otro en busca de su procedencia, pero el cielo se encontraba despejado. Apenas si se divisaban algunos globos de papel que habían alcanzado suficiente altitud como para confundirse con estrellas.

—Tengo cerveza en casa —sugerí.

—No, quiero un daiquiri —insistió Cecilia—. Vayamos a algún bar.

Suspiré. No valía la pena discutir con ella. Cualquier intento de persuadirla sería en vano.

—Está bien, pero yo voy a elegir el bar y vos vas a pedir un solo trago.

—Dale —mintió ella.

Siempre mentía para convencerme. Yo lo sabía. No era ni la primera ni la última vez que Cecilia me arrastraba en una de sus aventuras.

Y como lo supuse, un trago se convirtió media docena y un “voy a bailar el próximo tema” pasó a ser casi toda la tanda de cuarteto.

Para cuando emprendimos el regreso, eran casi las cuatro de la mañana. El sol aún no asomaba, pero el cielo comenzaba a tomar colores violáceos. Cecilia apenas podía caminar sin tropezarse y reía a carcajadas cada vez que algún pendejo nos gritaba un piropo desubicado.

Al llegar a la plaza de Flores, estudié las posibilidades. Sería práctico cruzar por el medio, pero también conocía los peligros de la zona. La otra opción era rodear la manzana, aunque ya no tenía más ganas de preocuparme por la estabilidad de mi mejor amiga.

—Vamos —le dije apenas el semáforo cambió.

—¿Podemos sentarnos un minuto? —pidió Cecilia.

—En casa —contesté de mala gana. No pensaba arriesgarme a quedarme mucho tiempo en la plaza.

Cuando comenzamos a atravesar el sendero central, noté que la zona estaba desierta. Sonreí con alivio, sin prestarle atención a lo extraño de la situación. No se oían vehículos ni zorzales, no se veía movimiento a nuestro alrededor. Nada.

La quietud la rompió una explosión cercana.

—Un boludo se acordó que era Navidad un poco tarde —dijo Cecilia entre carcajadas—. Capaz estaba tan borracho que no veía bien la hora —continuó riendo.

—No creo —negué—. Además, me dejó el oído zumbando como si hubiese sido acá nomás.

Metí un dedo en mi oreja derecha para destaparla. Fue en ese instante que noté el cambio. Ahora se escuchaban vehículos que transitaban las calles aledañas y risas de borrachos que provenían de la esquina. La luna parecía brillar con más fuerza en contraste con el cielo de la madrugada e incluso las aves parecían haberse despertado y para cantar a coro su aguda melodía.

¿Qué carajo?  Pensé. Sabía que no estaba ebria porque apenas si había tomado media botella de cerveza, pero la sensación de desconcierto me atemorizaba.

—¡Uh! ¡Mirá qué bombonazo! —gritó Cecilia de repente. Su mano señalaba a mi derecha.

Volteé.

Mi mirada se cruzó con la de un grupo de cinco hombres que estaban sentados en el pasto. Vestían con trajes oscuros como si acabasen de salir de la oficina.

No estaban ahí hace un minuto, dudé.

—¡Hola! —les gritó Cecilia.

Mierda.

—¿Qué hacés, pelotuda? —le susurré. Temía que los hombres estuviesen ebrios o fuesen peligrosos.

—Saludo al bombonazo de ahí, al de pelo claro —respondió ella a los gritos, todavía señalando a uno de los extraños.

No sabía si reír o llorar. Quería salir corriendo por una mezcla entre miedo y vergüenza.

—Buenas noches.

Una voz masculina contestó al saludo de mi amiga. Su tono era grave y sobrio.

Desde ese punto de nuestras vidas, ya no hubo vuelta atrás.

CAPÍTULO 3

Los cinco extraños resultaron ser personas decentes.

Mi primera impresión fue que se trataba de un grupo de ebrios que había ido a festejar luego de la jornada laboral —y con eso explicaba su atuendo—, pero pronto descubrí que estaba equivocada.

Me fue imposible evitar que Cecilia se acercara a ellos con la curiosidad típica de su fascinación por los hombres de cabello largo y dorado. Eran su punto débil. Más de una vez me había pedido que le averiguara el nombre de algún chico o que lo siguiera en el auto para ver dónde vivía. También me ha encargado que me acerque a sus conquistas y les dé su número de teléfono con la excusa de una supuesta timidez que le impedía hacerlo por su cuenta. Ya no éramos adolescentes, pero  yo me había curado de espanto.

Suspiré y caminé detrás de mi mejor amiga para protegerla de cualquier intento degenerado por parte de los extraños. Coloqué mi mano derecha dentro de la cartera y sostuve con fuerza el gas pimienta, por si acaso.

—Hola, ¡Feliz Navidad! —les dijo Cecilia.

—Buenas noches, señorita. Felicidades para usted también —respondió uno de los hombres.

En la oscuridad, me costaba ver quién era el que pronunciaba cada palabra.

—Me gusta tu corbata —añadió mi amiga, hablándole ahora al rubio.

