La reina de la nada

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Zabrina cosió la abertura entre mundos con puntadas de sueños rosados. Utilizó punto cruz para asegurarse que aquella puerta no volviera a abrirse. Bordó su nombre con azuladas pesadillas y sonrió satisfecha ante su propia obra de arte.

Se pinchó el dedo meñique con la enorme aguja de bronce y anudó los extremos con gotas de sangre. Así quedó sellado eternamente un hoyo en el espacio, invisible a los residentes del otro lado. Inexistente para los ojos humanos.

“El parche”, como llamaban allí a las heridas de batalla que sufría el espacio, quedaría por siempre como recordatorio de una milenaria guerra que dañó a toda una realidad. Una cicatriz flotando en el aire, entre los restos de quemados árboles frutales que solían pertenecer al palacio del bando perdedor. Al hogar de Zabrina.

Recordó entonces lo que había divisado a través del hoyo y sintió un fuerte escalofrió.

 Felicidad.

Del otro lado, niños pequeños, sin colas ni alas, corrían detrás de un objeto redondo. Reían y bromeaban en un idioma desconocido para ella. Pero no cabían dudas de su felicidad, su alegría e inocencia. Los pequeños mortales desconocían los horrores de la guerra. Ignoraban la muerte y la tragedia. Eran ajenos a la tortura y el hambre.

Eran felices. Y Zabrina los envidiaba por ello.

Deseó por un momento atravesar los mundos. La tentación amenazó con vencerla pero, conocía las historias sobre aquel sitio. Allí jamás la aceptarían. Por ello, se forzó a controlar los impulsos y mantenerse en su hogar.

¿Su hogar? De ese espacio ya no quedaban siquiera vestigios. Todo había ardido; todos habían ardido, desde la punta de su cornamenta hasta la última escama de sus largas colas.

Salvo Zabrina. Princesa de un reino devastado. Ahora reina de la nada.

 

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