Entrevista laboral

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Podría haber sido el mejor día de mi vida, o al menos uno muy bueno. Tenía que presentarme a una entrevista laboral para un puesto que seguramente conseguiría, pero las cosas nunca salen como uno las planea.

Debí haber notado los pequeños indicios: la leche cortada, el agua de la canilla con gusto a lavandina o incluso el celular ya sin batería por no haberlo enchufado bien. Sin embargo, al despertarme, esos detalles me parecieron nimiedades. Los ignoré.

Me afeité con cuidado, mas no sin cortarme un poquito del lado derecho, donde mi rostro se encuentra con el cuello; en aquel punto que tanto me costaba mantener suave. Presioné un rollito de papel higiénico húmedo contra la herida hasta que mi piel volvió —más o menos— a su tonalidad normal.

Siendo incapaz de prepararme mi café cortado, decidí vestirme velozmente para poder tomarme un cappuccino en la estación de tren.

Otro pequeño detalle salta a mi vista ahora; la camisa cuadrillé no estaba tan bien planchada como pensé y el nudo de la corbata me quedó torcido. Nada demasiado grave, de hecho, era difícil notar aquellas pequeñeces.

Agarré la copia de mi curriculum que había preparado la noche anterior y salí de mi departamento. Saludé a doña Esmeralda que estaba preparando sus herramientas para baldear la vereda y me marché con una sonrisa en el rostro rumbo a la entrevista de trabajo.

Mi abuela siempre decía que es mejor prevenir que lamentar. Por ello decidí dejar el cafecito para la vuelta, cuando ya no tendría un horario y mi ropa podría tolerar una o dos gotas marrones.

El tren tardó más de lo que pensé, y como cuenta la leyenda del ramal Sarmiento, estaba lleno hasta las pelotas —como siempre—. Con un par de “permiso” y “disculpe” logré abrirme paso entre la multitud que se amontonaba en la puerta del vagón, y llegué hasta un pequeño espacio contra la pared, entre una parejita apasionada y un borracho con olor a no haberse duchado en semanas y haber usado la ropa interior como pañal. Temí que su aroma se impregnara en mi ropa, dando mala impresión. Pero nada podía hacer.

En Liniers el tren explotó. No literalmente, pero casi. Una oleada de gente se apresuró a descender, mientras la furiosa horda que esperaba en la estación se abría paso a los empujones.

Y luego de un buen rato, el tren llegó a Once. El tiempo no me sobraba, pero tampoco estaba retrasado, así que me permití esperar unos minutos antes de abandonar el vagón. De esa forma podría caminar cómodamente por la estación.

Salí de una lata para entrar a otra, al subte que no estaba ni la mitad de lleno que el Sarmiento. Y con esto me refiero a que las puertas cerraban sin necesitar tantos empujones.

En menos de quince minutos ya estaba nuevamente en las calles, preguntando direcciones en todos los quioscos y esquinas, como buen pueblerino que no va a Capital Federal más de una vez al año y se sorprende ante las más sencillas innovaciones tecnológicas de la ciudad, como por ejemplo las pantallas frente al Obelisco.

“Doble en Corrientes, camine hacia el rio hasta encontrar Viamonte y mándese para el lado de la Santa Fe.” Con esas indicaciones recorrí unas veinte cuadras, pasando varias veces por la misma esquina hasta que el reloj me recomendó tomar un taxi.

Llegué a la oficina apenas cinco minutos antes de la hora citada. Mis manos debieron esconderse en los bolsillos para ocultar que comenzaban a transpirar. Caminé hasta el escritorio semicircular y hablé con la recepcionista, anunciando mi llegada e intentando calmar mis nervios con una breve conversación sobre el clima.

“Vaya al segundo piso, oficina 203,” dijo ella, señalando el ascensor. Yo asentí en silencio y me dirigí a mi destino.

Golpeé la puerta suavemente y esperé recibir autorización para ingresar. Al no obtener respuesta, insistí. Y luego de casi un minuto, un señor regordete me abrió la puerta. Parecía malhumorado.

Mi nombre es…” empecé a decir. Pero él me señaló el escritorio y me explicó que no necesitaba hablar conmigo aún. Simplemente tenía que rellenar un par de formularios.

Suspiré y me senté frente a los papeles.

Las preguntas me parecieron un tanto exageradas para una entrevista de un estudio contable

¿A qué edad empecé a tener relaciones sexuales? ¿Si mi padre estuvo alguna vez en la cárcel? ¿Por qué no tengo otro trabajo? ¿Si alguna vez formé parte de una organización criminal? ¿De qué murieron mis abuelos? ¿Y mis bisabuelos? ¿De qué se van a morir mis hijos y nietos? ¿Si tengo perros, gatos, salamandras, cacatúas o pingüinos por mascota? ¿Cuántas tarjetas de crédito tengo? ¿Con quién vivo? ¿Si soy creyente?

No sé, una ridiculez.

Mentí. Mentí de pi a pa. O sea, en todo. Mi nombre es Bond, James Bond. Y a mi bisabuelo lo mataron los líderes de la mafia Guaraní por estar traficando cabezas reducidas desde África. Mi mascota es una jirafa enana y yo qué sé. Mentí descaradamente, inventé una historia tan irreal y absurda como sus estúpidas preguntas. Estaba enfadado porque seguramente todo este asunto del estudio contable era una farsa para robarme o estafarme.

Y me fui con un amable saludo y recibiendo la promesa de un futuro llamado telefónico que supuse nunca llegaría.

Me tomé el cafecito en la estación  y regresé a mi rutina de desempleado que vive del estado. Al menos creo que descubrí mi vocación, me voy a dedicar a ser escritor.

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