—Muchas gracias. —Hizo una leve reverencia con su cabeza—. Es un placer conocerla. Mi nombre es Dorr… Darío —se corrigió de inmediato—. Mis amigos y yo estamos perdidos y apreciaríamos que nos ayudaran a llegar a nuestro hotel.

Tiene acento español, pero habla como argentino, pensé.

—Y yo soy Cecy —se introdujo ella—. Mi amiga y yo íbamos a ir a tomar cerveza a su departamento, ¿quieren venir? No creo que consigan un taxi a esta hora, aunque sepan a dónde van. O sea, es día de fiesta.

No, no , no. No más extraños en mi casa.

—Creo que no es buena idea. —Me apresuré a decir.

—Tenemos cerveza de sobra.

—No hablo de eso. —No quería ser ruda frente a los extraños, pero Cecilia parecía no entender indirectas.

—Comprendo su temor —dijo uno de los hombres.

Escrudiñé la oscuridad en busca de mi interlocutor. Al encontrarlo, analicé su apariencia con una mirada fugaz.

Se trataba de un personaje con el cabello oscuro lleno de pequeños rizos que le rozaban los hombros. Su rostro era afilado, con estructuras angulares reforzadas por las sombras de la noche. Era el más petizo del grupo aunque superaba mi estatura por casi diez centímetros. Sus ojos eran color caramelo y brillaban con destellos dorados bajo la luna como si fuese un gato.

—Mis… amigos y yo no pretendemos causarles ningún inconveniente, aunque es verdad que estamos perdidos. Somos… turistas. —Escogía sus palabras con cuidado—. Fuimos invitados a una fiesta, pero perdimos el rumbo y ahora no sabemos cómo regresar a nuestro… hotel. Si no fuese mucha molestia, ¿podrían indicarnos el camino a seguir para volver a Palermo?

—No sabría decirles qué colectivos los llevan porque siempre manejo. Y no creo que encuentren taxis a esta hora —respondí. Algo en la meticulosidad de sus palabras me molestaba, aunque no sabía qué.

—Por eso mismo deberían venir al departamento a tomar unas cervezas con nosotras hasta la madrugada —insistió Cecilia.

—No se preocupen. Si nos muestran el camino, iremos a pie —añadió otro de los hombres.

Buenos Aires era una ciudad peligrosa por las noches. Más allá de la gran distancia, no era una buena idea que un grupo de turistas caminase por las calles laterales en medio de la madrugada. Tampoco podría hacerlos entrar en mi pequeño auto. Suspiré.

—Supongo que tenés razón, Cecy. Lo mejor será que vengan a casa hasta la mañana —sucumbí una vez más a las locuras de Cecilia. Grave error.

—Muchísimas gracias —comenzó a decir el hombre de pelo enrulado, pero se detuvo al notar que no sabía mi nombre.

—Rocío —dije.

—Muchísimas gracias, Rocío —repitió él mientras esbozaba una media sonrisa que me resultó forzada.

—Síganme —les pedí. No pretendía asustarlos ni ser arrogante, pero tampoco quería que creyeran que podían tratarnos con demasiada confianza.

CAPÍTULO 4

Pasada una extraña noche en la que todos terminamos ebrios, acompañamos a los extraños hasta la estación del subte. Cecilia le entregó su tarjeta SUBE al hombre rubio y le hizo prometerle que se la devolvería en un futuro encuentro. A decir verdad, no me molestaba la idea de forjar amistad con los extraños. Sus personalidades eran tan peculiares que llamaron incluso mi atención.

Después de dormir hasta media tarde, desperté ante el insoportable tono de llamada de Cecilia.

—¡Atendé! —le pedí. Tapé mi cabeza con la almohada y esperé.

El celular seguía sonando.

—¡Dale boluda! Quiero dormir —insistí.

—Ya voy —susurró mi mejor amiga entre bostezos. Se sentó sobre el colchón en el que dormía y gateó por el piso de mi pieza hasta alcanzar la mesita de luz—. ¡Es Darío! —exclamó. Se notaba la emoción en su voz.

—Atendé antes que vaya al contestador.

—¡Hola! —dijo ella con el teléfono pegado a la oreja y una sonrisa de feliz cumpleaños dibujada en su rostro. Silencio—. Sí, claro. Cuando quieran—. Otro silencio—. ¿Ahora? Bueno, dale, nos vemos.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—Los chicos dicen que quisieran que los llevemos a recorrer la zona de San Telmo en un rato. Ya están por salir para allá.

—¡Pero es Navidad! Todo está cerrado —me quejé.

—¿Y? No me vas a decir que no querés volver a verlos. Se nota que vos también le tenés ganas a uno de ellos. —Me guiñó un ojo.

—No digás boludeces. No soy como vos —espeté—. Pero te voy acompañar porque todavía no confío en ellos como para dejarte ir sola.

Nos vestimos a las apuradas. Le presté a Cecilia un vestido de verano y yo me puse shorts y una musculosa cualquiera. Ni siquiera nos molestamos en maquillarnos. No teníamos tiempo.

Subimos a mi auto y nos dirigimos al punto de encuentro frente al Obelisco.

