El geriátrico

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—Susana, te digo que ese tipo es un monstruo. Me mandó a matar, quiere asesinarme.

—Basta, mamá —respondió la mujer, cansada de oír esas historias—. ¿Vos escuchás lo que me acabás de decir? ¿Qué carajo le importa al presidente si vos no sos de su partido? ¿Cómo te va a mandar a matar si no sabe quién sos?

—Te digo que ese hijo de puta me quiere muerta. Si hasta mandó dos nuevas enfermeras al hogar para que me envenenen —insistió María Rosa. Cuando una idea se le metía en la cabeza, no había quién pudiera quitársela.

—Mamá, escuchame. Nadie quiere matarte, y mucho menos el presidente; no se va a tomar el tiempo de ir a matar a cada persona que le cae mal. Además no te conoce, dudo que le preocupe una pobre jubilada.

—Jubilada y pensionada con Pami y ahorros en el banco —corrige la anciana—. Te digo que me quiere matar, tiene rencor porque tu padre era militante de la oposición. Vos también tené cuidado, Susy, que seguro va por vos apenas termine conmigo.

Entre ellas, dos tazas desteñidas de la época del ñaupa y algunos bizcochitos Don Satur que sobraron de su encuentro anterior. El gato de Susana se paseaba entre sus piernas en busca de atención, pero las mujeres estaban enfrascadas en su extravagante debate.

La radio sonaba a lo lejos. Casi inaudible. Pasaban un tango de Di Sarli de esos que todos han escuchado alguna vez en su vida, aunque no lo recuerden.

El silencio entre madre e hija era insoportable. Ninguna de ellas deseaba elevar la discusión y convertirla en una disputa, pero eran tercas. De tal palo tal astilla; no pensaban ceder en sus perspectivas.

—Me tenés cansada con esa historia, ma’. Te digo que nadie quiere matarte. —Susana golpeó la mesa casi en un acto reflejo y volcó sobre el mantel lo poco que le quedaba de té—. ¿Ves, mamá? ¡Mirá qué nerviosa me pusiste! Casi rompo las tazas de la bisabuela.

—Dejate de joder con las cosas viejas. Comprate unas tazas limpias de una buena vez. Por mí, qué se rompan todas las antigüedades que tirás por la casa. La guita no te falta.

—Es que no entendés nada. No son cosas viejas. Son antigüedades y tienen valor histórico. Pero, ¿qué vas a saber vos, ma’? ¡Si ni leer podés! —gritó la más joven. Enseguida, Susana se cubrió la boca con ambas manos. Se había dejado llevar por el malhumor—. Perdoná, ma’. Pero a veces me sacás canas verdes —se disculpó en un susurro.

—No importa. El asunto acá es que no puedo volver al geriátrico porque me van a matar. Yo lo sé. Hasta me lo confirmo la Pochi, ella vio cuando ponían algo raro en mi puré. Por eso no lo comí.

—Ma’, la Pochi está más loca que una cabra —se quejó Susana, todavía sin medir sus palabras—. Los hijos la dejaron en el geriátrico porque se levantaba a la madrugada y empezaba a gritar que los marcianos le habían secuestrado al perro.

—Pero el perro no está.

—Porque se les escapó, mamá, por favor. No digás pavadas.

—Susy, vos no entendés porque no viste a las enfermeras nuevas. Son casi iguales, como robots. Y cuando se miran, se hablan. No como te hablo yo a vos, con la boca. Ellas se hablan con la cabeza, con la mente. Se miran y se ríen cuando me ven; es porque están planeando envenenarme. Yo allá no vuelvo.

—Sí mamá, vas a volver porque en casa nunca hay nadie para poder cuidarte. Además, en el geriátrico tenés amigos, te ayudan con tus cosas, juegan al bingo, cantan tango. Todo eso en mi casa no lo podrías hacer —explicó. 

Susana le clavó la mirada a su madre con severidad. Le dolía ver cuánto había envejecido en los últimos años. Ya no se teñía el pelo de rubio como antes, ahora lo dejaba blanco, siempre en un rodete. La recordaba treinta años más joven, con sus zapatos de taco aguja y más maquillada que un payaso. María Rosa parecía ahora otra persona. Incontables arrugas surcaban su rostro y sus manos temblaban cuando agarraba la taza de té. Susana quería mucho a su madre; pero al igual que tantos porteños, no tenía tiempo de cuidarla. Entre el trabajo y las actividades de sus hijos, apenas si pisaba su casa para dormir. Y María Rosa necesitaba que la cuidaran, que la obligaran a tomar sus remedios y que la ayudaran a levantarse cada vez que se sentaba. Con su marido, Susana había pensado en contratar a una enfermera a domicilio, pero el país estaba tan jodido que no se atrevieron a meter a una extraña en su casa todo el día, con su madre ya anciana.

