Jorge por si acaso

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Lo llamábamos Jorge por si acaso. Me lo presentaron hace un par de años; era el amigo de un amigo de la novia de mi primo el mayor. Su apodo obviamente me intrigó desde un comienzo, casi tanto como la enorme mochila verde que llevaba en la espalda. No le di mucha importancia al asunto aquella tarde; después de todo, pensé que jamás volvería a verlo.

Pero poco a poco Jorge por si acaso se integró al grupo. Primero venía solamente a los cumpleaños, cuando hacíamos esas fiestas multitudinarias al estilo de los Pérez – García a las que venían familiares, amigos, amigos de los familiares y familiares de los amigos. Y a veces alguna que otra persona que nadie lograba reconocer.

La cosa se tornó seria cuando nos fuimos todos a la playa para las vacaciones. Es difícil describir mi sorpresa al ver a Jorge por si acaso en la terminal de Liniers, con cinco grandes valijas y una sonrisa del tamaño de La Bombonera. Sin embargo, y contra toda expectativa, casi que ni lo vi durante la semana y media que pasamos en Mar del Plata. Cada uno tenía sus horarios y sus planes. Algunos salían de noche, otros de día. Las chicas iban a la playa desde temprano y después a mirar vidrieras. Yo huía del sol y de la gente, pasando casi todo el día en el hotel mirando películas hasta que llegaba la noche y se me daba por ir a caminar por la playa. No sé qué haría Jorge por si acaso, tampoco me importaba.

Cuando al chico ya lo invitaban hasta a mirar los superclásicos, la cosa se puso seria, personal. Lentamente, Jorge por si acaso se había convertido en parte indivisible de nuestro grupo de amigos. Y aun así, yo no sabía el porqué de su apodo ni el contenido de su enorme mochila.

Fue una tarde de otoño cuando todo cobró sentido. Se suponía que nos reuniríamos en Primera Junta para ir al cine. Yo llegué primero y Jorge por si acaso arribó poco después. Nunca habíamos conversado demasiado, a pesar de conocernos por casi tres años. Me senté en el borde de la vereda y él me imitó.

Entonces abrió su mochila y no pude evitar desviar la mirada con extrema curiosidad. Sacó una revista de sopas de letras y una birome.

La curiosidad me venció.

—¿Por qué llevás eso en la mochila? —pregunté.

—Por si acaso me aburro.

Me reí ante el comentario y no dije nada más.

El tiempo pasó. Un minuto, dos, cinco, no sé. Y nadie llegaba. Me abracé a mis rodillas y cerré los ojos. Poco después, alguien me palmeó el hombro.

—¿Querés una almohada? —preguntó Jorge por si acaso.

—Gracias —respondí como si se tratase de la cosa más normal del mundo. Tardé un par de segundos en reaccionar. —Para ¿tenías una almohada en la mochila?

—Sí, por si acaso me da sueño.

—Ah… —contesté y volví a cerrar los ojos.

Pero casi instantáneamente comenzó a lloviznar. Me despabilé y miré hacia los lados. Aún estábamos solos y Jorge por si acaso tenía un paraguas.

—Dejame adivinar, —murmuré, refugiándome debajo de la lona de un kiosco— siempre llevás un paraguas por si acaso llueve ¿no?

Él asintió en silencio.

—Y por esas casualidades de la vida, ¿no tendrás también un cigarrillo y fuego?

—Claro que sí —contestó Jorge por si acaso mientras buscaba en su mochila.

—¿Fumás?

—No. Pero siempre tengo estas cosas por si acaso alguien las necesita —fue su sincera respuesta.

Quise decirle que era un ridículo, pero mis primos, la novia y los demás amigos empezaron a llegar. Ya era muy tarde para ir al cine. Por suerte, Jorge por si acaso tenía un plan B.

Finalmente lo comprendí todo. Su apodo y el motivo por el cual le permitieron formar parte de nuestro grupo. Era como poseer el bolso mágico del Gato Felix o el de Mary Poppins.

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Este cuento es totalmente nuevo. Bueno, más o menos. No sé si lo escribí hace uno o dos meses, pero jamás lo subí a internet ni salió en ninguna revista. Así que lo estoy sacando a la luz recién ahora.

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