Cuando llegamos, los hombres ya se encontraban ahí. Al igual que el día anterior, vestían con ropa formal y resaltaban entre el montón. Varias chicas que pasaban por la esquina les sacaban fotos con escaso disimulo y algunas señoras se preguntaban entre susurros si se trataba de actores o deportistas famosos.

Hello! —gritó Cecilia cuando nos acercábamos. Corrió hacia ellos mientras sacudía su mano en el aire. Con el cabello atado y el vestido, parecía diez años más joven que yo.

—Buenos días —saludó Ignacio con amabilidad—. Temíamos que nos dejarían plantados.

—¡Nunca! —aseguró Cecilia con efusividad.

—Llegaron tarde —añadió Miguel, el hombre de cabello largo y rizado. Tenía la vista clavada en su reloj.

—Algunas personas necesitamos dormir —contesté de mala gana.

Su respuesta fue una media sonrisa.

—¿A dónde quieren ir? —interrumpió Cecilia, con sus ojos posados en los de Darío.

—Nos gustaría ver algunas de las catedrales históricas y sus ubicaciones.

La respuesta de Darío nos sorprendió. ¿Serían hombres muy religiosos?

—Empecemos, entonces —respondió mi mejor amiga mientras comenzaba a buscar información en su celular—. Síganme.

El resto de la tarde transcurrió con excesiva lentitud. Caminamos por el centro porteño hasta que el ardor en los pies nos obligó a detenernos. La mayoría de las iglesias tenían sus puertas abiertas por ser Navidad, así que ingresamos por algunos minutos a cada una. Los turistas caminaban en silencio y analizaban detalles que no compartían con nosotras. Su comportamiento era un tanto peculiar, pero lo atribuí a alguna deformación profesional. Tal vez fuesen arquitectos o teólogos. No me importaba.

A eso de las ocho de la noche, Darío nos invitó a cenar. Antes que pudiera oponerme, Cecilia ya había aceptado.

Suspiré.

No estoy segura de qué fue lo que ocurrió a continuación. Los recuerdos de la noche todavía no han regresado por completo.

Entramos a un restaurante en la Avenida Corrientes y luego desperté en mi hogar, pero Cecilia no se encontraba conmigo. En mi cabeza repiqueteaba una conversación irreal que no había sucedido, como si una voz susurrase en mi inconsciente un conjunto de información que mi cerebro se negaba a aceptar.

Palabras como portales, magia y Deamonea, giraban en un mar de ideas inconexas. ¿Me habían drogado?

Necesitaba hablar con Cecilia.

CAPÍTULO 5

—¿Qué carajo pasó ayer? —pregunté a los gritos cuando mi mejor amiga atendió su celular.

—¿Hola? ¿Ro? Ayer acompañamos a los chicos a caminar por la ciudad. Visitamos la Catedral Metropolitana, el Convento de Santo Domingo…

—No, boluda, después de eso —interrumpí.

—Ah. Fuimos a comer pizza a Kentucky. Los chicos nos contaron sobre la ciudad de la que ellos vienen, qué hacen en nuestro país y todo eso. Nos mostraron algunas cosas fenomenales que pueden hacer y nos obligaron a hacer un pacto de silencio —dijo Cecilia con naturalidad.

—Esperá, ¿qué?

—¿No te acordás? Antes de contarnos todo, nos dibujaron un símbolo que parece chino en el dedo meñique para que no pudiéramos decirle a nadie lo que ellos iban a revelar. Dijeron que confiaban en nosotras pero no en otras personas porque la gente de su ciudad ha tenido malas experiencias con porteños en el pasado.

—No sé de qué carajo estás hablando —admití. Me miré el dedo meñique y encontré el susodicho símbolo grabado en mi piel en tonalidades rojizas.

—Sí y cuando salimos de comer, Darío se quiso hacer el canchero con un truco raro y te asustó. Y vos gritaste que… —hizo una pausa—. Empezaste a pedir ayuda y casi decís en voz alta uno de sus secretos. Te desmayaste.  Según Renzo, es porque quisiste romper la promesa, aunque no lo hiciste a propósito sino porque el boludo de Darío te asustó.

—¿Quién es Renzo? —pregunté—. ¿El pelirrojo?

—No, ese es Ignacio. Renzo es el morocho con la cabeza casi rapada que mide como dos metros —me corrigió Cecilia.

—La verdad, no me acuerdo de nada —admití.

—La cosa es que Miguel te levantó y te llevó en sus brazos tipo príncipe azul hasta tu auto, te recostó en el asiento de atrás y dijo que te iba a llevar hasta tu casa porque era el único que tenía licencia para manejar. Le pregunté si quería llamar a una ambulancia, pero me aseguró que ibas a estar bien y que fue solo el shock de la promesa rota. ¿No está ahí ahora? —preguntó Cecilia—. Me prometió que se iba a quedar con vos hasta que te sintieras mejor.

—La verdad es que todavía no salí de la pieza, así que no sé. Igual, tampoco me acuerdo de todo lo que decís.

