Anotaciones: El vendedor de sonrisas

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Allá por la década de 1990, y quizá desde mucho antes, había en la Plaza Mitre de Mar Del Plata un señor que hacía felices a los más chicos. Se trataba de un anciano flacucho y no muy alto, con el bigote un poco torcido y un peinado chistoso; la parte de adelante de su cabeza no tenía ni un solo pelo, pero atrás la melena le llegaba hasta los hombros. Esto es casi un secreto que muy pocos sabemos, porque en verano siempre andaba con su gastado gorrito de sol azul.

Las sonrisas que entregaba no eran gratuitas, pero tampoco costaban mucho, solo unas pocas monedas en aquella época. Y no había padre o madre que le negara a su pequeño el placer de sonreír.

El señor, cuyo nombre nunca supe, se paseaba por la plaza (especialmente cerca de la calesita) con su carrito de colores que hacía ruido como a oxidado con cada centímetro que avanzaba. Tenía también un silbato parecido al que usan los árbitros en los partidos de futbol; con eso llamaba a los chicos que jugaban distraídos, para avisarles que andaba cerca.

En el carrito llevaba tanto algodón de azúcar que se te llenaba la boca de caries con solo mirarlos; también tenía manzanas acarameladas, pochoclos y la opción favorita de muchos, maní.

Sí, puede sonar raro pero ese señor vendía las bolsitas de maní más ricas de toda la costa atlántica, quizá incluso de todo el mundo. Eran pequeños y fáciles de pelar, con la cascara más roja que jamás hayan visto. Los traía de su casa, dónde decía tener un árbol enorme. Los preparaba él mismo, con su esposa (una señora gordita y muy simpática que siempre te daba un poquito más de maní del que debería).

No había niño o niña que pudiese resistirse, ni padre que se opusiera a aquella compra. Después de todo, muchos de los pequeños solo podían disfrutar de aquel económico manjar una vez al año, cuando iban a Mar Del Plata.

Pero un año el señor desapareció. Fuimos a la plaza Mitre todos los días de la primera quincena de enero y nunca llegó. No sé qué le habrá pasado, si se cansó o qué. Tampoco me lo pregunté en esa época (tal vez no quería saber). Y con el señor se fueron las bolsitas de maní más ricas del mundo, y se apagaron las sonrisas de la plaza.

No lo malinterpreten, los niños seguían yendo a jugar, pero ya no era lo mismo. A veces todavía lo busco cuando me voy de vacaciones. Sé que no va a estar, pero por si acaso me fijo.

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