EL PINTOR DE LOS DEGOLLADOS

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LA PRISIÓN

Quedé anonadada ante candor de los pasillos que impo­sibilitaba percibir el límite entre los diversos muros. El dise­ñador habría sido sin duda un bufón sarcástico que entre sus chistes de mal gusto escogió pintar de blanco el sitio de tormento de las almas más oscuras de la sociedad.

En el silencio de nuestro recorrido, mis tacones eran el único sonido que hacía eco entre los pulcros recovecos de la prisión.

O eso pensé.

Atravesamos la última puerta del tercer subsuelo y nos detuvimos por un instante que fue suficiente para destacar otro sonido.

Desde el final del pasillo provenía un rítmico golpeteo que recordaba a un martillo. Supuse que se trataría de algún arreglo en el edificio, pero al no lograr identificar su proce­dencia, abrí mi boca para pronunciar la pregunta.

El general se adelantó.

—Ese, doctora, es el sonido de un reo que intenta qui­tarse la vida al golpear su cabeza contra el muro. —Mi guía sonrió y acarició su bigote pasado de moda—. Pero no debe preocuparse, nuestros hombres no le permitirán lograr su cometido. Lo detendrán poco antes de que pierda la conciencia —explicó con perversa naturalidad—. Después de todo, no podemos dejar que estos asesinos tomen la salida fácil, ¿no es cierto? Sus crímenes contra la humanidad han causado demasiado dolor como para permitirles morir con tanta facilidad. Su castigo es permanecer aquí por el resto de sus vidas, condenados a la soledad y la locura.

Mi rostro se contorsionó contra mi voluntad, dando forma a un gesto que denotaba claro desagrado ante aquella confe­sión.

—Sí, sé que debe creer que nosotros somos peores que nuestros prisioneros, pero le aseguro, doctora, que luego de un par de sesiones con su nuevo paciente, cambiará de opi­nión. Todos lo hacen.

—Lo dudo —murmuré en voz baja. No sé si el general me haya oído. Tampoco me importa.

Continuamos caminando sin intercambiar palabras. A mis lados, pequeñas ventanas de vidrio comunicaban las celdas con el pasillo y permitían monitorear a los reos durante las rondas de patrulla.

Permití que mis ojos se pasearan en un vistazo fugaz por los reos. Ante mi horror, fui capaz de divisar a niños y an­cianos; a personas indefensas con la piel pegada a sus huesos y la ropa raída. No se veían como prisioneros sino más bien como mendigos y esclavos, como víctimas de abuso y tor­tura.

Monstruos, pensé. Clavé mis ojos en la espalda del general.

Luego de doblar en el siguiente pasillo, nos detuvimos frente a una celda. El golpeteo se había detenido, diluyén­dose hasta extinguirse como si nunca hubiese existido.

—Este será su paciente —dijo el general—. Creo que ya ha leído su archivo.

Asentí con un movimiento de mi cabeza y observé al hombre que me esperaba del otro lado de la puerta.

Sentado en una silla de metal contra la pared opuesta, el reo tenía los brazos y las piernas encadenados.

 Analicé los pequeños detalles de la habitación. Su asiento se encontraba atornillado al suelo y otra silla —para mi uso personal— completaba la decoración minimalista de la celda; sin ventanas ni relojes, sin una cama ni un baño. Dos sillas para dos personas. Nada más.

Estaba a punto de retirar mi atención de la ventana cuando el prisionero alzó la cabeza. Su mirada se cruzó con la mía y una sonrisa se dibujó en su rostro.

Retrocedí sin pensarlo y tragué saliva.

—¿Los prisioneros pueden ver a través de la ventana? —pregunté.

—No. Tampoco pueden oírnos.

—Él acaba de sonreírme —aseguré.

No recibí respuesta a mi interrogante tácita, aunque creí divisar una sonrisa efímera en el rostro de mi acompañante; se trataba de un gesto despreciable que me daba a entender que él sabía algo que yo desconocía; que su posición era mejor que la mía y que debería descubrir por mi cuenta los secretos detrás de aquel reo.

El tema de conversación cambió antes de que pudiese evitarlo. Mi cadena de pensamientos había tomado más tiempo del que yo creía.

—No puedo dejarle una copia de la llave, usted com­prenderá los riesgos que eso significaría. Sin embargo, aquí tiene un comunicador. Vendré por usted en una hora. Si necesita ayuda antes de ese lapso, solo presione el botón rojo y mis hombres neutralizarán la amenaza. —El general ex­tendió su brazo y me entregó un pequeño aparato cuadrado que poseía tan solo un botón y la antena que extendía su señal.

—Gracias.

Sin más preámbulos, mi guía abrió la puerta que separaba al Artista del resto del mundo.

Bienvenida a tu primer día de trabajo, me dije a mí misma antes de dar el paso inicial hacia el interior de la celda.

EL ARTISTA

La puerta se cerró a mis espaldas sin emitir siquiera el más mínimo sonido. Muda, como todo a mi alrededor.

Permanecería dentro de la celda por los siguientes sesenta minutos, a solas con El Artista, uno de los asesinos más te­midos de las últimas décadas.  Y algo me decía que a pesar de las precauciones tomadas por mis superiores, el hombre era tan peligroso encadenado como lo era en libertad.

Suspiré y me obligué a controlar el miedo. Ocho años en la universidad para recibir mi título de psicóloga criminalista deberían servir de algo, ¿no?

Estoy lista.

Mis ojos se posaron en los suyos, y los de él en los míos. Me costaba sostenerle la mirada; sentía que me desnudaba su perversidad y el deseo reprimido de matarme. Quizás se tratase simplemente de una mala pasada creada por mi ima­ginación; después de todo, era la primera vez que me encon­traba frente a frente con un criminal real. Ya no se trataba de analizar viejos archivos y declaraciones, sino de enfrentarse a un hombre de carne y hueso, a una persona que había ro­bado numerosas vidas.

Me pregunté cuándo había sido la última vez que aquel hombre tuvo sangre escurriéndose entre los dedos; sus ojos me hacían suponer que su piel anhelaba con lujuria el roce tibio de una muerte violenta: la mía.

