Perder el tiempo

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Luego de una investigación exhaustiva, el infame Ministerio Internacional de las Cosas Poco Útiles —también conocido como MICPU—, con sede en el barrio de Flores, ha llegado a la increíble conclusión de que los seres humanos tienden a pasar gran parte de su existencia en la búsqueda de nuevas y más modernas formas de perder el tiempo. La honorable organización cree que a las personas nos fascina, como sociedad, el pasar incontables horas haciendo absolutamente nada útil, a la espera de que las agujas del reloj terminen de cantar nuestro último tic-tac.

Muy pocos individuos han demostrado escapar a la generalidad expuesta en el párrafo anterior, posiblemente porque no se han insertado en la sociedad por completo.

La teoría original para llegar a esta afirmación fue presentada en el año 1897 por el utilólogo alemán Arjden Üster Volstar, junto con un proyecto de método de corroboración de hipótesis. El asunto se pospuso hasta nuestros días a causa del burocrático papeleo de nuestro infame ministerio y ha sido recién ahora, a comienzos del siglo XXI, que la propuesta ha recibido la aprobación unánime de los miembros del comité central. Ustedes saben que a los empleados públicos y a los miembros de las organizaciones gubernamentales nos encanta crear normativa innecesaria y departamentos sin función alguna para poder así posponer la obligación de realizar cualquier tipo de lectura o trabajo que demande un esfuerzo. Es nuestra forma de perder el tiempo, según palabras del sabio Volstar.

El proyecto se asentó en la oficina del secretario mayor, un tal Pérez-Garcia, por cinco años. Luego, se envío por fin a la oficina adyacente, justo al lado de la del secretario, donde trabajaba hasta hace poco el ministro Torres De La Vega. De alguna forma que todavía no se ha podido explicar, el trayecto entre un escritorio y el otro tomó casi una década. El ministro ha culpado a la ineficiencia postal del Correo Argentino, pero esa es otra historia que hoy no nos compete.

Sin más preámbulos, explicaremos brevemente la hipótesis y la investigación sugerida por su creador.

Siguiendo la metódica propuesta del ya fallecido utilólogo alemán, nuestro infame Ministerio Internacional de las Cosas Poco Útiles realizó un exhaustivo análisis social que tuvo como resultado la selección de un grupo personas que no tenían nada que hacer con su tiempo libre y podrían llevar a cabo la tarea de corroboración.

Los afortunados participantes se sometieron a un mes de entrenamiento no remunerado en el que debieron tomar clases obligatorias de química avanzada, literatura clásica europea, teoría de la música clásica, baile de jazz, anatomía, derecho penal y restauración de obras de arte; también practicaron ejercicios de respiración artificial y formateo de computadoras, en caso de que la vida de su objeto de estudios corriese peligro antes de terminado el experimento o que fuese necesario reparar la maquinaria en la que escribirían sus reportes.

Vale aclarar que para egresar del curso y pasar a la siguiente instancia paga, los participantes debieron aprobar todas las materias con un 78,41% de las respuestas de los exámenes y presentar una monografía final con el análisis utilitario de un objeto inanimado y sus posibles funciones aún no descubiertas.

Solo cinco personas de las doscientas inscriptas lograron superar el curso. Sus sobresalientes monografías han sido recopiladas en un libro titulado “La utilidad de lo inútil” que tenemos a la venta en nuestra página web oficial y en la sede del ministerio. El volumen habla de las propiedades curativas de masticar algodón, los cien usos de una roca, como todo objeto puede convertirse en un juguete, recetas para cocinar suelas de zapatos y los mejores usos para libros que no hemos disfrutado.

Pero dejemos de perder el tiempo con explicaciones innecesarias —aunque estas corroboren la teoría alemana— y pasemos al análisis crítico del resultado de las tareas realizadas por los cinco egresados del entrenamiento.

El MICPU dio inicio a la investigación a mediados de julio del corriente año, apenas se terminaron de sortear todos los impedimentos legales de invasión a la privacidad personal.

A cada uno de los graduados se les asignó un objeto de estudio —ejemplares humanos pertenecientes a distintos estratos sociales y etarios— que deberían analizar durante el lapso de una semana, sin quitarle los ojos de encima en ningún instante, ni siquiera por la noche. Necesitaban permanecer junto a su sujeto en cuestión mientras este realizaba las típicas actividades de su rutinaria vida, desde lavarse los dientes hasta ir al baño, dormir o comer.

