DESENCUENTRO

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(NOTA: Esto lo escribí cuando tenía 13 o 14 años. No es una gran historia, pero quería compartirla)

 

Ella está en su casa, arreglándose para salir. Intuye que algo especial va a pasar, aunque no logra descifrar qué será. Su instinto no le ha fallado jamás. Éste podría ser el día más importante de su vida. Tendría finalmente una cita con él, con el chico de sus sueños; ese joven del que llevaba tanto tiempo enamorada.

La muchacha se mira en el espejo y el reflejo le devuelve una sonrisa. Se ve bien, mejor que nunca. Su cabello rojo parece una llamarada encendida que contrasta enormemente con su piel de porcelana. Definitivamente hoy será un día especial.

La joven levanta la vista y observa el reloj que cuelga de la pared lateral. “Se hace tarde” piensa, preocupada, mientras prepara su cartera.

Él es muy impaciente. Se levantó temprano para darse una ducha y prepararse. Además, es olvidadizo y llega al punto de encuentro dos horas antes de lo acordado. Mira el reloj. Sabe qué es temprano, pero la ansiedad lo consume. Está decidido. Quiere que ella sepa la verdad y sea suya para siempre.

Apoya la espalda contra un poste de luz y se acomoda la ropa. Los nervios carcomen su alma y necesita ir al baño. “Entraré a una cafetería” piensa, mientras comienza a caminar en dirección al establecimiento de la cuadra siguiente; “después de todo, aún tengo tiempo” dice en su cabeza.

Ella luce un vestido negro ajustado; él se ha colocado pantalones oscuros y una camisa blanca. Ella usa zapatos de taco alto y él zapatillas de marca.

Antes de salir, ella lo llama, pero él no atiende. La joven supone que el chico está con otra persona; que no le da importancia al encuentro. Decepcionada, piensa “no iré a verlo” y se sienta frente al televisor. Pone caricaturas para relajarse.

Su celular suena, pero él no logra encontrarlo. Sabe que es ella, quiere atenderla y hablarle; anhela oír la voz de su chica. Cuando encuentra el aparato en el bolsillo trasero del pantalón, ya es demasiado tarde. Ella colgó y él no tiene saldo para llamarla nuevamente. Maldice.

Ella se inquieta, no sabe qué hacer. Se levanta y se sienta; se mira al espejo y vuelve a la puerta; toma su cartera y la deja luego sobre la mesa; busca las llaves y las guarda nuevamente. Ella quiere verlo, pero ahora no está tan segura como antes.

Él vuelve a mirar el reloj, la hora se acerca. ¿Dónde está el anillo? se preocupa al notar que ha olvidado el regalo, deberá comprar otro. No puede dejar pasar esta oportunidad. Quería pedirle matrimonio desde hacía ya varios años.

Pregunta a un transeúnte que le indica la dirección de una joyería cerca del lugar. Corre a comprar un nuevo anillo de compromiso y, de paso, a cargar crédito en su celular.

Ella finalmente decide salir; abre la puerta. Sabe que va llegar tarde y piensa, “ojalá me espere”. Realmente desea verlo. Recuerda su rostro, pálido y sonriente; el cabello claro y los ojos azules. Le encanta.

Apresurada, toma un taxi.

Él consigue comprar un anillo similar, sabe que a ella le gustará; es de plata con un pequeño rubí en forma de corazón. No quiere perderla, necesita tenerla a su lado por siempre.

Vuelve al punto de encuentro, pero hay una manifestación. Él busca su celular, le manda un mensaje avisándole sobre el nuevo punto de encuentro a pocas cuadras de allí. Espera que ella lo lea.

Ella mira por la ventana. “qué hermoso día” piensa mientras busca su celular para escuchar música. Lo ha olvidado sobre el sofá. No puede volver, ya es tarde.

Él está nervioso, pero feliz. Realmente desea pedirle que se convierta en su esposa.

Ella vuelve a mirar por la ventana, el vehículo lleva diez minutos detenido por culpa de una protesta. “Llegaré muy tarde” se preocupa la joven mirando su reloj una y otra vez.

Ya es la hora y ella no aparece. Él entristece, mas intenta mantener viva la esperanza; “seguramente se perdió”. La llama, pero ella no atiende. “Le han robado” cree, frustrado.

 Suspira, “tal vez no tiene saldo” trata de autoconvencerse. Finalmente, decide esperar un rato más.

Media hora más tarde, ella llega al sitio pactado. Él no está allí. “No me ha esperado” cree, decepcionada. Piensa que a él no le importa. Se muerde el labio hasta hacerlo sangrar y decide esperar, “tal vez él también esté retrasado”.

Pasan las horas y ninguno llega. Ella lo espera inútilmente, mientras él cree que ella no desea verlo. Ambos se cansan, se van a sus casas poco antes del anochecer.

“No quiero volver a verlo” piensa ella. “Solo juega conmigo” cree él.

El día se apaga, el sol cae y comienza a llover. Las calles se vuelven grises y el cielo violáceo. Las estrellas atestiguan el desencuentro y temen que, tal vez, ellos no estén hechos el uno para el otro.

Él quiere decirle que la ama, pero piensa que a ella no le importa. Ella lo adora, pero desde que estaban en el secundario, siente que él solo la considera una amiga. Son demasiado tímidos. El destino lo sabe y ríe al jugar con sus sentimientos.

Ella llega a su casa y toma el celular. Tiene un mensaje. Lo lee y llora, “esto me pasa por tonta”, se dice a si misma mientras marca el número de él.

Él también regresa a su hogar, el teléfono está sonando. Sabe que es ella, pero no la atiende; seguro quiere burlarse de él por haberla esperado en vano.

Es de noche, quieren dormir y no pueden. Él piensa en ella y ella piensa en él. Ambos se levantan, toman el teléfono e intentan llamarse, pero encuentran la línea ocupada e imaginan que son poco importantes para el otro.

Ella le escribe un mensaje que dice “Perdón por lo que pasó. Te quiero mucho.”. Él lo lee, incrédulo, y contesta “Yo también te quiero”.

Ambos lo toman a broma. Sienten que el otro se está burlando.

Ella sabe que tienen mucho tiempo, les queda toda la vida por delante. Él también lo sabe, pero quiere pasar todo el tiempo posible a su lado.

Se aman.

Se necesitan.

“Nos vemos mañana” envía él. Ella le responde, “vení a mi casa a cenar”. Pero ya es demasiado tarde, él se había asomado al balcón para tener señal y dejó caer accidentalmente su celular. No recibe el mensaje y, al día siguiente, ella lo va a esperar en vano una vez más. Ilusionada.

El destino les juega en contra.

 

 

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