Conocía a los de su tipo, los había estudiado a todos. Du­rante ocho largos años, mis noches habían transcurrido en un constante análisis del comportamiento criminal de los peores asesinos de la historia; comprendiendo y comparando, po­niéndome incluso en su lugar.

Creí saber lo que pasaba por su mente: la necesidad de satisfacer su abstinencia criminal.

Estoy lista, me repetí. Tenía que vencer el temor que me invadía para poder cumplir con mi trabajo.

Ninguno de nosotros se atrevió a romper la barrera ini­cial, aunque cada movimiento resonaba con estruendo en la quietud de la habitación: mis pasos, el momento en el que acomodé mi silla y el chirrido de la madera al sentarme; incluso nuestra respiración gritaba en mis oídos.

Sentía todos los músculos tensados ante la incomodidad de la situación, y él lo sabía. Podía percibirlo en su mirada. Disfrutaba de mi temor como si este lo alimentara.

El reo me siguió con la vista. Prestaba atención a cada una de mis acciones.

—¿Es que acaso no tendrás la cortesía de presentarte? —dijo él apenas mis piernas se cruzaron sobre la silla.

Su voz estaba rota; las palabras eran áridas, secas por la falta conversación. Era posible que El Artista llevase meses sin comunicarse con otro ser humano.

—¿Importa? —respondí—. Soy tu nueva psicóloga, dado que ningún profesional quiere atenderte. Dicen que eres un caso perdido.

—Lo sé, ¿piensas presentarte? —insistió.

Sus ojos seguían clavados en los míos sin disimulo.

No lograba reconocerlo; la prisión le había arrebatado años de vida. El color azabache que yo había conocido en las fotografías de su archivo se había marchitado hasta tornarse gris y combinar con las profundas ojeras oscuras que a lo lejos parecían un grueso delineado.

—Antonella Gallardo —pronuncié.

—Antonella —repitió—, me gusta el nombre, aunque me parece un tanto largo. Espero que no te moleste que te llame Anto.

El Artista ladeó su cabeza y me dedicó una sonrisa. En su boca, mi nombre sonaba agridulce.

—Como quieras.

—¿No vas a preguntarme cómo me llamo?

Abrí la boca para contestarle que ya lo sabía, pero noté que la nomenclatura había escapado a mi memoria. Allí solo quedaba su apodo: El Artista, un cínico que retrataba a sus víctimas luego de degollarlas, un loco que plasmaba la úl­tima expresión de los muertos en retratos y esculturas. Eran treinta y dos los asesinatos confirmados y más de setenta los que se le atribuían.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo al visualizar en mi mente algunas de sus obras de arte. Recordaba casi todo lo que había leído en los archivos, desde su infancia hasta los crímenes, pero su nombre seguía sin posarse en la punta de mi lengua.

Rendida, accedí a su pedido. Quizá de esa forma el pa­ciente decidiera cooperar con la recaudación de datos que se me había exigido.

—¿Cuál es su nombre? —pregunté.

Él rio con aspereza. Luego, tosió.

—¿Por qué tanta seriedad? Vamos a pasar un buen tiempo juntos, nos veremos todos los días hasta que termines con tu investigación o salgas corriendo para nunca regresar, lo que ocurra primero. Creo que estarás de acuerdo en que podríamos tutearnos.

Su voz era apenas un susurro.

—No ha respondido a mi pregunta.

—Facundo Iriuarte, a sus servicios —pronunció con sorna mientras agachaba su cabeza en una leve reverencia, aunque sin quitarme la vista de encima—. Puedes llamarme Facu; prefiero mi nombre antes que los frívolos apodos que me ha otorgado la prensa, pero supongo que tu personalidad no permitirá un trato tan informal como el que yo pretendo.

—Para nada, señor Iriuarte. Es un placer trabajar con us­ted. Comencemos con la primera sesión.

PRIMERA SESIÓN

Siguiendo el procedimiento aprendido en la universidad, había preparado una serie de temas de los que hablar a lo largo de nuestras sesiones, aunque sabía que la mayoría de los criminales se esforzaban por evadirlos.

No conocía a mi nuevo paciente, pero podía intuir que estaba jugando conmigo y que se regocijaba ante mi falta de experiencia y desconcierto. Sería complicado arrancarle las palabras de la lengua.

Tomé aire.

—Comencemos —repetí luego del prolongado silencio en el que nos habíamos sumido—. Necesito que me con­firme algunos datos básicos sobre su persona.

—Lo que quieras —respondió con una media sonrisa di­bujada en el rostro y la mirada clavada en mis manos que temblaban un poco debido a los nervios  que me invadían.

—Su nombre es Facundo Iriuarte y tiene veintinueve años, ¿correcto?

—No lo sé, ¿qué día es hoy? —inquirió.

—Seis de mayo.

—Entonces, todavía tengo veintiocho. Mi cumpleaños es en una semana, aunque dudo que me traigas un pastel.

Ignoré su comentario y analicé las arrugas que surcaban su rostro y fluían como ríos a lo largo de su frente hasta derramarse junto a las comisuras de sus labios. A simple vista, uno podría pensar que aquel hombre tenía ya medio siglo de vida. La pérdida de peso, sumada a los tonos grisá­ceos de su cabello y las pronunciadas ojeras, le hacían ver mayor.

Medio año de prisión le había robado su juventud.

Recordaba la fotografía de los archivos que había revi­sado la noche anterior; allí se lo veía altanero y desafiante, con el cabello oscuro peinado hacia atrás y los ojos negros tan brillantes que era difícil sostenerle la mirada incluso en una imagen.

Mi paciente era tan solo un despojo de aquel criminal que poco a poco se marchitaba en su solitaria condena.

Hierba mala nunca muere, pensé.

El hombre que tenía frente a mí continuaba siendo un asesino. Un psicópata. Su imagen podría estar descolorida, pero sabía que su mente seguía tan podrida como cuando estaba en libertad. De hecho, era común que los síntomas agresivos empeoraran en confinamiento al no tener un objeto sobre el cual descargar sus instintos.

