¡Ruidos! un poema desesperado

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 Ruidos,

ruidos.

¡Ruidos!

Molestas voces,

gritos y carcajadas;

alboroto,

bullicio,

sonidos apabullantes,

y más ruidos.

Odiosas y constantes

conversaciones incesantes,

van y vienen,

huyen

y regresan.

Me enloquecen y perturban,

 no se acallan

hasta muy entrada la noche

y se reanudan al alba.

¡Ruido!

Nada lo aplaca;

lo oigo todo,

el ruido me tortura.

La música a todo volumen,

insultos

y piropos

en las calles.

¡Ruido!

Tan cercano,

directo en mi oído;

tan lejano

que no lo puedo silenciar.

Ruidos,

ruidos.

¡Ruidos!

Molestas voces,

gritos y carcajadas;

alboroto,

bullicio,

sonidos apabullantes,

y más ruidos.

Ruidos por todos lados.

¡Ruidos!

El tic-tac del reloj

me desespera

y cuando creo

que todo ha terminado,

el ciclo reinicia.

 

Ruidos.

Ruidos.

¡Ruidos!

De día y de noche,

Interminables.

Ladridos de perros,

gatos en celo

y aves nocturnas

que roban el sueño.

Ruidos.

Ruidos.

¡Ruidos!

Me sangran los oídos

y el ruido

que no acalla,

que no cesa,

que me enloquece

poco a poco.

El ruido penetra,

se mete por cada grieta,

cada poro

y resuena;

estridente,

insoportable.

El ruido me rodea,

me consume,

me condena.

Ya es muy tarde,

el ruido está en mí,

me ha alcanzado.

El ruido está mi interior,

a cada latido;

no se detiene,

no hay forma de huir.

Prisionero de los ruidos,

un humilde esclavo

de estruendos y estallidos.

Finalmente,

un último sonido

ensordecedor,

aquel que detiene al resto.

El sonido de un revólver

sin silenciador,

y su proyectil

atravesando mis oídos,

poniéndole fin a los demás ruidos.

Y ahora, el silencio.

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