La única solución posible fue el geriátrico. No era uno de esos casones viejos que se venían abajo. Susana se había esmerado en conseguir el mejor sitio posible; un lugar con actividades constantes donde su madre pudiese sentirse a gusto. Era caro, pero quería lo mejor para María Rosa.

—Susana, ellas saben que te estoy contando esto. Cuando llegue, me van a escuchar lo que pienso y ahí me matan. No puedo volver —insistió la anciana.

—Hagamos un trato —dijo la hija, fingiendo que pensaba—. Hoy vas a volver. No pensés mucho en lo que me contaste. Andate a dormir directamente. Yo voy a buscar otro geriátrico. Apenas encuentre uno, te mudás —sonrió— ¿Podés resistir un par de días, mamá?

—Si hago de cuenta que estoy enferma y me la paso durmiendo, capaz —contestó María Rosa de mala gana.

—Entonces, ahora te llevo de vuelta. Prometo que te llamo todos los días para asegurarme que estés bien. —En el fondo, Susana esperaba que su madre se olvidara del asunto.

—Bueno, pero mirá a las arpías esas cuando me dejés. Quiero que las veas a los ojos. Te vas a dar cuenta enseguida que no son personas comunes. Tienen algo raro.

Terminaron de merendar pocos minutos después; el apetito se había marchado con la discusión. Dejaron las tazas sobre la mesa. A los Don Satur de seguro se los comería el gato. Pero a ninguna de ellas le importaba.

Subieron al auto de Susana. No hablaron demasiado en el camino; la hija ponía el foco enel tráfico mientras que María Rosa observaba el paisaje con resignación.

Entraron juntas al geriátrico cuando el sol ya comenzaba a esconderse entre los edificios de la ciudad. Sin detenerse en la recepción, se dirigieron directamente a la habitación de María Rosa. Allí se despidieron de mala gana.

Antes de salir, Susana decidió asomarse a la recepción. Allí, conversó con las dos chicas nuevas: unas muchachas de veintitantos años que eran muy buenas amigas y vestían como maniquíes del Alto Palermo. Les contó lo que su madre había dicho y les pidió que intentaran ignorarla y evitarla hasta que se le fuera la idea de la cabeza. Ellas respondieron con amabilidad y le dijeron que no tenía nada de qué preocuparse.

Ya más tranquila, Susana se marchó.

Sin embargo, el remordimiento empezó a carcomerle la cabeza ni bien dobló en la esquina. Le había prometido a María Rosa guardar silencio sobre lo ocurrido, pero temía que su madre intentara lastimar a las chicas si pensaba que la estaban envenenando. Ya era demasiado tarde para retractarse.

Cuando llegó a su casa, Susana le contó la historia a su marido. El hombre río ante la ridícula idea de personas que se hablan con la mente y que trabajan para el presidente, dijo que sería una buena idea para una de esas películas raras de Hollywood. Esto aligeró un poco la preocupación de su mujer, pero no lo suficiente.

Susana no podía dejar de pensar que había traicionado la confianza de su madre.

Incapaz de dormir, decidió sacar un turno por internet para que María Rosa viera al psicólogo la semana siguiente. Su madre confiaba en los médicos, así posiblemente consiguieran convencerla de que los marcianos no roban perros y la gente no se habla por la mente.

Encendió su netbook y bostezó. Confiaba en que el asunto estaría resuelto muy pronto. Navegó por internet hasta encontrar la web indicada. Revisó el calendario, escogió una fecha disponible, un horario conveniente y se mandó a sí misma la información para que no se le olvidara.

Luego, se dejó llevar por su preocupación y llamó al geriátrico para avisar que la semana siguiente iría a buscar a María Rosa más temprano que de costumbre.

Marcó el número.

La atendió el enfermero que cubría el turno noche.

—Disculpe que llame tan tarde —murmuró Susana. Su netbook decía que se acercaba ya la medianoche—. Soy la hija de María Rosa Montero de Bianco… —comenzó a decir, pero pronto fue interrumpida.

—¿De qué habla, señora? Creo que tiene el número equivocado —respondió el hombre—. Acá no hay ninguna mujer con ese nombre. Estoy mirando el listado de habitaciones. Capaz se confundió de geriátrico.

—¿No estoy hablando con La buena vida, sucursal de Palermo?

—Sí, señora —aseguró el enfermero—. ¿Puedo ayudarla con algo más?

Susana cortó y comenzó a llorar.

Las madres siempre tienen la razón.

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