Clavé el tacón de mi zapato en el piso y alejé mi silla sin pensarlo.

—¿Eso es todo? —preguntó Iriuarte con impaciencia.

—No. Lo siento, estaba sacando la cuenta del año de su nacimiento —mentí y fingí que anotaba otro dato en el cua­derno. No podía mostrarle mis miedos y debilidades, eso solo alimentaría su percepción un crimen fácil. No deseaba tentar al destino.

—Su profesión es —comencé a leer—, artista; también es profesor de técnicas pictóricas no convencionales en su propio taller, ¿correcto?

—Sí, sí, sí. Todo lo que dice la ficha es correcto. Pensé que esto sería más divertido. ¿No quieres saber cuál es mi color preferido? ¿O qué desearía pintar en este momento? ¿O cómo elijo a mis modelos?

Otra vez, el paciente me desafiaba al sacudirme fuera de mi zona de confort.

—Ya llegaremos a eso en otra sesión. Hoy me preocu­paré nada más que por la recolección de datos básicos.

Iriuarte suspiró y cerró los ojos para darme a entender que se estaba aburriendo.

No me importó.

—Estudió artes visuales en el taller de don Carlo Mig­none en Italia, ¿correcto?

El paciente movió su cabeza para asentir. Ya ni siquiera pensaba hablarme, y yo necesitaba saber más. Tal vez fuese necesario hacer una excepción y jugar su juego.

No, no en esta sesión, me dije una y otra vez. Necesitaba ser fuerte y hacerle ver que mi posición era superior a la suya. Luego, quizás le permitiera guiar los temas de conver­sación.

—Perdió a su pareja y a su hijo durante el parto, hace casi cinco años ¿correcto?

Iriuarte abrió los ojos y me atravesó con la mirada. Su odio era como un puñal que apuntaba directo a mi alma. Sentí que el corazón comenzaba a latirme con fuerza. Había tocado un tema sensible.

Me esforcé por sostenerle la mirada para que así evitase ver el temblor de mis manos y piernas.

En esta batalla silenciosa, era él quien tenía la ventaja; y luego de un par de minutos, contestó en tono cortante.

—Correcto.

En seguida, sonrió.

Había esperado a notar mis ojos húmedos para abrir su boca y contestarme, tan solo unos momentos antes de que rompiera en llanto. Lo odiaba.

—Tenía planeado un viaje a Roma para visitar a su maestro el próximo verano, ¿correcto? —continué como si nada hubiese ocurrido.

—Correcto.

—¿Algún motivo en especial? —insistí.

—Al fin una buena pregunta —respondió Iriuarte—. Me habían invitado al cumpleaños sorpresa por los sesenta años de mi maestro.

Anoté.

—¿Sabía él sobre sus actividades criminales? —me atreví a cuestionar.

—Mi maestro lleva años sin pintar —contestó, evadiendo la pregunta directa, pero haciéndome suponer que el Italiano no tenía nada que ver en el asunto.

—Gracias. —Continué anotando.

—Anto —me llamó mi paciente—, te quedan solo cinco minutos más de sesión, ¿puedo hacerte yo un par de pre­guntas?

Me estremecí al oír mi nombre escapar de su boca.

—Depende de qué quiera saber, señor Iriuarte.

—Primero que nada ¿podría ponerse un vestido color guinda para la sesión de mañana? Es mi color preferido y prometo que eso me ayudará a cooperar con usted.

¿Estaba jugando conmigo o hablaba en serio?

—Lo pensaré —contesté. Ni siquiera sabía si tenía ropa en esa tonalidad—. ¿Algo más?

—Sí. Sé que esto va contra las reglas de la prisión, y de seguro te negarás a mi pedido, pero me encantaría que me dejaras una página de tu anotador y algún elemento con el que pudiese dibujar. Prometo que nadie los verá, y te los devolveré mañana.

Dudé.

—Verás, Anto, soy un artista y me asusta perder mi toque si no practico de vez en cuando. ¿Qué daño podría hacer con un trozo de papel y una pluma?

Mucho, pensé.

—Estás inmovilizado —respondí luego de un instante.

—Los pequeños obstáculos solo harán que mi obra sea más interesante. ¿Qué dices? Si cumples con este pedido de un pobre prisionero, quizás mañana podamos hablar sobre mis obras de arte.

Tragué saliva al pensar en su colección de retratos mor­tuorios. Ese era uno de los temas de los que se me había pedido investigar.

Sin contestarle, arranqué una hoja del anotador. Me puse de pie y di el primer paso hacia Iriuarte. Le temía, a pesar de que él no podía hacerme daño.

Con miedo, coloqué el papel y la pluma en el bolsillo de su pantalón y regresé velozmente a mi sitio. Estaba agitada y sentía el corazón palpitando con fuerza en mi pecho.

—Gracias, Anto —dijo el reo con una sonrisa—. Te debo una.

Las palabras sonaban ásperas, pero al mismo tiempo sin­ceras.

—De nada —contesté involuntariamente.

Nos sumimos en un nuevo silencio incómodo que duró apenas algunos segundos, hasta que el general DellaTorre abrió la puerta a mis espaldas.

—Buenas noches, señor Iriuarte. Lo veré mañana. —Me puse de pie y saludé con cortesía.

—Buenas noches, doctora Gallardo, ha sido un placer.

Por primera vez, El Artista me trató con formalidad, como si se estuviese burlando del general a sus espaldas.

Sonreí.

SEGUNDA SESIÓN

Las reglas del juego habían cambiado al día siguiente. En la reunión, mis superiores dejaron en claro su apuro. La investigación sobre los homicidios de El Artista llevaba meses sin avanzar y yo era la única capaz de conseguir las llaves que pondrían fin a las incógnitas.

Estaba lista.

La puerta se cerró con sigilo a mis espaldas. Comenzaba la segunda sesión.

—Buenos días, Anto —saludó Iriuarte con cortesía. Su voz era apenas un susurro de arena que raspaba contra el aire—. Me preguntaba si volverías o si ya habrías presentado la renuncia.

Un desafío.

—No podría abandonar mi trabajo cuando todavía me debes la pluma que te he prestado ayer —respondí con velo­cidad.

