Joaquín y Morena

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—Sos un pelotudo —dijo ella cuando sus labios se separaron. Sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas—. En serio ¿por qué no lo hiciste antes? —le reprochó.

Se habían encontrado a tomar un café en Palermo luego de diez años. Muchas cosas habían cambiado en la última década. Morena se había casado, mudándose al interior del país, a Rosario. Y Joaquín, seguía como siempre, intentando terminar alguna carrera corta que no le gustaba y trabajando frente a una pantalla en quién sabe qué empresa.

—No me daba la cara —respondió él. Tenía la cabeza gacha y no se atrevía a mirar a la chica a los ojos—. Además, sabés que las cosas no iban a marchar ni para adelante ni para atrás —hizo una pausa—, ni para los costados. Yo no sirvo para esa cosa de enamorarse. No es lo mío.

—Sos un pelotudo —repitió Morena.

Su mente viajó al pasado, recordando una conversación que tuvo con sus amigas poco antes de la boda. Les había dicho con sinceridad, y desde el fondo de su corazón, que había solo una cosa, una persona, capaz de hacerla cambiar de opinión y cancelar el casamiento. Joaquín. Si él le pedía que no se casara, ella no lo haría. Porque por él, Morena daría todo, haría cualquier estupidez. Pero como siempre, él no hizo nada. Dejó que la vida les pase largo y se llevase cada oportunidad, sin siquiera intentarlo.

Las amigas de Morena se oponían al matrimonio. No sentían gran aprecio por el novio y temían que la chica no estuviese tan enamorada como decía. Pero a pesar de los consejos y advertencias de las chicas, ella se casó. A Joaquín tampoco le agradaba el novio, y al novio no le agradaba Joaquín o las amigas de Morena; pero a ella todos la querían tanto que habían firmado una tregua tácita para no lastimarla.

Hay que admitir que hasta el último segundo antes de dar el sí, Morena soñó despierta con que Joaquín apareciera como en las películas y dijera que se oponía. Pero estaba cansada de esperar y su vida no era una película.

Se había enamorado de Joaquín desde que se conocieron, cuando aún estaban en la secundaria. Por varios años, ella no bajó los brazos aunque la cosa no funcionaba, él no le daba ni la hora. No hay que malinterpretarlo, se llevaban muy bien. Salían todos los fines de semana: al cine, a la librería, al teatro, a caminar por ahí; siempre tenían algo de qué hablar. Y cuando el día acababa y debían regresar a sus hogares, se mandaban mensajes con el celular hasta llegar a sus casas. Después de cenar, se llamaban por teléfono para continuar con la conversación. Eran muy unidos, pero Joaquín nunca mostró el más mínimo interés por Morena.

Sin embargo, cuando se cruzó en su vida un hombre que la quería con todo su corazón, la chica se rindió. Se cansó de esperar. Le dijo adiós a Joaquín en un café de Caballito y nunca más lo vio.

Alrededor de diez años habían pasado, quizás un poco más, tal vez un poco menos. Ellos no habían cambiado demasiado. Morena aún lucía su cabello color caramelo a la altura de los hombros y escondía sus enormes ojos verdes detrás de anteojos de sol. Él tenía el pelo negro como la noche al ras de la cabeza y sus ojos marrones denotaban cansancio y estrés.

Morena le había contado que regresaría a Buenos Aires a visitar a su familia por unos días y que quería verlo. Al principio, Joaquín se negó. Inventó tantas excusas como pudo, pero se vio obligado a ceder ante la insistencia de la chica.

Y allí estaban, frente a frente, a punto de regresar a sus hogares. En medio de la despedida, él se había atrevido a robarle un beso tan suave como la brisa y ella se deshizo en lágrimas.

Ya era muy tarde.

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