—¿Posta, boluda? ¿No te acordás que nos contaron sobre Deamonea y la energía sáptika de las iglesias y cómo había no sé qué desequilibro?

—No. Sí. Bah, no sé —admití—. Creo que lo mejor será que me pegue una ducha, me tome una aspirina y capaz un par de cervezas.

—Hagamos algo. Voy a llamar a Darío para que se disculpe con vos. Les digo a los chicos que vamos a cenar a tu departamento esta noche, ¿dale? Nos vemos. Pedí pizza. A mí me gusta la que va con ananá encima. CHAAAU. —Colgó.

Me quedé mirando la pantalla del celular por varios segundos. Tenía el dedo sobre el botón verde para llamarla de nuevo, pero sabía que sería inútil intentar persuadirla de cancelar sus planes.

Reaccioné cuando oí golpes en la puerta de la pieza.

—¿Quién es? —pregunté.

—Miguel. ¿Se siente mejor? ¿Puedo pasar? —pronunció con cortesía.

—No y no —contesté de mala gana.

Me banqué bailar desnuda en una fogata y salvé a Cecilia de casarse con un mapuche ebrio en la Patagonia, pero no iba a tolerar que un extraño me llevara a mi casa y se quedara a dormir sin mi permiso. O todavía peor, que en vez de llevarme a un hospital hubiese usado las llaves de mi auto. ¿Y si era un violador? ¿O un loco?

El hombre no contestó.

Me quedé sentada sobre la cama, cruzada de brazos y envuelta en las sábanas. Necesitaba relajar mi mente para recordar lo que había ocurrido.

¿En qué quilombo nos habíamos metido ahora?

A pesar de todo, mi paciencia siempre ha sido poca. Luego de diez minutos de silencio, me acerqué a la puerta y abrí una pequeña rendija para ver qué hacía Miguel. Quizás ya habría robado todas mis pertenencias y el departamento estuviese pelado.

Espié.

El hombre llevaba su cabello enrulado suelto y tenía puestos mis lentes de marco rojo que le quedaban ridículos. Leía con atención el diario. Parecía no notar mi presencia.

Abrí la puerta.

—Pensé que Cecy ya te habría dicho que pidieras pizzas incluso antes de comentármelo a mí —dije.

—Lo hizo, pero supuse que usted estaría dormida. No quise despertarla con mi voz —sonrió como si acabase de ganar en una partida de ajedrez.

—Hacé lo que quieras, me voy a duchar. —Me encogí de hombros y le di la espalda mientras caminaba hacia el baño.

Me perturbaba que siguiera tratándome con tanta formalidad.

CAPÍTULO 6

—¿Qué mierda me hiciste para que no me acuerde de nada? —le pregunté a Miguel cuando salí de la ducha. En vez de calmarme, el haber pensado en lo ocurrido me terminó por estresar hasta que mis nervios explotaron.

Él no contestó. Alzó la mirada por un instante y luego volvió a centrar su atención en el diario. Una sonrisa socarrona se esbozaba en su rostro como si disfrutara de tener la ventaja en la situación.

—Respondeme, mierda—insistí.

Silencio.

—¿Qué carajo me hiciste? —grité.

—Nada —respondió él en un susurro. Se quitó los lentes, cerró el diario y clavó sus ojos en los míos—. Temo que usted no ha formulado la pregunta correcta.

—Dejate de joder, ¿qué querés que te pregunte?

Miguel se puso de pie. Sacudió su pantalón como si temiese que estuviera sucio y caminó hacia mi habitación. Pasó a mi lado sin girarse, sin siquiera prestarme atención.

—¿Qué te creés que estás haciendo?

—Ahora, esa sí es una buena pregunta que le responderé. Iba en busca de su teléfono porque no conozco ninguna pizzería en el barrio. —Tomó mi celular entre sus dedos y buscó entre mis contactos como si supiera que yo tenía el número de Pizzas Tomás agendado.

Tal vez, todos en Buenos Aires tenemos la costumbre de guardar teléfonos de comida a domicilio, taxis, remises y otros servicios útiles.

Llamó.

—Hola, buenos días. Mi nombre es Miguel y quisiera hacer un pedido para esta noche, si no fuese mucha molestia. —Hablaba con excesiva formalidad.

Pidió siete pizzas. Una para cada uno, todas de sabores distintos. Luego, les pasó mi dirección que ya la había aprendido de memoria y se despidió con un ridículo “sus servicios son sumamente valiosos, se los agradezco”.

Extendí mi mano para recuperar el celular.

—Muchas gracias, Rocío —dijo él—. No se preocupe que yo pagaré.

Más le vale.

—A ver, intentémoslo de nuevo. ¿Por qué no me acuerdo de lo que pasó anoche? —pregunté.

—Mucho mejor. No recuerda usted lo ocurrido porque ha amenazado con romper la promesa que hemos sellado —explicó con naturalidad—. Pero no desespere, que el efecto dura solo veinticuatro horas. Cuándo el Iftal se torne negro, los recuerdos del secreto regresarán por sí solos.

—¿El qué?

Iftal—repitió—. Así llamamos en Deamonea a los sellos mágicos.

