La otra mitad

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Ella llevaba un fino collar y el cabello recién cepillado. Él, en cambio, tenía los bigotes torcidos e iba despeinado. Pertenecían a dos estratos totalmente diferentes. No estaban destinados a encontrarse en los lugares que frecuentaban y sus vidas diferían incluso más que el agua y el aceite. Sin embargo, y contra todas las posibilidades, el encuentro sucedió.

Todo pasó una mañana otoñal en la plaza que se encuentra junto a la Facultad de Medicina. Él había salido a dar una vuelta bastante temprano. Partió de su casa cerca de la estación de tren de Once y, sin tener rumbo fijo ni horarios, decidió sentarse a descansar bajo un árbol de aquel parquecito. Ella no tuvo tanta suerte. Había salido de paseo por Palermo Soho con una señora mayor con quien compartía el departamento; sin embargo, la distrajo una llamativa vidriera y, al voltearse, su acompañante ya no estaba. Ella era nueva en el barrio y, sintiéndose totalmente perdida, comenzó a caminar hasta terminar en la plaza previamente mencionada. Se encontraba realmente cansada y deprimida. Solo deseaba volver a su aseado hogar y dormir una buena siesta junto a la ventana.

La hembra decidió sentarse bajo el mismo árbol que el macho, pero no lo vio.

Él se estaba quedando dormido cuando notó que otro ser se había aproximado. Abrió sus ojos, ligeramente molesto, buscando a quien descaradamente lo acababa de despertar. Su mirada encontró la belleza inmaculada de una cabellera dorada como el sol pero, advirtió velozmente que la tristeza se reflejaba en sus ojos esmeralda. Se sentó sigilosamente y acomodó un poco su propio pelo antes de acercarse a la desconocida.

Ella pareció asustarse al ver como el moreno se aproximaba lentamente, pero no podía permitirse admitir su temor.

Se miraron fijamente a los ojos y, a cada paso que él daba, con cada centímetro menos entre ellos, notaron que se necesitaban el uno al otro. No hay explicación lógica para el amor, especialmente en ciudades como Buenos Aires donde todo se vale y abunda lo impredecible.

Ambos sonrieron y se analizaron en silencio por varios minutos hasta que, luego de un rato, él decidió tomar la iniciativa. La invitó a comer algo a su hogar; una casita de chapa junto a la vía, donde el sonido del tren aplacaba cualquier otro ruido y robaba el sueño de los vecinos.

No tenía mucho para ofrecerle, solo unas galletitas duras y algo de agua de lluvia.

Fue suficiente.

Ella se quitó el collar y decidió permanecer al lado del extraño, viviendo aventuras y explorando paisajes que jamás hubiese creído encontrar en tan monótona ciudad de bloques de concreto y cucarachas de metal.

Nunca regresó al departamento de Palermo Soho y aprendió que los mejores alimentos no venían en latas de supermercado.

Se mudaron, poco después, a un terreno baldío cerca de Caballito, donde nadie los molestaría. Pronto formaron una hermosa familia que, de no haberse encontrado, jamás hubiera existido.

Y así, cada noche enredaban sus colas y ronroneaban, felices. Libres y completos, junto a su otra mitad. Sin cascabeles ni atún, sin juguetes ni caricias humanas. Se tenían el uno al otro y eso bastaba.

 

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