Lo que leerán a continuación será el resumen del análisis presentado por nuestros cinco empleados temporales.

Teniendo como base la teoría presentada por el utilólogo alemán Arjden Üster Volstar —documento adjunto al final de la carpeta—, el Ministerio Internacional de Cosas Poco Útiles ha realizado un proyecto de investigación cultural en el cuál se han comparado las pérdidas de tiempo de cinco individuos pertenecientes a distintos grupos sociales.

Los expertos en la materia han presentado la siguiente información:

I. El primer caso analizado fue el de don Enrique Martínez, jubilado —también conocido como S1—. La expectativa original del ministerio, que se basaba en el texto de Volstar, decía que el sujeto recurriría a pérdidas de tiempo forzadas, pero que lograría completar todas sus actividades sin mayores inconvenientes. Se esperaba que el señor Martínez fuese quien más tiempo perdiese a causa de las dificultades motrices de la edad. Sin embargo, el resultado sorprendió a los miembros del infame MICPU y al investigador a cargo, un psicólogo desempleado.

I.I. Entre los episodios más importantes de pérdida de tiempo del señor Martínez se destacan los siguientes. En cuanto a tiempo total, el S1 ha tenido que formar casi cuatro horas de fila para cobrar la jubilación en el banco y aproximadamente una hora de espera en cada farmacia y médico que visitaba. Sin embargo, en cuentas relativas, al señor Martínez le ha tomado tres veces más tiempo que otras personas el realizar tareas básicas como sacar su billetera para pagarle a un taxista.

II. Tanto el ministerio como el encargado del segundo sujeto de prueba creyeron que las excesivas demoras del S1 sucedían únicamente a las personas mayores de edad, sin embargo, la sorpresa llegó al analizar el resultado de una semana junto a María Rosario Estrada, una estudiante universitaria —la llamaremos S2—.

II.I. Los episodios de pérdida de tiempo en este caso se dividen en obligatorios y optativos. Entre los tiempos obligatorios nos encontramos con esperas de cincuenta o más minutos en la parada del colectivo número 80 para ir a la clases, seguidos siempre por casi tres horas de viaje para recorrer una distancia que podría cubrirse en solo veinte minutos —si no hubiese tráfico—. El S2 no se vio en la necesidad de hacer fila en el banco porque realiza sus pagos por internet, pero de todas formas, perdió casi diez horas de la semana entre cajeros del supermercado y compras insignificantes en todo tipo de negocios. La joven Estrada escogió como estrategia de pérdida de tiempo el comprar no más de tres elementos en cada comercio (quizás por la conveniencia en cuanto a precios, o tal vez por preferencias personales de marcas y estilos), lo que llevó a innumerables esperas para pagar por su compra en cada sitio. Esta clase de pérdida de tiempo podría haberse evitado de comprar todo en un solo día, en un solo sitio.

II.II. El análisis de pérdidas de tiempo optativas nos lleva a la elección entre estudio o televisión, una lucha interna en muchas mentes jóvenes. El S2 ha pasado más quince horas semanales frente a películas y series de Netflix para renunciar luego al sueño en noches de examen. Las pérdidas de tiempo optativas más extremas se presentaron durante las maratones de Star Wars The Walking Dead. El investigador culpa a la gran variedad de opciones gráficas presentada por la compañía Netflix.

El MICPÚ creyó haber encontrado entonces el ejemplar perfecto de pérdidas de tiempo innecesarias, pero continuó leyendo los informes restantes.

III. El tercer empleado se encargó de acompañar a Gustavo Ismael Ángel —llamado S3 por el ministerio—, un adolescente que acababa de comenzar a cursar la escuela secundaria. Dos sucesos en particular llamaron la atención del investigador profesional.

III.I. El S3 perdió alrededor de ocho horas de su vida haciendo fila para entrar a la Bombonera para el superclásico Boca-River del domingo, y otras diez horas a la espera del recital de los Rolling Stones en el estadio Vélez Sarsfield. Como puede observarse, fue decisión del sujeto el invertir su tiempo en absolutamente nada útil. Un segundo análisis se realizará sobre el S3 en los próximos meses para corroborar que la pérdida de tiempo es rutinaria en su vida y no solo una coincidencia de espectáculos superpuestos.