—¿Deamonea?

—Lo siento, pero me molesta tener que explicar lo mismo dos veces cuando no es necesario. Todas sus dudas se responderán alrededor de las diez de la noche, cuando su iftal vuelva a la normalidad —exclamó Miguel.

Lo odio, pensé. Por un instante creí que era el hombre más pedante que había conocido hasta el momento, aunque en el fondo sabía que eso era parte de mi mecanismo de defensa ante un cariño incoherente que se teñía en tonos de admiración infundada.

 

CAPÍTULO 7

¡Deamonea! exclamé en medio de la cena, con una porción de pizza todavía en mi boca.

Los recuerdos habían regresado en un parpadeo, como si alguien hubiese abierto un baúl dentro de mi mente. Tragué.

Tenía miedo. La explicación de los extraños resonó en mi cabeza una y otra vez junto con escenas pintadas con excesiva saturación. En un vaivén nublado, recordé los ojos de Miguel tornándose violetas y el brillo que emanó de sus manos mientras pronunciaba en un idioma extraño las palabras que grabarían nuestro juramento en el dedo meñique.

¿Estás bien? —preguntó Cecilia.

—Sí, pero me duele la cabeza. Es como que los recuerdos volvieron, pero no los puedo poner en orden. Siento que tengo un rompecabezas en el cerebro.

—Eso es normal —aseguró Darío con una sonrisa en su rostro—. Todo se acomodará de a poco.

Asentí y no volví a pronunciar palabra alguna durante la cena. El miedo se apoderaba de mi alma poco a poco y se expandía desde mi corazón hasta la punta de mis dedos.

Los presentes comprendieron mis silencios y ausencias. Se limitaron a terminar de comer y esperar que mis ideas se organizaran. Permití que voces lejanas me atraparan en una nueva explicación del secreto que había jurado guardar.

Susurros agridulces me hablaban sobre un mundo sin noches ni lunas; de suelos de arena turquesa,  de horizontes inalcanzables y de ciudades dentro de burbujas de cristal. Dibujé en mi cabeza imágenes de un reino poderoso que parecía sacado de un cuento de hadas, con castillos de arena monumentales y casas de arcilla anaranjada. Era un paisaje surrealista habitado por siluetas de colores que transitaban las calles angostas a pie o sentados sobre grandes iguanas amarillas. Las personas hablaban un idioma extraño que parecía no tener demasiadas vocales. Y lo más importante, todo funcionaba gracias a la magia que atravesaba la burbuja en forma de cilindros lumínicos hasta colarse en una esfera tornasolada que tenía como función dejar que la magia se mezclara con el aire de la ciudad. Esa energía provenía de tierras lejanas y sustentaba la vida de Deamonea.

Esa era la descripción que nos habían dado de su mundo.

En cuanto a la misión, uno de los ingresos mágicos había dejado de alcanzar la ciudad, lo que redujo la calidad de vida de sus habitantes. Los cinco hombres que habíamos conocidos eran los enviados para restituir el centro de energía sáptika que había dejado de fluir. La ubicación exacta era desconocida, pero el origen se encontraba en algún sector de nuestra ciudad y había sido bloqueado por tercera vez en el milenio.

CAPÍTULO 8

A la cena en mi departamento le siguió un mes de aventuras al mejor estilo de Cecilia. Días de faltar al trabajo para recorrer viejas iglesias, noches en vela en busca de la posible ubicación del centro de energía, consultas con supuestos psíquicos, turnos con mujeres que leían el tarot y un sinfín de misticismos a los que me abrí poco a poco debido a las constantes pruebas mágicas presentadas por los enviados de Deamonea.

Con nuestras aventuras creció el lazo. La búsqueda era intercalada con salidas al teatro, al cine, paseos por zonas turísticas e incluso fiestas y boliches. Durante noches de ebriedad compartíamos viejas anécdotas de nuestra niñez. Mis historias parecían estúpidas en comparación con las de los recién llegados. Darío se la pasaba narrando sobre sus huidas del entrenamiento mágico para explorar viejas cuevas y recuperar cristales catalizadores. Miguel se negaba a explicar demasiado, pero nos contó sobre travesuras y bromas pesadas que realizaba con sus poderes en los rincones más oscuros de la ciudad. No podía imaginarlo justamente a él, una persona tan seria, comportándose de esa manera. Renzo dijo que su infancia la pasó en un hogar pobre y que era líder de un pequeño grupo de barrio que robaba en el centro de la ciudad. Sus aventuras parecían sacadas de viejas novelas del estilo de Oliver Twist.

El primer paso en falso lo dio Cecilia, como no podría haber sido de otra forma, cuando invitó a Darío a una salida —a solas— por los bosques de Palermo.  Ya se imaginarán que regresaron a la mañana siguiente y nos aseguraron que estaban saliendo.

Miguel los sermoneó por horas, a los gritos. Por un rato, se convirtió en otra persona que no supe reconocer y a la que temí. Entre amenazas y promesas rotas, la pareja tuvo que prometer que tenían en claro que apenas resolvieran el asunto mágico, los hombres se marcharían.