El criminal sonrió; aprobaba mi comentario.

Caminé hacia mi silla con paso decidido. Le sostuve la mirada a Iriuarte que ya había clavado sus ojos en los míos desde el primer instante.

—Espera —pidió él—. Quiero mostrarte algo antes que empecemos a conversar.

No contesté.

—Voltéate. Detrás de la puerta, en el punto ciego que se forma cuando alguien ingresa a la celda, encontrarás mi más reciente boceto y la pluma que tanto aprecias.

Me molestaba tener que darle la espalda a un criminal, pero sabía que la sesión no podría iniciar sin que antes cum­pliera su pedido. Dejé que mi mirada se posara en la pálida esquina que él había mencionado. Allí se veía la pluma con­tra la pared y el papel arrugado sobre el piso.

Recogí ambos elementos y regresé a mi silla lo antes po­sible. En silencio, guardé la pluma en un bolsillo y observé el dibujo. Una serie de líneas temblorosas delineaban los rasgos del rostro del general DellaTorre, con su frente cua­drada, el bigote pasado de moda y el hoyuelo en su mentón. Me resultaba increíble la habilidad de este criminal para plasmar un retrato fiel con apenas escasas líneas.

—¿Te gusta? —preguntó Iriuarte—. Me cuesta tener buen pulso cuando llevo tanto tiempo sin ejercitar mis músculos y el modelo es tan poco estético, pero creo que he superado mis propias expectativas.

—¿Cómo lo ha hecho? Está atado de manos y pies.

—Es un secreto —contestó el criminal entre risas apaga­das—. Si te hubieses vestido del color indicado, quizás te lo contaba.

Maldición. Lo olvidé.

Doblé el dibujo en seis partes y lo guardé dentro del cua­derno que utilizaba para tomar notas en mis sesiones.

—No me interesa. Comencemos —anuncié.

—Anto, eres una pésima mentirosa —respondió Iriuarte—. Tu rostro me dice que mueres por saber cómo logré dibujar si ni siquiera puedo mover mis brazos. —Hizo una pausa—. Sí, creo que ahora comprendo un poco más de tu personalidad —agregó, pensativo—. De seguro eres de esas personas que odian abrir obsequios frente a otros por­que tus expresiones te delatan y temes decepcionar a los demás con tus facciones cuando no te gusta lo que has reci­bido. Me agrada eso de ti. No puedes mentirme porque tu rostro habla por sí solo.

Yo soy la psicóloga, me dije a mí misma a punto de per­der la paciencia.

Lo ignoré y cambié de tema. No pensaba perder toda la hora de sesión atrapada en las garras de sus juegos.

—Señor Iriuarte —anuncié—. Por órdenes de mis supe­riores, de ahora en más, el audio de todas las sesiones será grabado para su posterior análisis. No estoy en la obligación de decírselo, pero me gusta alimentar la confianza con mis pacientes.

—Es bueno saberlo. Gracias, Anto.

Coloqué el grabador sobre mi regazo y presioné el botón rojo.

—La conversación de hoy le parecerá más interesante que en nuestra sesión previa —aseguré—. Espero que coopere conmigo.

—Haré lo posible.

—Señor Iriuarte, ¿comprende usted el motivo de su cau­tiverio? —pregunté. Como primera medida, quería saber qué tan alejado de la realidad se encontraba.

—Claro que lo sé. Al mundo no le gusta el arte experi­mental —contestó él como si se tratase de una obviedad. Las palabras escapaban de su boca con lentitud y seguridad, con pesadez y aspereza—. Nuestra sociedad utiliza a los reos como conejillos de indias para pruebas medicinales. La ma­yoría de los sujetos perece, pero los científicos siguen en libertad. Sin embargo, cuando la muerte es causada por el arte experimental, los pintores nos convertimos en crimina­les. Es un sistema un tanto injusto, si me permite expresar mi opinión. Desde el final del período renacentista, el arte ha sido desvalorizado por la sociedad. No te imaginas el des­precio de mis padres cuando escogí estudiar con mi maestro en Italia. —Se encogió de hombros—. Nunca le he dado demasiada importancia al asunto, pero los supuestos profe­sionales con títulos universitarios se ríen de quienes apren­demos técnicas artísticas y nos dicen que terminaremos como vagabundos pidiendo limosna. Lo que nadie parece comprender es que el arte, al igual que la ciencia, necesita de sujetos para sus experimentos  y evolución; a veces es nece­sario correr riesgos para lograr una nueva obra maestra que cambie el curso de la historia. Pero solo a los científicos se les otorga el beneficio de experimentar en humanos y seguir en libertad. Por ello estoy aquí.

—Le recuerdo que los prisioneros utilizados en los expe­rimentos que menciona, están sentenciados a muerte.

—¿Y eso les da derecho de quitarles la vida antes de tiempo? —preguntó El Artista—. Todos los humanos esta­mos condenados a muerte, tarde o temprano. Con esa ex­cusa, usted podría salir de su hogar y matar al vecino porque tiene la música a todo volumen y decirle luego a la policía que la víctima iba a morir de todas formas. Quizás en unos días, tal vez en varias décadas, ¿no está de acuerdo conmigo, doctora?

Tragué saliva. No supe cómo contestarle. Mi defensa fue cambiar de tema.

—En vista que usted tiene en claro el motivo de su cauti­verio —comencé a decir—, me gustaría pedirle que me hable un poco más sobres sus… obras de arte. —Escogí mis palabras con sumo cuidado.

—¿Usted pinta o dibuja? —El reo me trataba ahora con respeto, como si estuviese actuando para la grabación. Ya no me llamaba por mi nombre.

Negué con un movimiento de mi cabeza. Mi capacidad artística era nula.

—Entonces dudo que lo comprenda, pero intentaré expli­carlo de todas formas. —Iriuarte tosió. En su estado, le cau­saba dolor hablar tanto—. Siempre he tenido cierta fascina­ción por el rostro humano y todo lo que este expresa, por ello, dediqué mi vida al estudio del reflejo de las emociones en las facciones al momento de la muerte, y su significado.  —Sonrió—. El problema es que no todos los días nos cru­zamos con un moribundo.

