Sara

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Para Sara.

A Sara la trajeron las olas que susurraban su nombre junto al pueblo pesquero de Baidén. Llegó bajo las luces crepusculares de un atardecer que se apagaba lentamente en el horizonte. Su sonrisa la pintaron los tonos rosados del ocaso y la arena tiñó sus cabellos. Cinco ninfas recortaron su silueta y le cosieron un alma creada especialmente para ella; la bordaron con el aroma de flores silvestres y la calidez del suelo árido. Por personalidad le otorgaron una ventisca rebelde e impredecible y escondieron dentro suyo las alas soñadoras de las aves que migraban siempre en busca de aventuras. Las ninfas encerraron dichos elementos y un sinfín de dones en un molde humano y cantaron por diez noches la melodía de creación.

No era princesa ni plebeya. Era Sara. Dama única e irrepetible. Deidad destinada a proteger Baidén.

No había en el pueblo quien no conociera a Sara. Su nombre era bendición y tortura. Contradictorio. Una chica amada por su calidez y sinceridad, aunque temida por su rebeldía y valor.

De ella hablaban jóvenes y adultos, hombres y mujeres. Sara estaba en boca de todos, su nombre se había convertido en parte del diccionario cotidiano de Baidén.

Sus hazañas y locuras eran leyenda en la comarca. Comerciantes de todo el reino mantenían largos debates sobre la veracidad de algunas de las historias que rondaban por los bares.

—A mí me han dicho que hace poco salvó a su pueblo del ataque de un fénix — aseguraban algunos.

—Eso es imposible, aunque yo escuché que se sumergió en el océano por casi media hora para rescatar a un pequeño que había caído del muelle —clamaban otros.

—Dicen que su capa es de piel de unicornio.

—Y que gracias a ella pudo matar al viejo dragón que habitaba en las cuevas del monte Imdur —corroboraban los más charlatanes.

—Yo creo que es una bruja. Aseguran que destruyó la aldea de Fabder. —Unos pocos le temían.

Los rumores iban y venían, transfigurando así la identidad de la doncella.

Que es rubia, morocha o pelirroja. Que es alta o petiza. Todos poseían una versión distinta del asunto, y eso fue lo que le permitió a Sara escapar de Baidén sin que nadie lo notara.

A Sara la envolvió su rebeldía y las alas alzaron vuelo en su corazón. Con la vieja capa cubriéndole el cabello, subió a un bote pesquero y se marchó sin avisar.

Su nombre se convirtió en un mito extendiéndose por los sinuosos caminos del reino, llegando hasta los rincones más alejados del continente. Muchos aseguraban haberla conocido en sus ciudades y los más atrevidos la nombraban a modo de defensa.

Cuando no se hablaba de Sara, el tema de conversación era el rey; sus ridículas medidas económicas y la enfermedad que deterioraba poco a poco sus músculos.

Sara había oído hablar del rey. El rey había oído hablar de Sara.

Ella tenía en claro cuál era el problema. Él no le daba importancia a los rumores.

Sara estaba destinada a la grandeza. Baidén le quedaba chico.

Sara era rebeldía y ambición.

Dos años le tomó llegar a la capital, y tan solo una tarde en presentarse dentro del palacio. Desafió, desarmada, a cada soldado que encontró a su paso y arribó finalmente a los aposento de su majestad.

—¿Eres humana? —preguntó el soberano, sorprendido. Descansaba en su lecho, incapaz de ponerse de pie.

—Soy Sara —contestó ella.

—¿Me encuentro acaso frente a mi verdugo? —insistió el rey.

—Se encuentra frente a Sara —repitió la joven.

—¿Quién eres, leyenda o realidad? ¿Enviada de los dioses o de los demonios?

—Soy Sara, ni humana ni divina. Sara, mujer de vientos cambiantes. Hija del mar y la libertad. Mi nombre significa princesa, más no llevo tiara ni corona. Mi dominio es el mundo y mi ascendencia, la vida misma. Soy Sara, protectora de Baidén. Soy Sara, destinada a la grandeza y a alcanzar toda meta que me proponga.

—¿Y qué te propones?

El silenció se apoderó del palacio. Incluso las paredes contenían la respiración a la espera de una respuesta.

Sara rió.

Estalló en carcajadas primaverales, sonoras aunque armoniosas. Su risa rebotó en las paredes y se extendió por los pasillos, perdiéndose entre las viejas armaduras decorativas.

—He venido a ofrecerle una libertad impuesta. Me trajeron las corrientes invernales que pedían a gritos el abrigo de estas tierras. Mi misión es sencilla, he venido a salvarlo de usted mismo, su alteza.

—Explícate.

—Vivo siguiendo un camino forjado paso a paso y mi deleite es el renombre obtenido por mis hazañas. Hago lo que considere correcto sin importar que esté contra las reglas. Soy Sara y he oído rumores sobre su malestar. Traigo conmigo la cura.

—Entrégamela —exigió el gobernante con clara desesperación.

—No es un vial o un alimento. Me es imposible colocar la cura en sus manos. Pero he de sanarlo, se lo aseguro.

De su bolsillo, Sara sacó una daga en forma de luna menguante.

—¿Es la muerte mi salvación?

Ella no contestó. Se acercó al lecho y cortó velozmente la sombra del rey. De la separación se forjaron gruesas raíces que crecían conforme pasaban los segundos.

—Su enfermedad fue el destino —aseguró Sara, aún cortando las raíces que amenazaban con enredarse alrededor de las piernas del gobernante—. Su alteza, a usted lo ha herido el trono que lo ha arraigado a este maldito palacio. Con los cortes de la cuchilla nocturna, lo libero de sus obligaciones y posición. Abandone inmediatamente sus preocupaciones; colóquelas en una vasija de barro y permita que naveguen a la deriva hasta ahogarse en su soledad.

—¿Y qué haré? —preguntó el rey, más para sí mismo que para Sara. El color comenzaba a regresar a sus cabellos y mejillas; las pronunciadas ojeras se aligeraban lentamente hasta esfumarse de la piel.

—Sea libre como ha nacido. Libre como es la naturaleza humana. Gobierne, pero viva, y las raíces no regresarán.

—¿Cómo podré pagarte?

—No necesito dinero ni promesas. Solo le pido que recuerde mi nombre y que esparza sin vergüenza esta hazaña. Que los niños canten mi nombre y en las escuelas se hable del día que Sara salvó a su rey —pidió ella.

—Serás grande, Sara. Tu nombre quedará grabado en las futuras generaciones. Se escribirán odas a tus aventuras y se alzaran en mi reino estatuas ostentando tu rostro.

Así fue.

A Sara se la llevó el mismo viento que la trajo, desdibujando su figura entre las sombras del reino. Está allí, y al mismo tiempo no está. Se la ve cuando quiere ser vista y no hay quien no haya oído hablar de ella.

Algunos aseguran que ha regresado a Baidén, otros creen que vive en el palacio.

Sara está en todos lados.

Sara es la brisa que refresca por las tardes y la lluvia que alimenta a las cosechas. Sara es rebeldía y equilibrio.

A Sara la trajeron las olas que susurraban su nombre junto al pueblo pesquero de Baidén. Sara ha llegado al mundo para quedarse, para cambiarlo todo. Sara está destinada a la grandeza; soberana de todo, dueña de nada.

 

Fin
Por Nathalia Tórtora
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