Suspiré. La situación se complicaba más y más a cada instante.

Nos estábamos por quedar sin ideas sobre sitios históricos que pudiesen ser los centros de energía. Quizás, en el fondo habíamos dejado de buscar con ahínco. Nuestra amistad florecía con el paso de los días y la prioridad iba desvaneciéndose tras un velo de cotidianeidad que no queríamos abandonar.

El hallazgo ocurrió por casualidad, un domingo como cualquier otro. Nuestros pasos nos llevaron hasta San Telmo por tercera vez, pero en esta ocasión íbamos a visitar y a comer algo. La misión había sido postergada hasta el día siguiente.

Tomamos una calle a la que nunca le habíamos prestado atención. Avanzamos entre bromas y sonrisas, despreocupados.

De repente, Miguel se paró en seco. Él caminaba con su usual sombra de nostálgica soledad y la compañía de un cigarrillo, varios metros delante del grupo. Solo.

Sin decir una palabra ni girarse, nos esperó.

Cuando lo alcanzamos, los otros cuatro reaccionaron como si hubiesen tenido un escalofrío.

—Lo hemos encontrado —susurró Miguel.

—Es cierto. Entremos —respondió Ignacio.

Darío y Cecilia juntaron sus manos e intercambiaron una triste mirada que preludiaba su pronta despedida.

Alcé la vista y leí el cartel del establecimiento que anunciaba su nombre con orgullo: “El Zanjón de Granados”.

Nos anotamos para la siguiente visita guiada y esperamos.

CAPÍTULO 9

Creo que fui la única que le prestó atención a lo que decía el guía. Los demás estaban demasiado concentrados en su búsqueda y  Cecilia, que se quedó a mi lado, se la pasó sacándose fotos con los túneles para subir después a las redes sociales con frases como “en San Telmo recorriendo cosas viejas”, porque ni el nombre del lugar habría leído. La conocía.

En mi mente sonó la voz de Miguel.

—¡Lo encontré! —afirmó.

Me paré en seco y voltee en busca del hombre, pero no estaba cerca. Cecilia parecía encontrarse tan confundida como yo. ¿Telepatía? Me pregunté. Con estos tipos todo era posible.

—Respondámosle —sugirió mi mejor amiga.

—¿Cómo? Si no podemos hacer magia.

—Yo qué sé, intentemos. —Cecilia arrugó su frente y cerró los ojos en un intento por enviar su mensaje cerebral.

—¿Ves? No sirve —afirmé.

—Es una lástima. Y yo que pensé que así al menos podría seguir en contacto con Darío cuando se fueran.

Reí.

—Busquémoslos.

Nos separamos del grupo de turistas y recorrimos la construcción por nuestra cuenta. Los hombres no estaban por ningún lado. Cuando no quedaron más rincones sin revisar, salimos a la calle y nos sentamos en el borde de la vereda mientras esperábamos.

—Ro —Cecilia pronunció mi nombre—. Tengo miedo.

—¿Miedo de qué?

—Creo que Darío me gusta en serio. Pero en serio de verdad. Ya estoy grande para estas estupideces, y sin embargo no puedo evitar pasarme todo el día pensando en él. Siento que tengo quince años otra vez. Más allá de ser un potro, tiene ese tipo de personalidad que me vuelve loca. Y, no sé, no quiero que se vaya.

—Pedile que se quede —sugerí. Sabía que ella haría lo que quisiera sin pensar en las consecuencias.

—No, no. Te iba a decir que capaz pueda irme con él.

—¿Estás en pedo? —Mis ojos se abrieron por la sorpresa.

—Sí, no. No sé. Tengo que pensarlo. Capaz lo hable con él esta noche—. Cecilia suspiró.

—Ya me contarás qué te dice.

Nos quedamos sumidas en un incómodo silencio que duró casi dos horas, hasta que nuestros acompañantes regresaron. El sol comenzaba a esconderse detrás de los edificios más altos y una suave brisa refrescó el verano porteño.

—Pensamos que nos abandonarían —afirmó Renzo cuando cruzó el umbral—. Me alegra ver que no hemos sido traicionados.

—Saben que no haríamos eso —se quejó mi mejor amiga—. Prometimos ayudarlos.

—El problema ha sido solucionado, así que ya no requerimos de su asistencia. —La voz de Miguel sonaba distante—. Gracias por sus servicios a Deamonea.

—¿Podrías al menos decirnos qué carajo pasó? —pregunté de mala gana.

—Durante la última restauración, taparon el canal por el que fluía la energía porque pensaban que se trataba de un problema arquitectónico. Tuvimos que crear una barrera para que nadie se acercara, romper algunos ladrillos antiguos y colocar un sello de protección que impedirá que vuelvan a cometer el mismo error —explicó Darío con más paciencia, pero omitió varios detalles.

El hombre de cabello rubio extendió su mano hacia Cecilia para ayudarla a ponerse de pie. Se sonrieron el uno al otro, aunque sus ojos brillaban por la tristeza de la pronta despedida.

—Nos iremos esta misma noche —agregó Miguel, ya con un cigarrillo en su boca.