—Comprendo —mentí.

—Con la falta de sujetos para mis experimentos, debí buscar nuevos modelos y llevarlos al momento exacto de su vida en el que reflejaban la expresión que tanto anhelaba —suspiró—. He de admitir que soy un enamorado de mi profe­sión y que extraño la belleza de sus miradas, la explosión de colores al momento del último aliento. Hace meses que mis ojos no se deleitan con las mariposas de sangre que brotan de los cuellos y dan color a mis obras.

Hablaba con enfermiza pasión; su fascinación era ge­nuina y sincera. Extrañaba matar.

—¿Podría por favor explicarme la técnica que utilizaba? —pedí.

—Otro día —respondió—. Está usted muy pálida y no deja de tragar saliva, temo que si continúo hablando, vomi­tará sobre mí. Y en este establecimiento no tenemos el lujo de un cambio de ropa limpia.

Tenía razón.

Con nuestras miradas aún cruzadas, Iriuarte me guiñó un ojo y movió los labios sin emitir sonido alguno. Lo observé, aunque tardé en comprender lo que intentaba decirme. Que­ría que dejara de grabar.

Y por algún motivo que no supe explicarme, accedí.

—Ahora, Anto, ¿por qué no me cuentas un poco sobre ti? —sugirió El Artista—. La garganta me arde por tanto con­versar. Preferiría escuchar tu historia.

—No tengo nada que contarle. No me agrada mezclar mi vida privada con asuntos profesionales.

—Entonces, solo nos queda esperar en silencio hasta que el general venga por usted en quince minutos —agregó. Si bien sus palabras sugerían un acuerdo, algo en el tono de voz me indicaba peligro. Le molestaba mi negativa.

La sesión se convirtió en una competencia tácita de mira­das feroces. Mis ojos se clavaron en los suyos con decisión, mientras que él me observaba, lleno de amargura y resenti­miento.

Los segundos pasaban con lentitud. El único sonido en la celda era el rítmico tic-tac de las agujas de mi pequeño  reloj que parecía gritar en el silencio que nos envolvía. Antes de ese instante, no sabía que las manecillas producían algún ruido. Jamás me había sumido una quietud tan profunda como aquella.

Iriuarte me miraba y sonreía, como si supiera algo que yo desconocía; como si estuviese probando mi valor.

No pude soportarlo.

En pocos minutos me rendí ante el temor que me causaba su media sonrisa. Presioné el botón que me había entregado mi jefe y un guardia abrió la puerta a mis espaldas segundos después.

—Nos vemos pronto, doctora —susurró El Artista.

 INTERLUDIO

El fin de semana llegó raudo, mas su duración no tran­sitó con la prisa que yo hubiese deseado.

Encerrada en la monotonía de un departamento alquilado cuyo ecléctico mobiliario disipaba cualquier vaga sensación de hogar, pasé dos jornadas en la soledad que le seguía a una semana laboral.

Con la excusa de querer repasar mis notas y sacar conclu­siones, me senté frente al escritorio de pino que apenas so­portaba el peso de mi computadora portátil. Copié las anota­ciones en un nuevo archivo al que titulé “Conversaciones con El Artista” y las releí varias veces seguidas hasta que ya ningún pretexto me era suficiente como para soportar el silencioso encierro de mi soledad.

Y rendida ante el lento aburrimiento de mi profesión, cené una porción de pizza fría poco antes de las diez  y me fui a dormir.

En el lapsus que separaba al sábado del domingo, soñé que yo era la criminal, atrapada en una celda que me recor­daba al departamento en el que vivía, pero en donde los muebles se encontraban atornillados al piso. Se trataba de una analogía interesante, aunque perturbadora.

Me despertó el bullicio que provenía del departamento vecino en donde una celebración desbordaba por debajo de las puertas y se colaba en todos los rincones del edificio. Maldije varias veces mientras cubría mi cabeza con la al­mohada.

El reloj marcó las tres y media de la madrugada. Seguía despierta y el suelo retumbaba a causa del potente sistema de sonido que animaba la fiesta vecina.

Pensé en vestirme y golpearles a la puerta para pedirles que bajaran el volumen, pero supuse que no me harían caso.

Recordé las palabras de Iriuarte y sonreí. Su voz áspera resonó en mis oídos y se impuso por encima de la música. “Usted podría salir de su hogar y matar al vecino porque tiene la música a todo volumen y decirle luego a la policía que la víctima iba a morir de todas formas. Quizás en unos días, tal vez en varias décadas.”

La sonrisa se desdibujó de mi rostro al comprender que mi mente comenzaba a aceptar aquella retorcida idea que guiaba las acciones criminales del Artista. Sentí asco ante mis propios pensamientos que comenzaban a desequilibrarse a causa de la enfermiza influencia de Iriuarte.

Tal vez, debería renunciar.

Con esta idea en mente, me quedé dormida. La música se detuvo en algún momento de la mañana.

El domingo ya no me quedaba trabajo pendiente ni acti­vidades que realizar. Intenté mirar una película, pero la con­centración se escurría entre mis dedos como arena seca.

Y el tiempo avanzaba con lentitud.

Me invadía un insólito vacío que en el pasado me había resultado cotidiano y temí que el abandono mudo en el que vivía se convirtiera en mi propia locura. Luego de haber pasado algunos días en compañía de un criminal, la tarde soleada en el departamento comenzaba a convertirse en mi propia condena; en una celda sin cerraduras de la que por algún motivo no me animaba a salir.

Maldije.

Ya era tarde para intentar hacer planes con mis conoci­dos, pero me prometí organizar alguna actividad para el siguiente fin de semana; quizás eso pudiese alivianar el peso de mi reciente inestabilidad.

Yo sabía qué era lo que se ocultaba detrás de las sombras de mi mente, conocía el motivo de la angustia alojada en mi pecho, pero me negaba a admitirlo en voz alta.