IV. El cuarto investigador pasó una semana con Norma Inés Machiatto —nombrada por el ministerio como S4—, una mujer de treinta y cinco años, divorciada y sin hijos. Lamentablemente, el profesional a cargo no pudo tolerar tanta pérdida de tiempo innecesaria y abandonó el proyecto antes que concluyese el tercer día.

IV.I. En su carta de renuncia, Joaquín Gutierrez (profesor de historia) colocó como motivo que el S4 perdía al menos unas seis horas diarias entre maquillarse y hacer filas para entrar al baño de mujeres en restaurantes de comida rápida y estaciones de servicio. Se negó a presentar un informe completo, pero aseguró que el ejemplo redactado en la renuncia representaba la menor de las extravagantes pérdidas de tiempo del S4 durante su monótona y rutinaria vida.

Nuestro Ministerio Internacional de Cosas Poco Útiles está entrenando a un nuevo cadete que complete el trabajo abandonado por el previo empleado.

V. Finalmente, se envió a una licenciada en sociología llamada Aralia Gómez Torres a estudiar la rutina de Melanie Walter —conocida en el ministerio como S5—, una niña de cuatro años. En un comienzo, al ministerio le pareció un desperdicio que la profesional fuese enviada al caso que se consideraba de menor importancia, pero Torres insistió en la peculiaridad de la situación y el aprendizaje que realizaría.

V.I. La pequeña Walter no perdía el tiempo. Era la única excepción a la regla entre los cinco sujetos de prueba. La licenciada en sociología atribuye esta anomalía a la inserción parcial en la sociedad y asegura que con el paso del tiempo el S5 comenzará a perder tanto tiempo como los otros ejemplares humanos en estudio.

V.II. El S5 se levantaba con los minutos exactos que necesitaba para cambiarse y desayunar. Luego la llevaban al jardín de infantes, pero en el auto se ocupaba de revisar su mochila para asegurarse que no se olvidaba nada. En la institución realizaban actividades continuamente y luego jugaban hasta que llegaran los padres. El trayecto de regreso servía para poner al tanto a sus progenitores de lo ocurrido durante la jornada y la elección de la cena. Una vez en su hogar, ocupaba su tiempo en una ducha, la merienda, juegos, comida en familia y, finalmente el descanso para el día siguiente que era de ocho horas exactas (ni una más, ni una menos). Los escasos minutos perdidos escapaban a su control —cosas como el tráfico— y no le impedían utilizar el tiempo en otra actividad simultánea.

V.III. Sorprendida, la encargada de la investigación le preguntó al S5 qué haría si tuviera que esperar en una larga fila. La respuesta de la pequeña Walter fue “llevar lápiz y papel para ponerme a dibujar. Es aburrido perder el tiempo sin hacer nada.”

Las palabras del S5 han dejado atónitos a los miembros del ministerio e impiden corroborar al 100% la teoría del utilólogo alemán.

Los cuatro profesionales a cargo de esta investigación —sin contar al profesor de historia que abandonó su tarea— debatieron por horas junto con los líderes del MICPU sobre los resultados particulares, sin alcanzar a una conclusión confiable que pruebe la teoría de Arjden Üster Volstar.

La afirmación final (que como somos muy prácticos hemos colocado al principio de este archivo), ha sido un resultado parcial del experimento que se repetirá de forma anual para actualizar la información social. Se pedirá al gobierno un presupuestro mayor el próximo año.

Repitiendo de forma breve lo ya mencionado con anterioridad; concluimos en la deducción de que es verdad que la sociedad moderna busca excusas para perder su tiempo en filas y esperas innecesarias. Esta actividad es casi un placer —un pasatiempo— para muchas personas que no dudan en buscar otra alternativa a sus momentos libres. Perder el tiempo es una opción tan viable contra el aburrimiento como leer, escuchar música o ir al gimnasio. Creemos que es posible que tanto los empleados el banco como los de la farmacia, los colectiveros y los encargados de restaurantes de comida rápida estén al tanto de la situación y causen los retrasos intencionalmente para satisfacer a sus clientes.

El Ministerio Internacional de las Cosas Poco útiles continuará investigando al respecto.

Y no olviden que pueden enviarnos su solicitud para trabajar con nosotros en la investigación del año que viene. ¡Un mes de entrenamiento no remunerado con exámenes innecesarios y una semana paga de trabajo exhaustivo! Si les sobra tiempo, no duden en escribirnos ¡No pierda su tiempo como los sujetos de estudio, inviértalo en nosotros!

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