—Primero deberíamos cenar juntos. Así celebramos el éxito de su misión y luego nos despedimos —sugerí.

—No podemos —se lamentó Antonio, otro de los hombres. Se trataba del más callado del grupo—. Nuestras órdenes fueron claras: resolver el asunto y partir. Lo siento.

—Me temo que este es el adiós —susurró Darío. Sus brazos rodearon a Cecilia en un abrazo que transmitía tanto cariño como para que todos los presentes pudiésemos sentirlo.

—Ha sido todo un placer, gracias por su asistencia —repitió Miguel, extendiéndome su mano—. Le deseo lo mejor a usted y a su amiga.

Tomé su mano y asentí en silencio.

—Prometo que desde nuestra tierra les enviaremos un regalo por su ayuda. —Renzo intentó consolarnos con sus palabras.

—No es necesario —afirmé.

—No hay tiempo. Tenemos que preparar el portal —dijo Miguel con urgencia. Tenía la cabeza gacha y evitaba sostener contacto visual con nosotras.

—Adiós, mi Cecy —susurró Darío—. No voy a olvidarte—. Le robó un beso.

Ví que mi mejor amiga le susurraba algo al oído, pero su pareja no respondió, tan solo se alejó.

Desde la puerta del Zanjón de Granados, presenciamos la separación. Los cinco hombres vestidos de traje se marchaban paso a paso por las viejas calles porteñas.

—Vamos —susurré cuando los perdimos de vista. El vacío comenzaba a afectarme a mí también. Me había encariñado con ellos más de lo que debería.

Extrañaría las bromas de Darío y el mal humor de Miguel, la falta de elocuencia de Antonio y la amabilidad de Renzo; los pequeños trucos que hacía Ignacio para entretenernos y los misterios que rodeaban a Julio.

Pero en especial, extrañaría la satisfacción que me producía la sonrisa de Miguel cuando aprobaba mi actuar y mi decir; cuando demostraba con un leve gesto que estaba complacido con lo que yo acababa de hacer y que era yo quien había ganado la batalla. En más de una ocasión incluso me esforcé por lograr forjar esa sonrisa, quizás con la esperanza de que dejara de tratarnos como a seres inferiores, o tal vez como respuesta aniñada ante sus constantes desafíos.

Daba igual. Se marcharían pronto.

Cecilia tomó mi mano y caminó en silencio hasta el auto. Subimos y comenzamos a manejar rumbo a mi departamento. De seguro pasaríamos la noche en algún bar en un intento por aplacar el dolor.

Y sin darnos cuenta, cuando el vehículo abandonó San Telmo, ambas comenzamos a llorar.

El viaje fue lento. Cada cuadra que pasábamos nos hacía derramar una lágrima más. Estacionamos cerca de mi casa y fuimos a comprar cerveza al supermercado chino.

Pasamos el resto de la tarde entre llanto y alcohol, entre dolor y anestesia.

En algún momento, nos quedamos dormidas; necesitábamos recuperar el sueño perdido durante aquel intenso mes de salidas constantes que se habían sumado a nuestras obligaciones cotidianas.

El celular de Cecilia comenzó a sonar. Despertarnos. La medianoche había quedado atrás y el reloj marcaba poco más de las 2AM del lunes.

—¡Es Darío! —gritó mi mejor amiga cuando sus ojos se abrieron.

—¡Atendé, boluda! O se va a ir al contestador —urgí.

—¿Hola? —dijo ella. Silencio. La voz del hombre era apenas un susurro ininteligible desde mi ubicación—. ¿¡EN SERIO!? ¿Dónde? ¿Cuándo? —otra pausa—. Ya salgo para allá.

Cortó.

—¡Me puedo ir con él! —gritó Cecilia. Nuevas lágrimas llenaban sus ojos.

—¿Cómo? —pregunté. Estaba realmente feliz por ella.

—No me dijo mucho. Renzo es el líder y cuando Darío le contó que me quería ir, le dijo que sí—. Sonreía como si fuese su cumpleaños—. Pero tengo que estar ahí antes de las tres de la madrugada que es cuando se abre el portal. ¡Ni tiempo de hacer las valijas tengo!

—¿Dónde?

—No sé la dirección exacta. El edificio más alto de Puerto Madero, en el último piso. Dijo que lo íbamos a ver desde afuera si sabíamos buscar señales mágicas.

Asentí.

—Si no nos apuramos, no vamos a llegar.

Nos pusimos los zapatos y corrimos escaleras abajo porque ya ni paciencia nos quedaba para esperar por el ascensor. Subimos a mi auto y agarramos la avenida rumbo a Puerto Madero.

EPÍLOGO

Y acá estamos. Alcanzamos el último piso cuando solo faltan algunos minutos para el horario pactado. Pequeñas ondas de electricidad recorren el aire y se mezclan con la neblina azulada que da forma al gigantesco símbolo mágico que vimos en la distancia.

Renzo está de pie en el centro del círculo con sus manos extendidas a los lados. Julio e Ignacio se encuentran de rodillas, con sus manos sobre dos grandes piedras que brillan como si tuvieran fuego en su interior. Están concentrados.