Comenzaba a obsesionarme con la mentalidad de Iriuarte. Quería que el lunes llegara pronto para poder disfrutar de una nueva conversación y saborear así de las agudas palabras del criminal. Anhelaba comprender cada uno de los motivos detrás de sus acciones. En el fondo, me aterraba convertirme en él, pero un imán tácito me atraía a su mente. Su extravagante lógica tenía más sentido de lo me gustaría admitir.

TERCERA SESIÓN

Dejé caer mis pertenencias al suelo apenas la puerta estuvo cerrada a mis espaldas. El sonido resonó con eco en las cuatro paredes y rebotó a mi alrededor. Facundo Iriuarte sonreía ante mi sorpresa.

Con su cabeza ladeada como si el cuello fuese incapaz de sostenerla, el criminal clavó uno de sus ojos en los míos ante la imposibilidad de abrir el otro. Manchas rojizas teñían su cabello en contraste con el tono violáceo de su rostro.

—Lo sé. No he tenido tantos colores sobre el lienzo de mi cuerpo desde la última vez que pisé mi taller.

Su voz ya no estaba rota, sino deshecha y al borde de extinguirse.

Mi cuerpo era incapaz de moverse y las palabras se negaban a tomar forma en mi cabeza. El artista se veía deplorable.

—¿Me creerías si te digo que un luchador profesional me ha confundido con su bolsa de entrenamiento? —agregó Iriuarte en un susurro tan bajo que apenas logré oír.

Lo observé con curiosidad y miedo, sin saber qué hacer.

—Anto —pronunció mi nombre casi en silencio—. Me alegra volver a verte. Tu rostro… esa expresión… es hermosa. Tienes miedo.

Sacudí mi cabeza en un intento por recobrar la cordura. Tragué saliva y caminé hasta mi asiento, justo frente al suyo. Me acomodé con cierto apuro y suspiré.

—¿Qué te ha ocurrido?

Iriuarte sonrió.

—Por fin dejas de hablarme con seriedad —intentó reír, pero su garganta estaba demasiado seca—. A tu jefe no le gustó una de mis respuestas.

—¿Te ha revisado un médico? —pregunté.

—No voy a morir por la golpiza, si es que a eso te refieres —explicó—. Aunque la imposibilidad de pintar retratos me absorberá pronto hasta que de mí no quede nada.

Abrí la boca, pero noté que no sabía cómo contestarle, así que volví a cerrarla.

El criminal sonrió, pero el gesto se convirtió pronto en una mueca de dolor seguida de tos y sangre. El sonido de su árida garganta era desgarrador.

—Lamento no poder ser tan elocuente como en nuestros encuentros previos —se esforzó por decir antes de volver a romper en un ataque de tos que parecía no querer detenerse.

Los gritos de dolor de El Artista invadieron la celda y arrebataron la calma que acostumbraba a habitar allí.

Aterrorizada, presioné le botón que me había entregado mi jefe y esperé hasta que un guardia me alejó de allí.

Sabía que me esperaba una noche de insomnio.

CUARTA SESIÓN

La cuarta sesión comenzó dos días más tarde, de la misma forma que las anteriores, con la puerta que se cerraba a mis espaldas y los ojos de Iriuarte clavados en los míos. Al menos ya podía abrir ambos.

Nos sonreímos mutuamente por distintos motivos: él porque creyó que no volvería a verme y yo, porque me alegraba notar que sus heridas comenzaban a sanar.

Pasé junto a mi asiento sin detenerme. El criminal no demostró sorpresa en su semblante, aunque supuse que sentiría curiosidad. Me detuve frente a él y llevé una mano al bolsillo de mi abrigo. Tomé un caramelo de miel, le quité el envoltorio y se lo ofrecí a mi paciente.

—No me dejaron entrar con una botella de agua, pero al menos puedo ofrecerte esto para tu garganta —le dije en un susurro.

Iriuarte abrió la boca y me permitió colocar el caramelo sobre su lengua. Sonrió como siempre solía hacerlo, aunque un presentimiento me decía que en esta ocasión no se burlaba de mí.

—Tienes un corazón más misericordioso de lo que suponía —dijo El Artista.

—No puedo hacerte preguntas si tienes la garganta tan seca que no eres capaz de contestar, es todo —mentí en cuanto a mis intenciones.

—Gracias, Anto.

A pesar de todo, mi nombre todavía sonaba extraño cuando él lo pronunciaba.

—Comencemos —sugerí. Me acomodé en la silla y tomé la grabadora que coloqué luego sobre mi regazo.

—Espera —pidió Iriuarte con cierto apuro—. Dado que hace dos días te vestiste con el color que te pedí, ahora es mi deber explicarte cómo dibujé al general.

—Te escucho.

—Unas horas después de tu partida, un soldado me trajo la cena. Bah, si es que eso se le puede llamar alimento. —Sonrió—. Antes que se marchara, le pedí que me quitara los zapatos y como no le pareció un pedido impertinente, aceptó. Los empleados son siempre más influenciables que sus jefes.  —Tosió—. Y cuando estuve solo, simplemente dejé caer la pluma y el papel para poder dibujar con mis pies.

—Y por la mañana, pateaste todo hasta el rincón en el que nadie vería tu trabajo —finalicé—. Entiendo. Eres talentoso.

—Gracias, querida. Me encanta recibir halagos, en especial cuando salen de la boca de una mujer —admitió—. Aunque sé que he perdido práctica y mi pulso comienza a fallar.

No contesté.

—Ahora sí, Anto, podemos empezar con las preguntas.

Encendí el grabador.

—Señor Iriuarte, ¿qué criterio utilizaba para escoger a sus vic… —comencé a preguntar, pero pronto me arrepentí y cambié las palabras— a sus modelos?

—Es una buena pregunta —respondió el criminal—. Permíteme elaborar la respuesta en mi cabeza. —Cerró los ojos por varios segundos antes de iniciar la explicación—. Intentaré ser conciso, aunque dudo que alguien de tu profesión pueda comprenderlo. —Tosió—. Existen personas cuyos rostros cambian con la velocidad de un parpadeo y reflejan con claridad cada una de sus emociones sin importar qué tan insignificantes sean. Rostros como esos, como el tuyo, son los que me apasionan porque sé que se transfigurarán en una obra de arte maravillosa una vez que expresen su última emoción.

Tragué saliva. Iriuarte consideraba que yo podría haber sido una de sus víctimas.

—Son rostros que cambian incluso ante un sonido leve como el aleteo de una mosca; son rostros  fascinantes, únicos y llenos de vida incluso cuando ya han muerto. Y lo mejor de todo —explicó— es cuando se congelan en la expresión letal, la última que jamás mostrarán.

—Es decir que a sus modelos nos los eligió nunca por su edad, género o aspecto, sino por la expresividad de sus rostros, ¿correcto?  —intenté confirmar.

Asintió con un movimiento de su cabeza mientras tosía.

—¿Y cómo lograba acercarse a ellos? —añadí, siguiendo el hilo del tema.

—Cada caso ha sido particular. Siempre dependió de las circunstancias en las que he conocido a mis modelos.

—Deme un ejemplo —pedí.

—Uno de los últimos retratos que hice fue de una jovencita a la que conocí en un restaurante. Ella trabajaba como mesera y no pude quitarle la vista de encima en toda la noche. Cuando me estaba por ir, le pregunté su nombre y la invité a tomar un trago. Ella aceptó de inmediato. —Hizo una pausa—. Aunque no lo crea, doctora, antes de que usted me conociera, yo era todo un conquistador.

—No lo dudo —admití sin pensarlo. En mi mente se dibujó la fotografía de los archivos en las que se mostraba al Artista con el cabello negro y color en sus mejillas, con la mirada altanera y una sonrisa que invitaba a la pronta travesura.

Iriuarte sonrió antes de continuar con su historia. Hablaba con extremada lentitud, arrastraba las sílabas casi sin separar sus palabras.

—Cuando llegamos a mi hogar, le mostré el taller de arte que había montado en el garaje y le ofrecí pintar un retrato suyo, dado que no podía dejar de observarla. La chica aceptó con gusto mi oferta —remarcó está última frase—. Usted verá doctora, siempre he pedido permiso a mis modelos antes de hacer el primer boceto, así que ninguno de ellos fue plasmado en acuarelas contra su voluntad.

—¿Su pareja tenía un rostro digno de modelar para usted? —pregunté. Me temblaba la voz.

—Todo lo contario. Sus gestos eran nulos e indescifrables. Me recordaban a los viejos bustos de mármoles romanos. Me hipnotizaba el misterio que rodeaba a sus emociones; aunque preferiría no hablar de ella cuando mi voz está siendo grabada. Se trata de un asunto personal, de una herida que aún no ha cicatrizado.

—Comprendo. Lo siento.

Apagué el grabador y me puse de pie. Fue un gesto repentino; un acto reflejo del que quizás me arrepentiría.

—¿Cuánto tiempo nos queda? —le pregunté a Iriuarte que, a pesar de no tener un reloj, siempre sabía qué hora era. En su cabeza contaba de alguna forma el tic-tac de mi muñeca.

—Poco menos de veinte minutos —murmuró y comenzó a toser.

Asentí con un movimiento de mi cabeza y le ofrecí otro caramelo de miel. También le entregué mi pluma y una hoja de mi cuaderno, de la misma forma que había hecho en nuestro primer encuentro.

—¿Dibujarías un retrato mío? —pregunté con sincera curiosidad.

—Claro, pero me cuesta plasmar a la gente que aprecio.

—Gracias —respondí, ignorando el comentario anterior. No creía que un asesino fuese capaz de sentir aprecio por otros humanos.

Volví a acomodarme en mi asiento y esperé en silencio que el guardia viniese por mí. No lo forzaría a seguir hablando cuando su garganta apenas si era capaz de emitir sonidos.

INTERLUDIO

El repiqueteo de mis tacones en la quietud de los pasillos era insoportable. Sentí la necesidad de romper el absurdo silencio que nos rodeaba. Busqué una excusa cualquiera, pobre, pero capaz de deshacer el hechizo mudo de la prisión.

—Me sorprende que haya ido a buscarme en persona, general. Usted suele dejar que los guardias se encarguen de escoltarme.

—Lo sé—admitió, aunque sin dar explicaciones al respecto—. ¿Ha hecho algún progreso con su paciente?

—Eso creo. Las últimas grabaciones explican el modo de elección de víctimas, así como también parte de su retorcida lógica. Creo que El Artista se está abriendo a mí poco a poco —contesté.

—Esperemos que nos entregue la información faltante en los próximos días. Debería apurarse, doctora Gallardo.

Aparté mi mirada del suelo para clavarla en el semblante de mi jefe.

—¿A qué se refiere?

—A ese psicópata no le queda mucho tiempo —exclamó con una amplia sonrisa dibujada en su rostro—. De hecho, esta mañana creímos que había muerto. No reaccionaba ni a mis gritos ni a los golpes que le di. Llamé al forense para que lo revisara y nos dijo que aún seguía con vida, así que lo llevamos a la enfermería para revivirlo. —Le restó importancia al asunto—. Cuando despertó casi al mediodía, preguntó qué hora era y si usted vendría a verlo. Dijo que quería hablar con su psicóloga. Supuse que el criminal sabía de la gravedad de su estado y querría hacer una confesión completa con la información faltante.

Se está muriendo por el modo en el que lo tratan ustedes, pensé. Quise gritar mis ideas. Deseé tener la fuerza suficiente como para tomar al general del cuello hasta asfixiarlo. Pero no podía, no debía. Mi conciencia era demasiado fuerte y no sucumbiría a un impulso de graves consecuencias.

—Mañana —añadió el general—. Mañana deberá obtener los datos faltantes sobre el paradero de los cuerpos decapitados de sus víctimas. ¿Entendido?

Asentí con mi cabeza. Sentía deseos de vomitar.

Cerré mi puño con fuerza en el bolsillo de mi abrigo. No podía hacer nada al respecto. Iriuarte moriría pronto y yo sería transferida a otro paciente.

—Sabe algo, doctora, ha llamado mi atención el comportamiento de este criminal. Cuando el médico recomendó dejarlo en la enfermería por un par de días, el psicópata comenzó a gritar y a intentar zafarse de los grilletes. Pero dudo que pueda adivinar lo que demandaba.