Darío está de pie frente a Renzo y le apunta con arco y flecha, listo para disparar si fuese necesario. Miguel camina alrededor del grupo. Lee un libro en otro idioma que supongo será el suyo.

No nos han visto aún.

Cada uno de los hombres parece concentrado en su tarea. Los observo mientras intento recuperar el aliento. Estoy agotada. La transpiración resbala por todo mi cuerpo y me cuesta respirar. Las plantas de mis pies arden mientras que de mis rodillas cae un pequeño hilo de sangre por la caída previa. Tengo la vista nublada y ganas de vomitar.

Me contengo.

Estoy anonadada ante la imagen que se alza frente a mí, ante la magia que oprime mi pecho. Esta es la verdadera despedida.

Cecilia se me adelanta. Da varios pasos al frente y con un hilo de voz susurra el nombre de Darío.

Los cinco hombres se giran a vernos, pero no se mueven.

—Viniste —responde él.

—Obvio, boludo —dice mi mejor amiga entre jadeos—. Te dije que quiero irme con vos.

—Quedate ahí —pide él—. Es la parte más segura del círculo. Ya podremos festejar en Deamonea.

Cecilia asiente con su cabeza y llora a causa de la felicidad.

Mi función aquí ha terminado. Me despido de Cecilia con un abrazo y les doy la espalda. Estoy demasiado cansada como para regresar a la planta baja, pero no tengo el valor de observarlos partir.

—¿Ro? —Darío me llama.

No volteo.

—¿Qué?

Lágrimas caen por mi rostro.  Me cuesta hablar. Duele respirar. El cansancio se suma a la tristeza y el humo. Mi corazón se siente oprimido. Creo que en cualquier momento voy a desmayarme.

—¿Vos no venís? —pregunta. Su voz muestra sincera sorpresa.

—¿Para qué? No tengo nada ni a nadie allí.

—Dale, vení. Nos tenés a nosotros —insiste Cecilia.

—¡MIGUEL! —grita Renzo desde el centro, parece estar enfadado. Su mirada está clavada en mi espalda. La siento—. Te dije que la invitaras. Me contestaste con una sonrisa. ¿Por qué no lo has hecho?

La curiosidad me vence. Volteo y busco a Miguel. Lleva sus rulos atados en un rodete y esconde su rostro detrás del libro.

—Supuse que no aceptaría —responde como si se tratara de una obviedad.

—Preguntale —insiste Darío—. Por lo que me dijo Cecy, Ro va a aceptar si lo preguntás bien.

Miguel cierra el libro con fuerza, clava sus ojos en los míos y se acerca paso a paso.

Espero. Mis piernas ya no responden aunque me urge correr escaleras abajo.

—Rocio. —El hombre de rulos pronuncia mi nombre cuando se detiene frente a mí. Extiende su mano y toma una gran bocanada de aire.

No acepto el gesto. Ignoro su mano. Quiero oír su explicación.

—Si la conozco como creo que lo hago —comienza a decir—, supongo que querrá una explicación veloz del asunto.

Asiento.

—Comenzaré por admitir que estos no son nuestros nombres reales, pero los usaré para lo que debo confesarle. Renzo es el sobrino de nuestro gobernante y líder de la misión. Darío es el mejor guerrero de Deamonea y nos protege de cualquier criatura que intente escapar del portal. A mí me consideran el mago más poderoso del reino. Julio e ignacio son los guardaespaldas personales de Renzo. Han sido entrenados tanto en la lucha y en la hechicería. Todas las decisiones pasan por Renzo. —Hace una pausa—. Con eso aclarado, permítame darle un rápido resumen de los hechos. Luego de nuestra partida, Darío pidió permiso de traer a Cecilia con nosotros y convenció al líder de que yo la necesitaba a usted.

—¿Es eso cierto? —pregunté con rudeza. No quería delatar mi emoción hasta que las palabras salieran de su boca.

—Es correcto —susurró.

La necesito desde el día que llegamos. Yo, Irtzael Varthúz, la necesité siempre y anhelé que la misión se prolongara, pero creí que demostrar mi aprecio solo dificultaría la despedida. Era mejor para usted si la distancia estuviese marcada por un muro invisible. Temo que he fallado y que esta tarde he descubierto que no sabría cómo vivir lejos de usted ¿Aceptaría venir conmigo, con nosotros? Deberá dejar atrás todo lo que la ata a Buenos Aires. Su voz resuena en mi mente. No se atreve a aplastar su orgullo en público.

Sonrío. Abro la boca para contestar, pero Renzo nos distrae.

—¡Es hora! —grita—. El portal se está abriendo.

Voteo. En el centro, donde se encuentra el líder, un círculo multicolor comienza a crecer y tomar forma ovalada. El portal absorbe la niebla y la electricidad hasta tomar un tono azulado que se refleja en la piel de todos los presentes.

Sin pensarlo dos veces, tomó la mano de Miguel a modo de respuesta. Yo también tengo mi orgullo.

Es hora de ir a Deamonea.

 

FIN        

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