No contesté. Esperé por la respuesta.

—Dijo que los hombres, sin importar sus acciones, merecen morir con cierta honradez y pidió a gritos una ducha y que lo afeitaran. —Hizo una pausa—. Accedimos a darle un baño de agua helada porque el olor a sangre seca mezclada con sudor es repugnante y no quisimos incomodarla a usted en su entorno de trabajo. —Me observó como si esperase que se lo agradeciera, pero ante mi silencio, continuó hablando—. ¡Ja! ¿Quién se cree que es esa basura? ¿Piensa que puede darnos órdenes y hacer pedidos? Creo que la deshidratación le ha carcomido la mente. Ha olvidado cuál es su lugar. Por suerte, pronto nos desharemos de él. Incomoda a todos mis empleados.

Me negué a contestar por tercera o cuarta vez.

—Veo que a usted también le desagrada. No puede siquiera responderme. —Me colocó una mano en el hombro—. No se preocupe, doctora, pronto tendrá la oportunidad de atender a un paciente con más ganas de cooperar.

Cubrí mi boca con ambas manos.

Estuve a punto de vomitar.

QUINTA SESIÓN

No solo me vestí de color guinda por segunda vez, sino que también escondí en mi bolso caramelos, medicina y la foto de un pastel a modo de obsequio —ya que no podría llevarle uno real—. Me había pasado la noche en vela entre preparaciones e ideas. La medicina líquida la coloqué en el recipiente vació de lubricante para mis lentes de contacto y las golosinas las escondí entre mis otras pertenencias.

Facundo Iriuarte era un asesino y la prisión se había convertido en su nuevo hogar. Pero más allá del merecido confinamiento, yo era incapaz de tolerar el trato inhumano que mi paciente estaba atravesando. Mi corazón pedía a gritos que denunciara a la institución por transgredir los derechos humanos, pero mi cabeza comprendía que lo que yo dijera no cambiaría nada y me haría perder el trabajo.

Sabía que mi nivel jerárquico dentro de la organización era mínimo y que el ingreso de medicina pondría en riesgo mi empleo. Sin embargo, mi conciencia gritaba con desesperación que era mi deber ayudar a que los últimos días de El Artista fueran dignos de un ser humano.

Caminé por los pasillos, desbordante de determinación. El eco de mis zapatos era más fuerte que en ocasiones anteriores porque a cada paso que daba, sentía más seguridad. Por unos minutos, creí que era invencible.

Llegué a la celda.

Me despedí del guardia en el umbral y esperé a estar a solas con Iriuarte.

Clavé mis ojos en los suyos y sonreí. Él imitó el gesto.

—Buenos días, Anto —susurró. Movió luego un dedo tembloroso que señalaba al espacio detrás de la puerta—. Terminé el boceto, pero no sé si será de tu agrado —explicó.

Volteé con la ansiedad típica de una niña pequeña a la que le acaban de entregar un obsequio.

Obsequio… recordé las palabras de Iriuarte en una de nuestras sesiones previas y sonreí. Mi rostro le diría si me ha gustado el dibujo o no.

Caminé hasta la puerta para recuperar mi pluma y el dibujo. Luego, me acomodé en mi asiento y analicé la ilustración.

Escasas líneas daban forma la silueta de mi rostro. Cada detalle había sido captado a la perfección entre una superposición caótica de trazos débiles que se esforzaban por delimitar las bases de mi retrato.

Sonreí sin siquiera pensarlo. Luego, me mordí el labio con cautela al recordar que yo podría haber sido una de sus víctimas.

—Es excelente —murmuré.

No obtuve respuesta.

—Me pregunto qué te dice mi expresión al observar el boceto.

Nada.

La cabeza de Iriuarte descansaba; caía de lado sobre uno de sus hombros. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa plasmada en el rostro.

Me puse de pie en un salto como respuesta involuntaria a la preocupación que me invadía. No pude acercarme a él, estaba inmóvil. Paralizada ante la escena.

Facundo Iriuarte, El Artista, había muerto.

La hora pasó en un parpadeo.

No recuerdo el tic-tac de mi reloj ni los pasos del guardia que me escoltó hasta la oficina de mi jefe.

No recuerdo tampoco la conversación que tuvimos ni el nombre de mi siguiente paciente.

No recuerdo en qué momento le entregué las grabaciones al general ni tampoco haber abandonado la prisión.

Recuerdo otra noche de insomnio, carente de pensamientos.

Una noche llena de nada. Una noche colmada de todo.

Una noche en la que solo observé el boceto de mi rostro que se había arrugado entre mis torpes dedos.

EPÍLOGO

 El fin de semana llegó con prisa. Esta vez había hecho planes, aunque estos no incluyeran más que a mi propia soledad.

Abandoné el departamento poco antes del mediodía y recorrí la ciudad en el transporte público porque mi mente no lograba concentrarse lo suficiente como para conducir.

Tres serían mis paradas a lo largo de la jornada.

Primero iría a hacer una consulta con un profesional del arte, luego pasaría por la florería en busca de un ramo para mi paciente. Por último, me despediría con formalidad frente a la fosa común del cementerio municipal donde enterraban —arrojaban— a los prisioneros que alcanzaban por fin su libertad.

En mi primer destino caminé entre estanterías colmadas de oleos y acuarelas, atravesé un laberinto de pinceles y atriles hasta que en fondo divisé al dueño.

Me acerqué con prisa.

Conversamos durante algunos minutos en los que intenté explicarle la importancia del trozo de papel arrugado que quería enmarcar.

Resignado ante mi insistencia, el hombre aceptó el pedido y analizó el boceto con curiosidad.

—¿No importa que el enmarcado arruine la dedicatoria? —preguntó.

—¿Qué dedicatoria?

Le arrebaté el retrato de sus manos para observarlo una vez más.

—En el reverso —explicó el dueño del negocio.

Con caligrafía apenas legible, decía:

Anto: podrías haber sido mi obra maestra. El mejor retrato de mi carrera. Facu.”

—No. No importa si se arruina el texto.

FIN                

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